Cuidémonos entre todos, la calle está dura

Título inspirado en las palabras de Carlos ¨Indio¨ Solari. En un entramado audaz el autor relaciona la figura presidencial, la pobreza infantil y la marginalidad con el rock y la inspiradora figura del Indio Solari 🎸

Cuidémonos entre todos, la calle está dura

Democracia, marginalidad y pobreza infantil · Uruguay · Argentina · Brasil

Hay un patrón que se repite en estas democracias con una regularidad que ya no sorprende a nadie. Llega un presidente. Llega con diagnóstico, con equipo, con promesas que en algunos casos son genuinas y en otros no. Y entonces empieza: las urgencias tapan a las prioridades, los lobbies doblan los brazos que juraban no doblarse, los acuerdos se hacen con quien tiene poder para romperlos, y la gestión que iba a ser diferente termina siendo una versión apenas modificada de las anteriores. Parches sobre parches. Negocios que se llaman políticas públicas. Fracasos que se llaman transiciones.

Y en el medio de todo eso, se siguen postergando decisiones y acciones para los sectores más afectados por la pobreza. Pero la espera tiene un límite. Porque empujamos, empujamos y volvemos a empujar sobre los que menos tienen, reducimos sus márgenes hasta que no hay margen, y después nos sorprendemos cuando los efectos de esa presión vuelven sobre nosotros. Hoy todos alarmados por el aumento de la criminalidad y la violencia. Hoy todos hablando de crisis de seguridad. ¿Qué esperábamos, de verdad? Llamarla crisis de inseguridad es mirar la herida y no la navaja. Hay una crisis de marginalidad. Es la consecuencia lógica, perfectamente predecible, de décadas de pobreza acumulada y normalizada. La calle cambió porque la empujamos hasta que no hubo más margen, y esto puede complicarse mucho más todavía.

Entonces me pregunto qué le diría yo a un presidente en el poder, en este escenario. A pesar de que es fácil decirlo desde afuera, desde mi experiencia personal sé que el modelo de poder tiene una inercia brutal: se reproduce solo, protege a los mismos de siempre y hace parecer imposible lo que en realidad es simplemente una molestia para quienes se benefician de que nada cambie. Y aun así lo digo: quien llega con una convicción real y no la suelta tiene más fuerza de la que ese modelo quiere que crea. Que si todo está mal, que si cada decisión parece un parche y cada promesa choca contra un sistema que resiste el cambio, hay que hacer todo lo que esté al alcance por los problemas más graves que aquejan al país. Sin embargo, yo identificaría la crisis más urgente e injusta y no la soltaría. No la dejaría escapar. Solo la ingenuidad de alguien que cree de verdad en el bien puede triunfar en el medio de tanto negociado, lobby, tranza y astucia cruel. Una ingenuidad que no le importe la forma que adopte el impedimento, que simplemente le pase por encima. Porque nadie llega a presidente para ser recordado por sus errores y su inacción. Un presidente puede ser mediocre, puede haber llegado sin la estatura que el momento exige. Pero hay algo que la historia demuestra una y otra vez: la presidencia puede hacer al hombre. La responsabilidad de gobernar para millones puede aplastarlo o despertar en alguien lo que nadie, ni él mismo, sabía que tenía. Un presidente puede cometer errores, algunos graves, puede haber generado dudas incluso en quienes lo votaron. Pero le digo: el partido no terminó. Puede darlo vuelta. Deje que la presidencia lo haga el hombre que el país necesita. Si usted está ahí, puede de verdad cambiar las cosas.

Y si le hicieron creer que no puede, no importa: despabílese y haga. Eso es lo que la gente espera de su presidente.

La crisis que le sugiero que elija, la que no puede esperar, es la pobreza infantil y la marginalidad. Diga: Con los chiquilines no se jode. No permita que nadie — ningún lobbista, ningún tecnócrata con su powerpoint de restricciones, ninguno de los que siempre tienen una explicación racional y civilizada para que los fondos terminen en otro lado, los mismos de los últimos treinta o cuarenta años — le tuerza el brazo. No permita que ninguno de los famosos consejeros llegue con sus planillas y le diga que el modelo económico prevé una reducción gradual de la pobreza infantil del x% y que es normal que toda economía tenga un porcentaje aceptable de niños pobres. Ni uno, presidente. Haga que quienes abogan por aceptarla como un número más tengan miedo de decirlo en voz alta. Hay que erradicar esa cultura de normalizar el sufrimiento ajeno, de permitir el dolor de nuestros hermanos y luego, para no sentirlo, llamarlo variable de ajuste, dato estructural, consecuencia del modelo. Si ese es el modelo, presidente, el modelo no sirve. Construya los mecanismos para que la solución sobreviva más allá de su gestión. No porque sea el único problema. Los otros problemas pueden ser gravísimos. Pero hay una pregunta que no tiene respuesta posible en contra: ¿qué puede ser más grave que dañar a un niño y a su futuro? Todo otro problema, por urgente que sea, recae sobre alguien que en algún momento tuvo la posibilidad de elegir, de actuar, de defenderse. Un niño pobre no eligió serlo.

Hay una contradicción que las democracias del Cono Sur llevan décadas sin resolver ni nombrar con claridad. La democracia, como forma de gobierno, descansa sobre una promesa básica: que el poder existe para servir a todos los ciudadanos, especialmente a los más vulnerables. Esa es su legitimidad. La eficiencia importa, los índices macroeconómicos importan, la estabilidad de la moneda importa. Pero ninguna de esas cosas puede estar por encima de los niños. Son necesarias, pero son medios. Los niños son el fin. Y cuando los medios se convierten en el fin, y los niños en la variable de ajuste, algo fundamental se ha roto.

Entonces la pregunta que me inquieta es esta: ¿puede llamarse democracia plena un sistema que convive durante décadas con pobreza infantil masiva sin resolverla? Porque esa convivencia no es un accidente. Es una decisión. Puede ser una decisión tomada por omisión, por cobardía política, o por captura del poder por intereses que no son los de la mayoría. Pero es una decisión. Y una democracia que elige no combatir la pobreza infantil está traicionando su propia razón de ser.

En mi opinión, entre Argentina, Uruguay y Brasil, el caso más perturbador no es el  que mas pobreza infantil y marginalidad registra en términos absolutos. Es Uruguay. Y es perturbador precisamente porque Uruguay no tiene excusa.

Uruguay es la democracia más sólida de América Latina. La menos corrupta, la más transparente, la que tiene instituciones que funcionan, prensa libre, alternancia política sin sobresaltos. No es un país pobre: tiene orden institucional, sus finanzas ordenadas, una economía estable que otros países del continente envidian. Es, en casi todos los indicadores que los organismos internacionales usan para medir el desarrollo, el mejor alumno de la región.

Y sin embargo: 4 de cada 10 niños uruguayos viven en hogares con pobreza monetaria o multidimensional, según el análisis de UNICEF sobre los datos del INE publicados en 2025. La tasa de pobreza infantil lleva más de treinta años duplicando la tasa de pobreza de los adultos. Treinta años. Gobiernos de izquierda y de los otros, ciclos mejores, ciclos peores. Siempre el mismo resultado. Y cuando UNICEF comparó la pobreza infantil relativa entre 43 países de renta media-alta y alta del mundo, la riqueza nacional, comprobó el informe, no garantiza por sí sola que un país priorice a sus niños.

Eso es una sentencia. Si el país con mejores condiciones institucionales de la región no resuelve la pobreza infantil, entonces el problema no está en las condiciones. Está en la decisión. O en la ausencia de ella. Según UNICEF, ampliar las transferencias monetarias a la infancia en Uruguay es la política con impacto más directo y probado sobre la pobreza infantil. La pregunta no es si es posible. Es por qué no se hace.

En Argentina, al cierre de 2025, el 42,3% de los niños son pobres, según UNICEF en base a datos oficiales del INDEC. Más de cinco millones de infancias. La Asignación Universal por Hijo y los programas de transferencia directa demostraron algo fundamental: cuando hay decisión política real y sostenida, la pobreza cede. Sin esas transferencias, la indigencia infantil sería mucho mayor. La herramienta funciona. Lo que falla no es el saber cómo. Es la voluntad de no ceder ante las limitaciones prespuestarias y los lobbys torcedores de brazos.

En Brasil, según el informe UNICEF publicado en enero de 2025 con datos oficiales del PNAD Continua, 28,8 millones de niños y adolescentes viven en pobreza multidimensional — el 55,9% del total, bajando desde 34,3 millones en 2017 gracias en parte al Bolsa Familia. Y dentro de ese número hay una crueldad que habla de heridas que este continente no terminó de sanar: mientras el 45,2% de los niños blancos vive en pobreza multidimensional, entre los niños negros ese porcentaje trepa al 63,6%. La pobreza en Brasil no es solo una línea que divide ricos de pobres. Es una geometría más antigua, que se curva según el color de la piel, según si el bisabuelo fue o no fue esclavo. El Bolsa Família demostró que la intervención estatal sostenida mueve el número. Pero cada vez que cambia el gobierno, la protección tiembla.

Cuando uno plantea todo esto, aparece siempre el mismo escudo: los modelos económicos. Y hay que ser justos: los economistas tienen razón dentro del mundo que sus modelos describen. El problema es que ese mundo es una construcción. Una representación de la realidad, no la realidad misma. Y cuando la realidad demuestra que el modelo está equivocado — cuando los datos muestran que la intervención directa funciona, que el gasto en infancia no derrumba las cuentas públicas — muchos igual defienden sus fórmulas.

El modelo se vuelve más importante que el resultado. La coherencia interna de la ecuación vale más que el niño que no desayunó.

Pero hay algo más profundo todavía. Los modelos económicos no tienen como objetivo terminar con la pobreza. La incluyen como variable. La calculan, la proyectan, la administran dentro de ciertos rangos considerados tolerables. La pobreza, en muchos de estos modelos, no es un problema a resolver: es un parámetro a gestionar. Eso explica por qué después de décadas de aplicar recetas, la pobreza infantil sigue ahí. No es que las recetas fallen en su objetivo. Es que terminar con la pobreza infantil nunca fue el objetivo. Así es como una herramienta de análisis se convierte en una religión. Y las religiones no se discuten: se obedecen. El problema es que esta tiene víctimas concretas que no aparecen en las ecuaciones, y sacerdotes que gozan de enorme prestigio social mientras esas víctimas crecen aprendiendo que ese es su lugar.

En ese mismo territorio opera un concepto que la derecha tradicional instaló y que el anarcocapitalismo contemporáneo lleva a su conclusión más extrema y más cruel: el asistencialismo como pecado. Para la derecha clásica, asistir a los pobres generaba dependencia y distorsionaba los incentivos del mercado. Para el anarcocapitalismo, el argumento es más radical: el Estado no debería existir, la pobreza es responsabilidad individual, quien fracasa en el mercado merece su suerte, y la compasión organizada es una forma de robo a quienes sí fueron exitosos. Es una posición filosóficamente coherente dentro de sus propios axiomas. El problema es que esos axiomas solo funcionan si uno acepta la miseria en la cual los niños son responsables de no tener éxito, de no ser emprendedores y de haber nacido donde nacieron. Que ese punto de partida es justo. Que el mercado, antes de que pudiera caminar, ya le asignó su lugar. Y en el momento en que uno acepta examinar ese supuesto — preguntandose qué haría si esos chicos fueran sus hijos — todo el edificio se derrumba. Porque nadie, absolutamente nadie, aplicaría esa lógica a los suyos. Y lo que no se aplica a los propios no es un principio. Es una coartada.

Porque lo que ese argumento habilita, en su uso político real, es algo que merece ser nombrado sin eufemismos: la posibilidad de ser cruel con el que sufre sin sentir el peso moral de esa crueldad, siempre y cuando el que sufre sea otro y los suyos. Puedo evitar ser compasivo y actuar de manera cruel si el que padece es alguien distinto a mí y a los míos. Las ficciones que construimos para alejar al pobre — el vago, el dependiente, el que eligió su situación — son los instrumentos más eficaces para sostener, con aparente racionalidad, políticas que en cualquier otro contexto reconoceríamos como inhumanas.

Hay otra cosa que estas democracias hacen sin nombrarlo: una pedagogía. Le enseñan algo a cada generación de niños sobre cuál es su lugar en el mundo.

Al niño pobre le enseñan, sin palabras, que hay caminos que no son para él, aspiraciones que no le corresponden, futuros que pertenecen a otros. En Argentina, la tasa de pobreza en hogares donde el adulto no completó la primaria es del 80,9%. En hogares donde completó la secundaria, cae al 10,6%. La pobreza no se hereda en la biología. Se hereda en el horizonte. En lo que un niño aprende a imaginar como posible para sí mismo.

A los otros niños — los que no son pobres — se les enseña algo igualmente dañino: que los pobres son parte del paisaje. Que su existencia es lamentable pero inevitable. Que el Estado hace algo — siempre hay un programa, siempre hay una estadística que muestra que se avanzó — y que eso alcanza para seguir viviendo sin que el tema quite el sueño. Esa normalización no requiere ningún acuerdo explícito. Simplemente ocurre, generación tras generación, mientras los informes se publican y las elecciones se ganan con otros temas.

Y uno se pregunta qué se supone que vamos a cosechar si lo que seguimos sembrando es esto.

Con qué lógica le pedimos a cada nueva generación que confíe en instituciones que llevan décadas mirando para otro lado cuando se trata de ellos.

El 5 de junio de 2026 murió en Argentina Carlos Alberto Solari, el Indio, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota entre otras exitosas bandas. Lo que pasó después fue algo que este continente no había visto en mucho tiempo.

Un millón de personas se acercaron a despedirlo. La fila llegó a extenderse ochenta cuadras. Llegaron en colectivos desde todo el país, muchos viajaron toda la noche, muchos no tenían plata para el pasaje y vinieron igual como pudieron. Se organizaron solos, en paz, sin operativo oficial, sin que el Estado nacional pusiera un solo peso en el homenaje. El gobierno nacional brilló por su ausencia. No importó.

Pero lo más revelador no fue la multitud. Fue lo que decían cuando les preguntaban por qué estaban ahí. No hablaban de música. Una mujer decía: ¨el Indio estuvo siempre, cuando me hice mujer, cuando tuve mi primer novio, cuando me casé, cuando me divorcié. En esas noches oscuras su voz iluminaba el camino. El Indio nunca nos dejó solos¨. Un hombre decía: ¨con él podía soportar la mierda del trabajo que tengo, el basureo que me hacen todos los días, no tener plata para nada¨.

Otro: ¨el Indio entendía lo que nos pasaba y nos dio amor, nos enseñó a querernos entre nosotros¨.

Eso no es la relación entre un artista y sus fans. Es otra cosa. Es lo que pasa cuando alguien te ve de verdad.

El Indio Solari fue durante muchas décadas un fenómeno sin equivalente en la música popular mundial. Nunca firmó contrato con una discográfica. Nunca entró al sistema comercial. Sus recitales se volvieron tan masivos que dejaron de caber en los estadios conocidos y los empezó a hacer en ciudades del interior, en campos abiertos, convocando 200.000, 300.000 personas. Y en esos campos había algo que tampoco se ve seguido: abuelos que habían ido a su primer recital en los ochenta, junto a sus hijos que crecieron escuchándolo, junto a sus nietos que lo descubrieron por los viejos cassettes de la familia. Trabajadores, estudiantes, gente de barrio y gente de otros mundos sociales que en ese campo encontraban algo que afuera no tenían: un lugar donde eso no importaba. Sus seguidores y él construyeron algo que no tiene nombre exacto pero que cualquiera que lo vivió reconoce: una comunidad. Una forma de verse y de cuidarse que no dependía de ninguna institución ni de ninguna clase social.

Esos encuentros tenían nombre propio: las misas ricoteras. Y en el centro de cada misa había algo que desde afuera resultaba difícil de comprender: el pogo. El pogo más grande del mundo. Una masa de personas moviéndose juntas con una intensidad que cualquier observador externo podría confundir con caos o violencia inminente. Pero no pasaba nada violento. Pasaba exactamente lo contrario. En ese pogo, el que se sentía solo descubría que no lo estaba y que eran muchos. El que cargaba solo con la dureza de su vida encontraba, por unas horas, un cuerpo colectivo que lo sostenía. El que vivía desplazado por la sociedad estaba de repente en el centro, rodeado de los suyos. No era un concierto. Era un lugar donde la gente que el sistema empuja hacia los márgenes se reencontraba con su propia fuerza. Nadie de afuera de esa comunidad entendía cómo algo tan masivo e intenso podía ser también una fuente de contacto, de ternura, de pertenencia. Los que estaban adentro lo sabían perfectamente.

La Pastoral Villera lo despidió con estas palabras: ¨fue una voz que supo mirar la realidad de los más pobres con sensibilidad, respeto y conciencia social. Denunció la exclusión, cuestionó los prejuicios y defendió la dignidad de quienes muchas veces son señalados, olvidados o descartados por la sociedad. Su obra siempre estará presente en todos los barrios¨.

Al terminar uno de sus monstruosos recitales en La Plata, el Indio dejó una frase que nos recuerda su afecto y cercanía con la gente y forma parte de la mística ricotera:

¨CUÍDENSE NENES, LA CALLE ESTÁ DURA... OJO¨.

No era una metáfora. Le hablaba a gente que conocía esa dureza de primera mano, que convivía con la inseguridad no como dato estadístico sino como parte de su vida diaria — en el barrio, en el colectivo de vuelta a casa, en la esquina. Una frase que reconocía la dureza sin naturalizarla. Que nombraba el problema sin resignarse a él. Que pedía algo concreto y posible: que se cuidaran entre ellos, porque el Estado no llegaba, pero ellos sí podían llegar el uno al otro.

A lo largo de su obra y sus apariciones públicas, el Indio volvió siempre a la misma idea: que amar es desearle el bien al otro. Una idea simple y demoledora con la cual llevó afecto y contención a cientos de miles de personas.

Uno podría decir que es una definición política. Y lo es: es exactamente lo que debería ser la función de un gobierno democrático respecto de sus ciudadanos más vulnerables. Pero es mucho más que eso. Es la definición de lo que significa vivir en sociedad. Es el fundamento de cualquier civilización digna de ese nombre. Es la razón por la que en algún momento de la historia decidimos no vivir solos, construir instituciones, tejer redes de protección, inventar el concepto mismo de lo público. No para administrar la pobreza. Para desearle al otro que le vaya bien y hacer todo lo posible para que lo logre. Eso es la civilización. O debería serlo. Y si un músico que nunca firmó un contrato con una discográfica, que tocó en campos abiertos para 300.000 personas que viajaban días para estar con él, supo encarnar esa definición mejor que cualquier gobierno de estos tres países en los últimos treinta años, entonces la pregunta que queda no es sobre la música. Es sobre nosotros.

Un millón de personas fue a despedir al Indio. Y millones más lo siguieron desde sus casas, desde sus provincias y desde el exterior del país. Todos despidiendo a alguien que los vio, que los nombró, que les dijo que la calle estaba dura pero que entre ellos podían aguantarla. Nadie va a despedir a los gobiernos que durante décadas administraron su pobreza y su sufrimiento como dato estadístico. La diferencia entre los dos es un abismo. El abismo entre quien busca el bien de su gente y quien contabiliza su pobreza. Porque la única falla moral que un presidente no puede permitirse es la falta de humanidad — en su pensamiento y en su acción. Para eso fue puesto en ese lugar de privilegio: no para aceptar la pobreza infantil y la marginalidad como una condición inevitable de la realidad, sino para combatirlas. Esa es su misión. Y esa diferencia es exactamente la deuda que estas democracias todavía no saldaron con los que marginaron sistemáticamente, y especialmente con los niños que nacen en ellas sin haber elegido dónde nacer, y cuyos futuros fueron rifados antes de que pudieran pronunciar su primera palabra.

Fuentes y bibliografía

El título de esta columna de opinión está inspirado en las palabras de Carlos ¨Indio¨ Solari.
• UNICEF Uruguay / INE, 2025: 4 de cada 10 niños en hogares con pobreza monetaria o multidimensional. La pobreza infantil duplica la adulta desde hace más de 30 años. Uruguay muy por debajo de países con ingresos similares (Estonia, Polonia, Eslovaquia) en pobreza infantil relativa. Fuente: unicef.org/uruguay y Wikipedia Pobreza en Uruguay (datos INE 2025).
• UNICEF Argentina / INDEC, segundo semestre 2025: pobreza infantil 42,3%. 5,1 millones de niños pobres. Sin transferencias monetarias, la indigencia infantil sería mucho mayor. Fuente: Infobae, La Nación, Chequeado, junio 2026.
• UNICEF Brasil, enero 2025 / PNAD Continua: 28,8 millones de niños en pobreza multidimensional (55,9%), bajando desde 34,3 millones (62,5%) en 2017. Niños negros: 63,6%. Niños blancos: 45,2%. Fuente: unicef.org/brazil, comunicado oficial 16 enero 2025.
• Argentina: pobreza infantil en hogares sin primaria completa: 80,9%. Con secundaria completa: 10,6%. Fuente: UNICEF Argentina / INDEC, julio 2025.
• Velorio del Indio Solari, 7-8 de junio de 2026: 1 millón de asistentes estimados, 500.000 ingresaron a la capilla ardiente. Fila de 80 cuadras. Fuentes: Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires / Infobae / Perfil / La Nación.
• Pastoral Villera: comunicado oficial en redes sociales, 8 de junio de 2026.
• Frases del Indio Solari: 'Cuídense nenes, la calle está dura... ojo.' — documentada en registro audiovisual de recital en La Plata. Frase atribuida al Indio: 'amar es desearle el bien al otro' — concepto recurrente en su obra y apariciones públicas, documentado en múltiples fuentes secundarias. La expansión 'y hacer todo lo posible para que lo logre' es elaboración del autor basada en el espíritu de esa idea.

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