Todos los años, en algún momento del verano, la costa uruguaya se llena y se vacía como un pulmón. Entra gente, entra plata, entra ruido; después, en marzo, se retira todo junto y el pueblo queda respirando lo que quedó. Vivimos de esa marea desde hace generaciones, y sin embargo seguimos discutiendo el turismo casi exclusivamente en los términos de esa marea: cuánta gente vino, cuánto dejó, si fue mejor o peor temporada que la anterior. Es una contabilidad de flujo. Nunca de balance.
Hace unos años empezó a circular, en foros de conservación y en algunos destinos que se animaron a repensarse, un concepto que todavía no aterrizó del todo en la conversación pública de nuestros balnearios: turismo regenerativo, un término que acuñaron Anna Pollock y Dianne Dredge al aplicar al sector turístico una idea que venía de otro campo. Recién en junio de este año, ONU Turismo y el Ministerio de Turismo lanzaron en Uruguay un proyecto piloto de formación sobre el tema, con proyección a todo el MERCOSUR: una señal de que el concepto está empezando, recién ahora, a asomar la cabeza fuera de los papers.
Turismo sostenible vs Turismo regenerativo
Vale la pena separar dos ideas que se usan como sinónimos y no lo son. El turismo sostenible es el marco más conocido, el que domina desde hace dos décadas la conversación internacional: minimizar el daño, mantener el equilibrio que ya existe, no comprometer los recursos que las próximas generaciones van a necesitar. Es una idea defensiva, en el mejor sentido de la palabra: pone un piso, evita que el turismo se coma a sí mismo. Pero es, también, una idea de mínimos. Alcanza con no empeorar. Alcanza con que la playa quede, al final de la temporada, más o menos como estaba antes.
El turismo regenerativo parte de otro lugar. La distinción no es mía: la formuló el arquitecto Bill Reed en 2007, cuando planteó que hay un salto de categoría, no de grado, entre sostener un sistema y regenerarlo. Regenerativo va más allá de no empeorar: propone que el destino salga del paso de la visita mejor de lo que estaba antes de que empezara. No alcanza con que el turista no deje huella; la apuesta es que deje una huella positiva, que su paso por el lugar sea, de algún modo, parte de lo que lo restaura. Es la diferencia entre un visitante que consume un paisaje ya armado, como quien consume un producto, y un visitante que se vuelve, aunque sea un poco, parte del cuidado de ese paisaje.
Una vara para medirlo
Dicho así, el turismo regenerativo suena hermoso y un poco etéreo: el tipo de idea que entusiasma en una charla y se diluye en cuanto hay que aplicarla a un balneario real, con un municipio real y un presupuesto real. Lo que le falta, para no quedar en discurso, es una manera concreta de medir si un destino efectivamente está regenerando algo, o si solo está usando la palabra. Una herramienta útil para eso es el marco de los "4 Retornos", desarrollado por el ecólogo Willem Ferwerda para la restauración de paisajes degradados:
la idea de que cualquier intervención sobre un territorio debería rendir cuentas en cuatro planos a la vez, no en uno solo.
El primer retorno es el de inspiración: la idea de que la gente necesita sentido, no solo recursos. Trasladado al turismo regenerativo, la pregunta es simple: ¿qué se lleva alguien de un destino además de fotos? Un turismo que no deja ninguna huella de sentido, ni en quien visita ni en quien recibe, no es regenerativo aunque no rompa nada; es, en el mejor de los casos, inocuo. Y ser inocuo no es lo mismo que regenerar.
El segundo retorno es el social, y acá el turismo regenerativo se juega buena parte de su credibilidad. Buena parte de la economía turística de nuestra costa se sostiene sobre trabajo zafral, a veces precario y mal pago fuera de los meses fuertes, y sobre una propiedad de la tierra cada vez más concentrada en manos que no viven ahí el resto del año. Un destino no se regenera socialmente porque reciba visitantes con buena onda; se regenera si ese turismo deja empleo digno y continuo, formación, arraigo. Sin eso, lo que hay es una comunidad que alquila su paisaje unos meses y después vuelve a arreglárselas sola.
El tercer retorno, el natural, es el más obvio y el que más rápido delata al impostor. Cada temporada le pedimos a la duna, al monte psamófilo, al arroyo, que aguanten un poco más de presión sin que se note. Un turismo verdaderamente regenerativo no debería limitarse a no empeorar ese equilibrio: debería activamente mejorarlo, dejando el ecosistema en mejores condiciones al final de la temporada que al principio. Es una vara altísima, y es, a la vez, la única que justifica seguir usando la palabra "regenerativo" en lugar de conformarnos con "sostenible".
El cuarto retorno es el financiero, y es el que casi siempre se salta el orden: se mide primero y se le subordina todo lo demás. La apuesta del turismo regenerativo es la inversa. No hay retorno financiero sostenible en el tiempo si los otros tres no existen primero, porque un destino que agotó su paisaje, su comunidad y su sentido no tiene, tarde o temprano, nada más para vender. Pero también vale lo contrario: los otros tres retornos, sin uno financiero que los sostenga, quedan a merced del próximo recorte presupuestal o del próximo cambio de prioridades.
Veinte años
Y ahí aparece la pieza que más me interesa de todo esto, la que el turismo regenerativo necesita apropiarse con urgencia: la unidad de tiempo. Veinte años. No una temporada, no un período de gobierno, no un ciclo de financiamiento. Veinte años es, según la experiencia acumulada en proyectos de restauración de paisajes degradados, el tiempo que le toma a un ecosistema empezar a mostrar señales reales de recuperación, y es también, no por casualidad, más o menos el tiempo que le toma a un destino turístico construir, o destruir del todo, una identidad regenerativa de verdad y no solo de folleto. Nuestra discusión sobre la costa vive presa de la temporada que viene. Casi nunca se hace la pregunta de veinte años: qué balneario queremos que exista cuando hoy los que somos chicos seamos grandes, o cuando los que hoy vienen de visita traigan a sus propios hijos.
El turismo regenerativo no necesita otro eslogan. Necesita, como cualquier proyecto que se toma en serio a sí mismo, una vara con la que medirse y un plazo lo suficientemente largo como para que esa vara importe.
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