Hay un momento, cuando ya se huele el primer partido de Uruguay en un Mundial, en que este país experimenta una transformación colectiva difícil de replicar. El escepticismo crónico (ese rasgo que los uruguayos cultivamos con la dedicación de un artesano) se suspende temporalmente. La gente empieza a creer. No del todo, claro: somos uruguayos, no idiotas. Pero sí lo suficiente como para que en las casas se limpien camisetas que llevaban años dobladas en cajones, y para que alguien, en algún canal de televisión, pronuncie sin ruborizarse la palabra “candidatos”.
Este fenómeno no tiene explicación racional. Uruguay es un país de tres millones y medio de habitantes, con un presupuesto futbolístico que muchos clubes europeos de segunda división mirarían con lástima apenas disimulada. Inventor del Campeonato Mundial, cuatro estrellas en el escudo (dos campeonatos olímpicos que la FIFA reconoce como mundiales, más el 30 y el 50) y sin embargo, cada cuatro años, puntualmente, ocurre lo mismo: la ilusión. Una ilusión calibrada, eso sí. No la desbocada del brasileño ni la épica imperial del argentino. La uruguaya es una ilusión con un ojo entrecerrado, lista para transformarse en resentimiento histórico al primer tropiezo.
Porque acá está la clave de todo: en Uruguay, el fútbol no es un deporte. Es un sistema de interpretación del mundo.
El debut
El primer partido de este Mundial lo jugamos el 15 de junio ante Arabia Saudita, en Miami, y durante cuarenta minutos todo fue más o menos como se esperaba. Bielsa en el banco con esa cara de hombre que acaba de leer el Apocalipsis por segunda vez, Muslera bajo los palos con su currículum de veterano glorioso, y Arabia Saudita esperando su momento. El momento llegó: rebote del arquero, Al-Amri solo, 1-0. Uruguay perdiendo ante Arabia Saudita en el debut mundialista de Bielsa.
Lo que ocurrió en los grupos de WhatsApp del país en el siguiente minuto constituye un fenómeno digno de estudio académico. El mismo plantel que dos días antes tenía un potencial enorme se convirtió instantáneamente en desastre esperable. El mismo Bielsa que había sido celebrado como un renovador necesario, en un proceso de devaluación en la opinión pública luego de la Copa América, pasó a ser “un teórico que no entiende la garra charrúa”. Muslera, que tiene más de cuarenta años y aun así fue convocado porque es Fernando Muslera, recibió una lluvia de diagnósticos sobre su decadencia física que ningún médico deportólogo habría firmado. Alguien, inevitablemente, ya había escrito
“con Suárez no pasaba”.
Luego, a los 80 minutos, Araújo metió el 1-1 y el país volvió a nacer. El mismo plantel, los mismos jugadores, el mismo Bielsa. Pero ahora “rescataron un punto importante” y “demostraron carácter”. El cuñado —ese cuñado— dijo que “siempre confió” en este equipo. El taxista explicó que Bielsa “en el segundo tiempo hizo los cambios correctos”. La vecina del quinto publicó en Facebook una celeste con corazones.
Una segunda oportunidad
El segundo partido, el domingo 21, fue contra Cabo Verde. Cabo Verde: un archipiélago de quinientas mil personas frente a la costa africana, que nunca había marcado un gol en un Mundial. Uruguay: cuatro estrellas, garra charrúa, etcétera.
A los 21 minutos, Kevin Pina metió un tiro libre contra el palo, desde una distancia que constituye un récord. La barrera uruguaya se abre, 1-0 para Cabo Verde.
El país entró en un estado que no tiene nombre preciso en ningún idioma pero que los uruguayos reconocemos de inmediato: esa mezcla de furia, vergüenza y fatalismo que se activa cuando el resultado confirma nuestros peores presagios, aunque hasta dos minutos antes estuviéramos convencidos de lo contrario.
Lo que siguió fue una montaña rusa que solo el fútbol uruguayo es capaz de producir con tal densidad emocional por unidad de tiempo. A los 43, Araújo empató de palomita tras un rebote en el poste. A los 45+5,en el descuento, para mayor dramatismo, Canobbio dio vuelta el partido: 2-1. El país celebró como si ya estuviéramos en cuartos. Dos minutos después empezó el segundo tiempo. A los 60, Cabo Verde empató de nuevo, 2-2, y Bentancur salvó sobre el final lo que habría sido el 3-2 caboverdiano con una intervención que ya figura en el registro emocional colectivo de la nación.
Resultado final: Uruguay 2, Cabo Verde 2. Dos puntos en dos partidos. Obligados a ganarle a España el viernes en Guadalajara para clasificar. “Con Suárez no pasaba”, dijeron de nuevo. Suárez se retiró de la selección hace meses. El dato no modifica la certeza.
Tres millones de Directores Técnicos
El lunes de mañana, el país amaneció en estado de asamblea permanente. Porque si el partido de Arabia había revelado la velocidad del humor uruguayo (de la tragedia a la redención en un minuto), la mañana siguiente al empate con Cabo Verde reveló su geografía. El fenómeno no es uno solo: se distribuye en ecosistemas, y cada grupo de WhatsApp es un bioma con su fauna, su clima y su dialecto propio.
En el grupo del papifútbol (ese conventillo de cincuentones y sesentones que reviven una gloria que nunca tuvieron cada domingo de mañana en la cancha, y una vez por mes en una comilona que dura más que el partido) el análisis arrancó temprano. El emisor, que en su vida dirigió nada más complejo que el asado del campeonato interno, explicó con precisión de cirujano por qué Bielsa “está jugando con un mediocampo de tres cuando es obvio que necesitás cuatro”. Le siguió otro audio de alguien que “ya lo había dicho” (y que efectivamente lo había dicho, porque en ese grupo todos dijeron todo alguna vez, lo cual garantiza que siempre haya alguien con razón retroactiva). Para las diez de la mañana ya había tres formaciones dibujadas con emojis y una discusión paralela sobre si el problema era táctico, anímico o, según el más filosófico del grupo, “de huevos, que es lo que falta”. Apareció incluso el especialista en geopolítica y conspiraciones con sus posiciones más pesimistas. Que la culpa es de la dirigencia, que la culpa es tal o de cual, esos mismos a los que se le agradece que los que estaban antes, ya no estén.
En el grupo de compañeros de secundaria el empate operó como una máquina del tiempo. Las viejas rivalidades de adolescencia se reactivaron bajo la excusa táctica: el que era insoportable a los quince seguía siéndolo a los sesenta, solo que ahora con opiniones sobre el volante de marca.
En los grupos familiares la cosa fue más litúrgica. La tía mandó, en este orden exacto, un “buen día, ¡vamo´ arriba!”, una celeste con corazones, y un mensaje que decía “no entiendo de fútbol, pero los muchachos pusieron garra”, desactivando con una sola frase cualquier análisis posible. El primo que “sabe” reenvió una captura de un tuit de un periodista deportivo como si fuera prueba documental. El padre o el tío fatalista escribió la sentencia que todo grupo familiar uruguayo contiene de manera estructural: “es lo de siempre, nos vamo’ a comer un baile con España”. Y alguien, indefectiblemente, cambió de tema para preguntar quién llevaba la ensalada al cumpleaños del domingo.
En los grupos de amigos, en cambio, no hubo análisis: hubo carnicería. Memes a una velocidad industrial. Un audio que era solo treinta segundos de risa. El optimista del grupo (siempre hay uno, y siempre se arrepiente) escribió “tranquilos que le ganamos a España” y recibió, en represalia, una lluvia de stickers que no se puede reproducir en una columna de tono moderado. Ahí, despojado de toda corrección, el sesgo de confirmación se mostró en su forma más pura y más honesta: nadie buscaba entender lo que había pasado. Cada uno buscaba la prueba de que ya lo sabía.
Y el país entero, repartido en estos cuatro grupos simultáneos, hizo lo que mejor sabe hacer en la mañana de un lunes cualquiera de Mundial: convertir un empate en una teoría general sobre sí mismo.
El análisis sociológico
Pero el lunes pasó, además, otra cosa. A media mañana, cuando los cuatro grupos llevaban horas produciendo teoría, apareció el texto. Uno solo, largo, reenviado de forma simultánea en todos los grupos con la diligencia de quien difunde una revelación. Se le adjudicaba la autoría a un periodista conocido, aunque ninguno de los que lo reenviaron había verificado si era realmente suyo, ni se le habría ocurrido hacerlo. La firma no era un dato que comprobar: era un sello de calidad, una credencial para creerle más rápido.
El texto era, en rigor, demoledor. Con prosa de ensayo y ambición de diagnóstico, planteaba que la selección no es la causa de nada: es apenas el síntoma más visible de un país que envejeció mirando hacia atrás, que hizo del recuerdo una forma de gobierno y de la medianía una zona de confort. Sostenía que le exigimos grandeza a una sociedad que desconfía de quien sobresale, y que el déficit más serio del país no es de plata sino de ambición. Una pieza incómoda, de esas escritas para que uno se mire al espejo y no le guste lo que ve.
Naturalmente, no se leyó así.
Porque un texto que denuncia que el país interpreta todo a través de lo que ya cree fue, previsiblemente, interpretado a través de lo que cada uno ya creía. El que venía pidiendo la cabeza de Bielsa concluyó que el texto pedía la cabeza de Bielsa, aunque el texto no lo nombra. El que la tiene contra el gobierno encontró ahí la prueba de que la culpa es del gobierno. El de vena partidaria lo leyó como un manifiesto contra el partido de enfrente. El optimista incorregible extrajo, de un ensayo sobre la decadencia nacional, un llamado a creer más fuerte. Y al menos uno, que evidentemente leyó el título y la última línea, lo reenvió con un “tal cual, es lo que vengo diciendo hace años”, apropiándose de una autoría que ni siquiera estaba confirmada.
El texto quería ser un espejo. Funcionó como un test de Rorschach. Y la ironía final —la que ningún grupo registró— es redonda: una crítica feroz a un país que prefiere la nostalgia al presente y el relato al dato terminó circulando sin que nadie chequeara el dato más elemental de todos, el de quién la había escrito. La firma daba igual. Era apenas una superficie más sobre la cual proyectar lo que ya traíamos puesto.
La interpelación
Conviene, llegados a este punto, mirar hacia el otro poder. Porque mientras tres millones y medio de uruguayos dibujaban formaciones con emojis, ese mismo lunes 22 ocurría en el Senado un hecho central de la vida institucional de la República: la interpelación al ministro de Economía, Gabriel Oddone. La instancia, impulsada por la oposición y con el senador Sergio Botana como miembro interpelante, venía a discutir nada menos que el rumbo económico del país (el empleo, la competitividad, las AFAP), los temas que, en teoría, deciden cómo vivimos.
Y digo “ese mismo lunes 22” porque ahí está el chiste. La interpelación había sido fijada en un principio para el 15, el día del debut contra Arabia. La oposición protestó: una picardía, dijeron, viveza criolla, una maniobra para esconder el debate bajo la alfombra mundialista. El oficialismo, atento al reclamo, la corrió una semana: al lunes 22. Como si el 22 (la mañana siguiente al 2 a 2 con Cabo Verde, con el país entero todavía haciendo la autopsia del empate, y con Argentina-Austria, Francia-Irak y Noruega-Senegal en la agenda de esa misma tarde) fuera un día en que la ciudadanía, libre por fin de distracciones, fijaría su atención plena en la sostenibilidad fiscal. El teorema, una vez más, no falla: en Uruguay, hasta el calendario parlamentario gira alrededor de una pelota.
Un sube y baja
Ahora bien. Detengámonos un momento aquí, porque merece atención.
En el lapso de seis días, el estado de ánimo colectivo uruguayo transitó, documentadamente, por las siguientes estaciones: ilusión contenida, colapso ante Arabia, renacimiento a los 80 minutos, euforia moderada, horror ante Cabo Verde, pánico, redención en el descuento, nueva euforia, segundo colapso, y finalmente el territorio actual, que podría describirse como
“esperanza con altos niveles de ansiedad”.
Todo esto pivotea sobre una variable que, mirada con frialdad, es básicamente azarosa: si determinadas pelotas entraron o no entraron en un rectángulo de metal de 7,32 metros por 2,44. El rebote de Muslera ante Arabia que generó el 1-0. El poste que rebotó para el empate de Araújo. La barrera que se abrió ante el tiro libre de Pina. El córner que Cabo Verde casi convierte al final.
Cada uno de esos centímetros fue un bifurcador de realidad nacional. Un centímetro al otro lado del poste y no había gol de Araújo, y Uruguay perdía el debut, y Bielsa era un fracaso, y el país entraba en el ciclo conocido de autopsia institucional que dura hasta el próximo proceso clasificatorio. Un centímetro adentro del ángulo en el último minuto y Cabo Verde nos eliminaba en la fase de grupos, lo cual habría generado una crisis existencial de proporciones que el sistema político uruguayo tardaría años en procesar.
El teorema
El teorema podría enunciarse así:
“El estado de ánimo colectivo de Uruguay durante un Mundial es una función de la trayectoria de esferas de cuero evaluadas en el instante en que cruzan, o no cruzan, una línea imaginaria”.
Todo lo demás (el análisis, la historia, la identidad, la garra charrúa, las conclusiones sobre el modelo de desarrollo nacional, las opiniones del cuñado) es la narrativa que construimos después, con la pelota ya adentro o ya afuera, para convencernos de que entendemos algo.
La elección de la historia como confirmación y/o esperanza
Mientras tanto, en el limbo que va del domingo al viernes, el país se dedica a dos actividades simultáneas y contradictorias.
La primera es la matemática. De golpe, tres millones y medio de uruguayos se convirtieron en actuarios especializados en un sistema de clasificación que hasta el lunes ignoraban por completo. Porque este Mundial de 48 equipos reparte cupos no solo a los dos primeros de cada grupo, sino a los ocho mejores terceros de los doce grupos, lo que significa que la suerte de Uruguay ya no depende únicamente de Uruguay. Depende, también, de lo que pase en partidos remotos entre selecciones que nadie ubicaría en un mapa. El cuñado, que el lunes no sabía dónde quedaba Cabo Verde, el martes explica con autoridad por qué conviene que tal grupo termine apretado y tal otro no, y maneja conceptos como “diferencia de gol del tercero” con la soltura de quien los inventó. Hay planillas. Circulan capturas de tablas con celdas pintadas de colores. Alguien, en algún grupo, ya hizo una hoja de cálculo.
La segunda actividad es más antigua y más reveladora: la consolación histórica. El mismo plantel que el lunes era “un papelón” se convirtió, en cuarenta y ocho horas, en heredero de las grandes epopeyas del fútbol. Y entonces reaparece, en todos los grupos a la vez, el profesor de historia mundialista que dormía adentro de cada uruguayo. “Italia en el 82 empató los tres partidos del grupo y salió campeona”, escribe alguien, y es verdad: la Italia de Paolo Rossi pasó la primera fase con tres empates (0 a 0 con Polonia, 1 a 1 con Perú, 1 a 1 con Camerún) y clasificó raspando por diferencia de gol, antes de levantar la Copa. “Y España en 2010 perdió el debut y salió campeona”, agrega otro, y también es cierto, con el detalle exquisito de que España es justamente nuestro rival del viernes: es la única selección que ganó un Mundial habiendo perdido su primer partido, y encima lo hizo siendo el campeón con menos goles de la historia. Para el más erudito del grupo queda reservada la perla de 1954, cuando Alemania perdió 8 a 3 contra Hungría en la primera fase y semanas después le ganó la final.
Pero el dato que mejor nos describe, el que deberíamos enmarcar, es otro: Irlanda, Mundial de Italia 90, primera participación de su historia. Empató los tres partidos del grupo. Empató. Los tres. No ganó ninguno. Clasificó a la siguiente fase como segundo con un sorteo. Pasó igual, eliminó a Rumania por penales sin ganarle tampoco en los noventa minutos, y llegó hasta los cuartos de final convirtiendo dos goles en todo el torneo. Dos. Una selección entera llegó más lejos que casi todas sin ganar un solo partido en el tiempo reglamentario. Si eso no es una doctrina nacional uruguaya esperando ser adoptada, no sé qué es.
Lo notable no es que estos datos sean ciertos (lo son). Lo notable es cuándo aparecen. Nadie recordaba a la Irlanda del 90 el lunes de mañana, cuando hacía falta munición para el funeral. Resucitó el martes, cuando hizo falta esperanza. El sesgo de confirmación no solo elige qué creer: elige qué recordar, y exactamente cuándo. La historia del fútbol es lo suficientemente vasta como para contener una cita de aliento para cualquier circunstancia, y un país lo suficientemente ansioso siempre encontrará la que necesita.
Todo sigue… o no…
El viernes llegó el final. Jugamos contra España. Como estilan decir los periodistas deportivos y directores técnicos en Uruguay (aproximadamente tres millones), de tres resultados posibles (ganar, empatar o perder), nos servían dos.
En un estadio colmado de camisetas de España (la mayoría mexicanos vistiendo los colores del reino que los “descubrió”) con algunas manchas celeste y blancas había algo que seguía vivo.
¿Y qué nos pasó? La pelota, lentamente, cruzó la línea blanca. Cambiamos el festejo desenfrenado, el de mantener viva la esperanza quimérica de ser campeones otra vez, como la primera vez, por el enojo, la frustración, el desencanto.
El fútbol son momentos. Y los momentos pasan. Hay que saber aprovecharlos cuando están a favor y pasar rápido la página, como ahora.
Ahora comienza un nuevo ciclo de cuatro años, en el que todo volverá a repetirse, pero con una particularidad única: en el 2030 la cosa empieza acá, donde todo comenzó.
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