Este invierno tuve en el campo uruguayo una experiencia que cambió mi vida.
Llegué desde Buenos Aires sumida en una tristeza inabarcable, que desbordaba mis entrañas.
Mis amigos uruguayos preocupados por mí, me propusieron una terapia de shock, me invitaban a limpiar, desmalezar y plantar en el campo.
Mi misión era limpiar las zonas de plantación y luego plantar doscientas plantas nativas que esperaban mi llegada.
A mí, que esto de la mano verde no se me da, que de jardinería nada, y mi vitalidad no pasaba por mejor momento, ¿era buena idea aceptar este reto?
Descreída de mis propias fuerzas, acepté la invitación, era una locura. Pensé que en definitiva mi vida no podía sanar lo que me pasaba y si había un momento para probar algo distinto era ahora.
Mis amigos no dijeron simplemente plantas, sino también nativas, y eso me intrigó por lo cual y dados mis conocimientos nulos en el tema, investigué rápidamente en Wikipedia:
“Las plantas nativas favorecen la biodiversidad porque brindan alimento y refugio a la fauna local.
Al estar adaptadas al clima y al suelo de la región, suelen requerir menos agua y mantenimiento, y pueden reducir la necesidad de fertilizantes y pesticidas. Además, contribuyen a conservar el equilibrio ecológico y disminuyen el riesgo asociado a la introducción de especies exóticas invasoras”. Quedé deslumbrada y pensé es exactamente lo que necesitaría aprender en este momento.
Cuando llegué a Maldonado, el primer día fue como muchos que había vivido, anécdotas, ricas comidas y una buena siesta. Al atardecer recibí las instrucciones básicas de la tarea a realizar y me di cuenta que las condiciones y horarios excedían una actividad recreativa de plantación, y todo empezó a sonar como una tarea que por sus horarios, cantidad y capacidades requeridas, no estaba segura de poder lograr, a lo cual mis amigos agregaron un detalle, no importa lo que ocurra con el clima, siempre se sale a plantar y se realiza la jornada completa, si no se puede plantar por razones climáticas, se espera hasta que se pueda, llegue el horario de almuerzo o el fin de la jornada con la caída del sol.
Día tras día me levanté al alba, me cargué las herramientas al hombro, pala, palita chica, tijeras de podar, serrucho, barredor de hojas, trincheta, y una infinidad de herramientas, quería estar preparada. Salía a la aventura campestre enfundada en mis pantalones de trabajo, con mil bolsillos fuertes y grandes para las herramientas de mano y obvio el celular, no fuera que el campo me tragara y yo sin celular.
No hubo tiempo para andar con vueltas, en la primera mañana a cavar diez, doce pozos y caminar con las plantas a upa desde el cerco hasta el lugar asignado para cada una, cada vez más lejano.
Cada día fue rudo, cada día fue diferente, cada día al finalizar la jornada me preguntaba cómo iba a hacer la siguiente sintiendo el estado en el que me encontraba al terminar.
La línea infinita de los guayabos del país fue una epopeya.
Fueron aproximadamente unos 50, 25 primeros, el resto apareció en otra tanda, a colocar en uno de los caminos internos, denominado en más “camino de los guayabos”, la línea perfecta de guayabos, cuidado con aquel, el onceavo, que está desalineado, a corregirlo con prisa, que la línea es la línea y hay que respetarla, es fundamental. Alinearme, atenderme, que impere la razón y el sentido, pensar y darle a cada pensamiento su lugar lógico en la cadena de eventos, así comprenderlos y desmitificarlos, me sacó poco a poco del ruido de mi mente.
El diseño del bosque de jacarandás en una colina pequeña, formados en curvatura de caracol, palitos yermos por la temporada, erguidos, fuertes, conteniendo para florecer. La elipse del caracol buscando el camino para no perderse, todos en sintonía. Los palos tutores ayudando, el viento arreciando y ellos aguantando, todos aguantando y esperando que pase el vendaval, tuve miedo de volarme junto con mis amigas nativas.
Allá arriba, en la parte más alta del terreno, las tres anacahuitas azotadas por el viento y el agua de las grandes tormentas requerían cuidados especiales. Hubo que ponerles doble palos tutores a cada una y revisar bien cómo eran los vientos, de dónde arreciaban para colocarlos y así cumplirían bien su función tutorial. Las anacahuitas de tallos finitos, lábiles y altos, con sus hojas de un verde claro alargadas, se convirtieron en mis nativas preferidas, esa flexibilidad, esa debilidad aparente, y esa resiliencia son admirables.
En ocasiones hacer el pozo para plantar se convirtió en la razón por la cual me levantaba de la cama, proteger las raíces, rapidez en cerrar el pozo y cuidar que no les agarre aire, cada detalle acaparaba toda mi atención y concentración, lo único que existía era la tarea realizada a pleno, allí. Me tocaron días de mucha tormenta y lluvias, pero no estaba dispuesta a detenerme, los pozos que abría se llenaban de agua casi instantáneamente que metía la pala y sacaba la primera palada. Con mi tozudez seguía paleando y sacando agua al mismo tiempo. Hasta que tuve que rendirme ante la evidencia de que no era posible, abrí y cerré pozos sin fin, hasta que me di cuenta que no podía seguir peleando con el viento y con la lluvia, era ridículo.
Tuve que aprender a esperar.
Un grupo de timbós enormes fueron el desafío más grande y pesado del grupo, ellos hicieron fila bajo la lluvia esperando que “su” lugar elegido los aceptara. Cada una de las plantas me ofrecía una reflexión y una atención que no me dejaba escapar, me diera cuenta o no que lo estaba haciendo. Cada vez que me distraje me lastimé o caí por las pendientes con barro. La tierra fue implacable, no estaba dispuesta a tolerar la distracción ni la falta de compromiso.
Allá donde el terreno es plano y la tierra es negra, renegrida, les tocó ser ubicados a los 20 ejemplares de aguaí, preciosos por donde se los mire, altos, con hojas carnosas apetecibles, maravillosos ejemplares de 1,20 de altura, deseosos de ser plantados y entrar en acción. Y ahí fui, con mi equipo de plantación completo, acarreando a upa a cada uno. La lluvia que interrumpe el hacer, guarecerse y esperar, formando a la paciencia en aras de un bien mayor.
Los chal-chales y las murtas, arbustos en el medio de un tramo entre muchas otras nativas silvestres. Allí conocí en carne propia a la espina de la cruz, que no me dio respiro mientras cavaba, me enseñó con dolor y a los gritos que ese era su lugar y que ojito con lo que estaba haciendo, que allí mandaba ella.
El mero hecho de plantar de manera intensiva durante 20 días, día tras día, sin tener ninguna otra expectativa y nada más que cada momento de cada día, me cambió la vida, y la perspectiva desde dónde me miraba e interpretaba mi realidad. Cada una de las plantas fue identificada con un cartelito que indicaba su nombre científico y el popular, coloqué cartelitos hasta que se me cayeron los brazos, timbós, aguaís, murtas, chal-chales, jacarandás, guayabos del país, arrayanes, lapacho rosado, y calliandras. El proceso de nombrar las nativas me permitió tener una relación con cada una de ellas, sentí en todo mi ser que había hecho algo vital que tendría consecuencias positivas durante muchos, muchos años, y aún cuando yo no estuviera aquí, en este lugar o en esta vida. Así me ubicaron en el tiempo y en el espacio dentro de mí, enderezando pensamientos y encauzando propósitos. Creo que ellas y la tierra saben algo que yo necesitaba aprender, no sé qué es, pero aunque suene raro, siento que lo aprendí.
¡Gracias nativas, gracias tierra, esta insólita aventura me permitió encontrarme!
Las nativas no son sólo un tipo de plantas, son las que, con su crecimiento, nos dan una idea de la fortaleza de la tierra dentro del territorio y del paisaje que amamos.
Plantar nativas le da al terreno la señal de aquí estamos, te cuidamos, te protegemos, queremos ser parte tuya y de tu paisaje. Es reconocerle a la tierra su lugar y nos permite darnos cuenta de la enorme necesidad que nosotros tenemos de ella.
Al final del proceso diría que planté nativas para reencontrarme conmigo misma. A veces, para encontrarse, hay que cavar un pozo.
Plantemos, es fundamental para recuperar el equilibrio después de tanto desmonte y cemento con el cual sepultamos la tierra a la fuerza.
A los argentinos, como los principales veraneantes e inversores extranjeros en Uruguay quiero decirles que, si este paisaje y esta naturaleza nos atrajo y nos encantó, tenemos que parar la destrucción que estamos impulsando, talando, desmontando, y subdividiendo los terrenos indiscriminadamente.
Que no sea solo cemento nuestro aporte, estoy segura de que lo podemos hacer mejor, tenemos que poder cuidar el suelo de manera responsable.
No hace falta tanto concreto. Ya hay demasiado.
Cuidar el paisaje y la naturaleza que amamos y a la cual vamos todos los años a disfrutar con nuestros seres queridos, requiere de acciones de cuidado y protección, es un bien compartido y precioso, tratar esa naturaleza con respeto no es sólo nuestro deber, sino la mejor manera de cuidarnos a nosotros mismos. Estoy segura que la tierra va a responder y si estamos atentos vamos a darnos cuenta de cuál es el mensaje.



