Tecnología, nosotros y el otro: la ilusión de no estar solos

Nunca fue tan fácil estar en contacto. Nunca fue tan difícil encontrarse de verdad. Estamos siempre disponibles, siempre conectados, siempre en línea. Pero algo se fue vaciando en el camino. Nos conectamos todo el tiempo. Nos relacionamos cada vez menos. El otro dejó de ser presencia. Nosotros también. Y sin darnos cuenta, empezamos a reemplazar el vínculo por el medio de conexión. Sin fricción, no hay encuentro. Sin tiempo, no hay vínculo.

Tecnología, nosotros y el otro: la ilusión de no estar solos

Me siento en un bar y miro a mi alrededor. En varias mesas pasa lo mismo: las personas están juntas, pero cada una mirando su celular. A veces aparece un gesto, una sonrisa, una reacción. Pero no tiene que ver con quien está enfrente o a su lado, sino con algo que pasa en su pantalla.

No es un caso aislado. Pasa en mesas familiares, en reuniones, en encuentros que en teoría tenían un propósito. No hay silencio incómodo, tampoco incomodidad visible. Cada uno está en lo suyo. Desliza el dedo, responde, mira algo que los otros no ven.

Están juntos, pero no interactúan. Como si cada uno se moviera dentro de una burbuja que apenas roza a las otras para seguir con su propia trayectoria. Hay algún contacto, pero pareciera que no hay demasiado más.

Lo llamativo no es la escena, sino que ya no nos llama la atención. Se volvió normal.

Y sin embargo, hay algo profundamente contradictorio: nunca fue tan fácil conectarse con otros, y nunca fue tan difícil relacionarnos de verdad con alguien, entablar un vínculo significativo con otro.

Durante años se repitió una idea casi como un mantra: internet iba a acercarnos. Iba a acortar distancias, ampliar comunidades, dar espacio y voz a todos. Y en muchos sentidos esto pasó. Hoy podemos hablar con alguien al otro lado del mundo, mantener comunicación a distancia casi contra toda lógica, estar en contacto permanente con amigos y familiares que viven en otras ciudades o países, reunirnos con personas sin tener que desplazarnos.

Eso está fuera de discusión.

Pero hay algo que no termina de cerrar. Esa facilidad para conectarse no parece traducirse en vínculos más profundos. Más bien al revés. La conexión empezó a ocupar el lugar del vínculo, y esto transformó la forma en que nos relacionamos.

Hay algo en esta forma de relacionarnos que se volvió liviano, más superficial. Entramos y salimos de conversaciones, de grupos, de intercambios, sin que implique demasiado. Como en un juego online que sigue funcionando independientemente de quién esté o quién se vaya del juego. Nadie es del todo necesario, la rueda sigue girando. Siempre hay otra conversación posible. Otro estímulo. Otra persona disponible.

Y entonces, ¿qué lugar ocupa el otro? ¿qué efecto tiene en nosotros la interacción con otro?

La interacción digital tiene una ventaja clara: reduce el riesgo. Podemos elegir qué mostrar, cuándo responder, cuánto involucrarnos. Podemos evitar silencios, incomodidades, momentos torpes. Todo parece fluir más. Pero toda ventaja parece tener un precio.

Algo se pierde en ese proceso.

Hablar con alguien cara a cara implica exponerse. No hay edición posible. Hay tiempos muertos, interrupciones, cosas que no salen como uno quiere, y la simultaneidad de la interacción. También ahí aparecen otros factores: lo imprevisible, lo que no controlamos, lo que nos puede afectar o conmover.

En la pantalla o celular eso casi no pasa. Todo está diseñado para que la interacción sea rápida, continua, sin fricción. Y quizás el problema no sea la velocidad, sino lo que esa velocidad deja afuera. Sin fricción tampoco hay demasiado encuentro.

Tal vez la dinámica de las redes sociales y la era de la hipercomunicación ha modificado, entre tantas otras cosas, la noción de tiempo. Según Byung-Chul Han, filósofo y ensayista surcoreano-alemán que analiza críticamente la sociedad contemporánea, especialmente el impacto del capitalismo, la hiperproductividad y la cultura digital en la vida humana,

¨todo lo que estabiliza la vida humana requiere tiempo. La fidelidad, el compromiso y las obligaciones son prácticas asimismo que requieren mucho tiempo. La desintegración de las arquitecturas temporales estabilizadoras, entre las que también se cuentan los rituales, hace que la vida sea inestable. Para estabilizar la vida, es necesaria otra política del tiempo¨.

En las redes hay mucha comunicación, pero no necesariamente hay vínculo. Hay intercambio, pero no necesariamente hay escucha. Hay presencia constante, pero rara vez hay atención sostenida. Se puede hablar todo el tiempo sin decir demasiado. Se puede estar en contacto sin que pase algo significativo o memorable. Los rituales compartidos construyen recuerdos que nos sirven a lo largo de nuestra vida como nuestro andamiaje y sostén emocional. Hoy, las dinámicas de los rituales familiares o entre amigos se ven atravesadas por el mundo digital, restando a las experiencias compartidas significado y valor emocional. Byung-Chul Han da un paso más allá y dice:

¨en la comunicación digital, el otro está cada vez menos presente… Al otro no se le llama para hablar. Preferimos escribir mensajes de texto, en lugar de llamar, porque al escribir estamos menos expuestos al trato directo. Así desaparece el otro como voz¨.

Un grupo de whastapp no es necesariamente una comunidad. Una conversación constante no implica cercanía. A veces es solo ruido que mantiene la sensación de que algo está pasando. Algo así como una radio que suena de fondo a la cual uno no presta atención consciente.  Y quizás lo más incómodo es darnos cuenta que muchas veces con eso basta.

Las plataformas funcionan bien así. Están hechas para que la interacción no se corte, para que siempre haya algo nuevo, algo que mirar, algo que responder. La relación con el otro queda atravesada por esa lógica: breve, inmediata, reemplazable, efímera, superflua. A su vez, la forma en que nos mostramos en las redes tiende a parecerse a una representación de nosotros mismos, ¿alguna vez te sacaste una selfi a cara lavada y enojada? Seguramente posaste sonriendo, maquillada y luego de sacarla verificaste que te gustaba como te veías antes de compartirla en redes.

El otro empieza a parecerse más a un estímulo que a una presencia. Y sin embargo, seguimos ahí, conectados pero más solos a la vez.

Tal vez porque esa forma de vincularnos evita algo más exigente. Estar con otro de verdad lleva tiempo. Exige atención. Exige silencio y escucha. Supone tolerar momentos que no son ideales, incluso incómodos. Supone que el otro no está ahí para confirmar lo que uno ya piensa, sino para ser otro en sí mismo y todas las particularidades que eso implica.

Nada de eso es especialmente eficiente. En la era de la hipercomunicación el silencio se ha retirado y ha tomado su lugar un mar infinito de ruido y palabras y símbolos vaciados de significado. Solo pensemos en que somos adultos mandándonos dibujitos unos a otros (emojis) como si fuera totalmente normal y propio de un lenguaje acorde a adultos capaces e inteligentes. Dicho así suena ridículo, ¿no?

En la vida cotidiana esto se vuelve casi invisible. Grupos que siguen activos pero casi no se ven. Personas que “hablan todos los días” pero no tienen ni idea de qué le pasa al otro. Encuentros que conviven con notificaciones constantes, como si siempre hubiera algo más importante ocurriendo en otro lado. No hay conflicto. No hay ruptura. Pero tampoco hay vínculo.

Y tal vez eso sea lo más difícil de ver. No es que algo se rompió. Es que algo se fue vaciando sin hacer mayor ruido.

La conexión constante da una sensación de compañía. Siempre hay alguien, siempre hay algo sucediendo. Nunca estamos del todo solos, pero nos sentimos aislados y ansiosos. Para no enfrentar el sentimiento de soledad, mandamos más mensajes, hacemos más posteos, escroleamos por horas, lo cual, solo acentúa más la sensación de soledad.

Quizás la pregunta no sea si estamos más o menos conectados. Eso ya está claro.

Vivimos rodeados de un exceso de información, de estímulos, lo que ha socavado nuestra capacidad para percibir y nuestra atención. La fragmentación de la atención que padecemos dificulta nuestra capacidad para relacionarnos con el otro, y afecta nuestra capacidad de escucha. De la misma forma que esa dispersión en la que a menudo habitamos nos induce a huir de la dificultad, la incomodidad, o cualquier estímulo que nos genere conflicto. La pregunta es otra.

¿Qué lugar tiene el otro en nuestra vida si nuestra comunicación no establece un vínculo?  ¿Cuánta incomodidad estamos dispuestos a tolerar antes de escapar a algo más fácil?

Parecemos estar perdiendo las capacidades que generan el esfuerzo de relacionarse con otro de una manera significativa, que nos pueda cambiar a ambos, que pueda resonar en nosotros algo que nos exceda y que a su vez, pueda generar un recuerdo que se instale en nosotros. La falta de relación verdadera y permanente produce una debilidad endógena en el individuo y genera una ausencia de resiliencia a los vínculos físicos, los cual nos hace cada vez más frágiles en relación al otro. Los problemas de salud mental aumentan exponencialmente y nos preguntamos por qué; sin embargo tenemos una intuición bastante clara, aunque perturbadora, de lo que ocurre. Hemos empezado a ver que las ventajas de la tecnología no son gratis y su costo es mucho más complejo de lo podíamos suponer.

La posibilidad de conexión está ahí, disponible, constante. Lo que no es tan evidente es que la usemos para relacionarnos. Y para terminar me gustaría compartirles estos interrogantes, ¿estamos seguros que somos nosotros quienes usamos la tecnología? ¿Entonces por qué al  hacerlo nos vaciamos de nuestra humanidad?

Fuentes y bibliografía

- ¨No-cosas¨. Byung-Chul Han. 2021
- ¨La generación ansiosa¨. Jonathan Haidt. 2024

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