Nota editorial
La laguna de las excepciones es un cuento de ficción satírica, presentado como contenido de opinión sobre asuntos de interés público. Mediante el humor, la ironía, la exageración y situaciones deliberadamente absurdas, propone una reflexión crítica sobre el desarrollo inmobiliario, el ordenamiento territorial y la protección ambiental. La obra puede inspirarse en lugares, debates y acontecimientos públicos reales, pero no constituye una reconstrucción histórica, periodística ni documental de ellos. Todos los personajes de este cuento son ficticios, al igual que sus diálogos, las entrevistas, las escenas, las motivaciones y las conductas que se les atribuyen. Ninguno de estos elementos pretende representar declaraciones, actuaciones o comportamientos reales de personas determinadas ni atribuir a instituciones públicas o privadas las expresiones, decisiones o conductas ficticias narradas. La narración utiliza la sátira y el humor como formas de expresión crítica.
Esta historia transcurre en Punta del Este, en marzo de 2025.
Peter es un conocido desarrollador inmobiliario del este. Un hombre de negocios, de esos que siempre saben dónde está el futuro. Especialmente cuando el futuro tiene vista a una laguna.
Un amigo que estaba preparando una historia sobre el desarrollo inmobiliario consiguió entrevistarlo. Días después me contó cómo había sido aquel encuentro. Había quedado impactado por el entusiasmo de Peter, su carisma contagioso, la extraordinaria convicción con la que defendía sus ideas y su enorme capacidad para resolver problemas.
Esto fue lo que me relató:
Nos encontramos en el bar de un lujoso hotel boutique. Ya estaba esperándome. Se levantó, me abrazó como a un viejo amigo y comenzó a felicitarme por cosas que yo no recordaba haber hecho.
—Quiero entender cómo funciona esto, Peter. Todo el mundo dice cuidar el ambiente, pero las construcciones siguen avanzando y están produciendo grandes impactos ambientales negativos.
—Bueno, bueno, así empezamos. Tu problema es que mirás mal las cosas.
Sacó unos anteojos negros carísimos y me los ofreció.
—Ponételos. Por un rato vas a ver el mundo como lo veo yo, no me interrumpas hasta que termine y vas a entender todo.
Me los puse.
El jardín del hotel desapareció. Donde había árboles aparecieron edificios; el estanque se convirtió en una piscina y el césped, en un estacionamiento.
Me los saqué de golpe. Todo volvió a la normalidad.
—¿Qué carajo es esto, Peter?
—Visión de futuro, flaco. Ponételos de nuevo, que te falta mucho por aprender.
—Maldonado crece como nunca, querido. Y cuando hay voluntad, no hay obstáculo que no pueda superarse.
Te doy un ejemplo.
Tenemos una laguna, la Laguna del Diario, tan, pero tan protegida por las normas ambientales y territoriales que, para construir a su alrededor, hizo falta una excepción.
Porque construir donde todo es fácil, lo hace cualquiera. Eso no tiene gracia. Lo verdaderamente admirable es construir donde las cosas se ponen difíciles. Ahí se ve el talento, el arrojo del desarrollador y su compromiso con el progreso.
Por suerte contamos con una herramienta maravillosa, liberal, democrática y occidental: la excepción.
Funciona así: primero celebramos las normas estrictas porque creemos en el bien común y la protección de nuestro hábitat. Después descubrimos que nos impiden hacer lo que queremos. Entonces promovemos una excepción.
Y ahí está la maravilla. No hace falta eliminar las normas. Basta con encontrar la manera de que, justo donde queremos construir, permitan otra cosa.
Peter observó mi expresión.
—No pongas esa cara. Te voy a contar una historia. Una de esas sesiones históricas en las que se votan las grandes excepciones. Esta historia quizás fue así o quizás nunca existió. Eso no importa. Escuchá.
Corrían los últimos días de diciembre. El recinto estaba repleto. Algunos habían llegado con gorros de Papá Noel y matracas, dispuestos a despedir el año como correspondía. Algunos ediles entraban con sus asesores, carpetas y papeles. En las barras había importantes representantes del futuro desarrollista, todos profundamente preocupados por el bienestar departamental.
Un edil pidió la palabra:
«Señor presidente, quiero transmitirle que no podemos permitir que una laguna, y sí, señor presidente, me refiero a la Laguna del Diario, se interponga entre nuestro departamento y su futuro. Por eso mociono declarar la zona Reserva Urbanizable de Interés Departamental, con cantidades mínimas permitidas de vegetación y prohibición expresa de humedales, fauna, flora nativa y otras yerbas».
Ovación de pie.
«¡Por fin alguien lo dijo, carajo!», gritó un hombre de traje, emocionado.
Otro edil agregó: «Secundo la moción de mi compañero».
«La naturaleza nos dio este paisaje. Ha llegado el momento de devolvérselo en cuotas».
«¡Con intereses de plaza!», agregó alguien desde las barras.
«Y en lotes muy chicos, así rinde, de ser posible», completó otro.
La multitud comenzó a cantar: «¡Ni fauna ni flora, queremos excepción!».
Dos garzas abandonaron las barras en señal de protesta.
A un chajá tuvieron que sujetarlo entre dos cuando intentó lanzarse sobre las bancas.
«¡Al zoológico, al zoológico!», comenzó a gritar la multitud.
«¡Hor-mi-gón, hor-mi-gón!», gritaba un desaforado colgado desde las barras.
Pero siempre aparece algún aguafiestas.
Un edil, muy formado en temas ambientales, desplegó unos mapas y explicó que las construcciones previstas se superponían con una zona de fragilidad ecosistémica.
«Estamos hablando de un área de fragilidad ecosistémica. Tenemos la obligación de tratarla legalmente como tal», insistió.
«¡Populismo ambiental, señor presidente!», protestaron desde una banca.
El edil siguió exponiendo sus argumentos.
«Me pareció ver un ambientalista suelto. ¿Ustedes vieron algo?», murmuró un hombre desde las barras, tratando de disimular.
En ese momento, desde las bancas de un sector surgieron elogios a los grandes visionarios que habían logrado transformar tantos espacios naturales en oportunidades de desarrollo inmobiliario.
—¡Son héroes! —exclamó alguien con emoción.
La ovación fue tan grande que el edil no pudo continuar.
«Exigimos respetar nuestro derecho constitucional de pavimentar el humedal», dijo un especialista en la materia.
Cuando el presidente anunció que correspondía votar una excepción, las barras volvieron a estallar. Era un día convulsionado.
«¡Excepción, excepción!», gritaban todos, agitando las matracas.
Un desarrollador lloraba desconsoladamente.
Otro prometió ponerle el nombre de la resolución a su próximo hijo.
Finalmente se votó.
—¿Vos estabas en esa sesión? —le pregunté.
—Fui a tantas sesiones que se me mezclan.
—Lo increíble, flaco, es que todo pasa delante de sus propios ojos. Discuten si es legal, si es político, si es ambiental. Y mientras ustedes siguen discutiendo qué es, nosotros ya estamos haciendo las cuentas. Ahora entendés por qué somos el futuro.
Peter pidió otra bebida.
—Nosotros no estamos contra la naturaleza. Al contrario. Nos encanta. El problema es que ocupa mucho espacio. Y el futuro también necesita espacio. Es una lucha evolutiva.
Lo nuestro es un éxito de trabajo en equipo.
Tenemos profesionales extraordinarios. Gente capaz de discutir durante horas dónde empieza un humedal, dónde termina una zona de fragilidad ecosistémica y por qué una línea dibujada en un mapa no se corresponde con esto o con aquello
La cartografía es una ciencia apasionante. Donde unos ven líneas en un mapa, otros ven un mundo de posibilidades.
No hay que confundir fragilidad ecosistémica con fragilidad económica. La primera afecta a los ecosistemas. La segunda puede afectar al negocio. Y eso sí requiere decisiones urgentes.
—¿Y los humedales de importancia ambiental?
—Mirá, flaco. Barro, mosquitos, bichos. Terrenos húmedos. Lo dice el nombre. ¿A quién puede gustarle eso? ¿Qué importancia pueden tener?
Nosotros les ponemos una pasarela, unas plantas prolijas, un cartel explicativo y enseguida parecen otra cosa. Los convertimos en una amenidad del emprendimiento y los monetizamos.
La biodiversidad queda preciosa en los folletos, pero nosotros damos tra-ba-jo, metételo en la cabeza, eso es biodiversidad de verdad.
¿Hablamos del progreso?
Donde antes había silencio, ahora tenemos vehículos. Donde reinaba la oscuridad, iluminación de última generación. Donde había vegetación nativa, jardines diseñados por profesionales. Todo fumigado, sin bichitos. Todo pipí cucú.
¿Pero alguien está pensando en la infraestructura de la ciudad, en la movilidad?
Ese no es nuestro trabajo, al que le quepa el sayo que se lo ponga. Si me preguntás a mí te puedo decir que la ciudad va a colapsar, pero esta es una opinión personal no profesional, bueno…, mejor no me cites.
Entiendo, volvamos a la laguna.
—¿Y los pájaros?
—Que se adapten. Tampoco podemos pretender que todo el esfuerzo lo haga el sector inmobiliario.
Peter consultó su teléfono y lo dejó boca abajo.
—Sin embargo, siempre hay problemas.
—¿Cuáles?
—El Ministerio de Ambiente.
Piden estudios. Hacen observaciones. Preguntan por el agua, los humedales, la flora, la fauna, el tránsito y todo lo que se te pueda ocurrir.
Hay funcionarios que insisten en hacer su trabajo. Y entonces hay que contratar profesionales para que expliquen, expliquen y expliquen.
El desarrollo inmobiliario necesita seguridad jurídica para invertir.
¿Más seguridad de la que ya tienen?
Y sí, somos los que ponemos la plata. Necesitamos, cómo decirlo, un medio ambiente sano y equilibrado para invertir.
¿Y eso cómo es?
Que no nos pregunten nada.
—¿Y si los estudios muestran problemas?
Peter soltó una carcajada.
—¡Problemas! Flaco, para eso tenemos otra palabra mágica: mi-ti-ga-ción.
Si hay un impacto, hay una medida de mitigación.
No importa cuántas preguntas hagan. Nosotros siempre estamos dispuestos a explicar.
—¿Y si la mitigación no alcanza?
—Entonces habrá que estudiar nuevas medidas. Para eso están los profesionales. No te preocupes, papá. Siempre hay una medida más.
—¿Y la transparencia?
Peter sonrió.
—Todo es transparente. La información está disponible.
Un poco en una resolución, otro poco en un expediente, algo en un plano, varios antecedentes en otras dependencias y una colección de versiones, anexos y documentos que requieren cierta experiencia arqueológica.
El ciudadano tiene todo a su disposición. Solamente necesita tiempo, paciencia, conocimientos jurídicos, formación técnica, una computadora y, preferentemente, no tener que trabajar para vivir.
—¿Y qué va a pasar con la laguna?
—Hay que protegerla, por supuesto. Cada tanto se descubre que tiene un enorme valor ambiental y se declara que hay que recuperarla. Deberíamos organizar una ceremonia anual para celebrarlo.
Eso sí, sin perjudicar los derechos adquiridos, los proyectos en trámite, las excepciones anteriores, las posibilidades futuras y las expectativas razonables de quienes confían en el desarrollo del departamento. Excepción más, excepción menos, esa es nuestra posición.
Sería injusto cambiar las reglas a mitad del partido.
«Sobre todo después de tanto esfuerzo para aprender a convivir con ellas. Y con sus excepciones».
—¿Cómo lo contás, dentro de treinta años la laguna no existe más?
—No seas negativo. No creo que dure tanto. Pero eso despertará nuestra creatividad.
Así, en frío, te tiro ideas: se podría hacer una pista de patinaje sobre la exlaguna, un paseo costero, restaurantes y un centro de interpretación ambiental donde los escolares aprendan cómo era todo en el pasado.
Incluso conservaría un pequeño humedal en una vitrina, con un cartel:
«Ejemplar original. No urbanizable».
Y cuando pregunten dónde está el resto, podremos responder con orgullo:
«No desapareció. Se transformó».
Porque el compromiso con el ambiente es absoluto. Hay que defender la Laguna del Diario hasta las últimas consecuencias.
Siempre que las últimas consecuencias admitan alguna excepción.
Peter se levantó y me extendió la mano. Intenté estrechársela, pero la retiró inmediatamente. Su expresión se volvió seria.
—Los anteojos, flaco.
Se los devolví.
—Espero que hayas entendido. Ese mundo existe. Lo que pasa es que ustedes no lo ven. Tienen que sacar la cabeza del humedal y ver ¨the big picture¨.
Se puso los anteojos, recuperó su sonrisa y se marchó.
Mi amigo terminó su relato. Se quedó en silencio unos segundos.
—No sé cómo hizo lo de los anteojos. Todavía no me lo explico —dijo, totalmente desorientado.
Para sacarlo de ese estado, le pregunté:
—¿Y qué impresión te dejó Peter?
—Extraordinaria —me contestó, todavía visiblemente perturbado—. Nunca conocí a alguien tan convencido de que estaba haciendo las cosas bien. Me mostró una realidad que suponíamos que existía, pero nunca imaginamos hasta qué punto.
—¿Y vos qué pensás? —me preguntó.
—Que eso es justamente lo que más me preocupa.
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¨La laguna de las excepciones¨ es un cuento de ficción satírica, presentado como contenido de opinión sobre asuntos de interés público. Mediante el humor, la ironía, la exageración y situaciones deliberadamente absurdas, propone una reflexión crítica sobre el desarrollo inmobiliario, el ordenamiento territorial y la protección ambiental. La obra puede inspirarse en lugares, debates y acontecimientos públicos reales, pero no constituye una reconstrucción histórica, periodística ni documental de ellos. Todos los personajes de este cuento son ficticios, al igual que sus diálogos, las entrevistas, las escenas, las motivaciones y las conductas que se les atribuyen. Ninguno de estos elementos pretende representar declaraciones, actuaciones o comportamientos reales de personas determinadas ni atribuir a instituciones públicas o privadas las expresiones, decisiones o conductas ficticias narradas. Esta aclaración comprende también las referencias a personas, organizaciones, colectivos, sectores profesionales y de actividad, así como a sus integrantes, individual o colectivamente considerados, sin que las expresiones, motivaciones, decisiones o conductas ficticias representadas pretendan atribuirse a ninguno de ellos. La narración utiliza la sátira y el humor como formas de expresión crítica.
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