Enojados y manipulados

El enojo no es el problema. No usarlo a tu favor, sí. En esta columna el autor plantea al enojo como un recurso, no como un defecto a corregir. Cuando no se lo utiliza para nuestro desarrollo, se desperdicia y se convierte en un enemigo que carcome a la persona y la vuelve fácil de manipular. El autor desarrolla un provocador ejemplo a partir de la final del Mundial 2026, Argentina-España.

Enojados y manipulados

El enojo no es el problema. No usarlo a nuestro favor, sí.

Hay escenas que empiezan a repetirse demasiado. Un auto cambia de carril, otro toca bocina y, en cuestión de segundos, dos personas están dispuestas a golpearse. Una demora de cinco minutos alcanza para insultar a un desconocido. Una discusión política rompe amistades de años. Un comentario escrito desde el anonimato recibe una respuesta cargada de hostilidad que parece imposible de justificar por unas pocas palabras.

La explicación más cómoda consiste en decir que vivimos en una sociedad violenta. No estoy seguro de que sea tan simple. Tengo la impresión de que vivimos en una sociedad donde cada vez hace falta menos para encender un enojo en construcción permanente, la violencia viene después.

El enojo tiene mala fama. Se lo presenta como una emoción primitiva, un descontrol que una persona madura debería aprender a controlar sino a eliminar. Si el enojo hubiera sido solamente un defecto, la evolución se habría encargado de borrarlo hace miles de años. No lo hizo porque cumplía una función. Y sigue cumpliéndola.

El enojo no nació para hacernos perder la razón. Nació para movilizarnos cuando el sistema nervioso determina que ya no puede seguir respondiendo de la misma manera.

Cada uno de nosotros construye, a lo largo de la vida, una serie de umbrales invisibles. No los elegimos. Se forman con la educación, con las pérdidas, con los vínculos, con los fracasos, con las heridas, con los éxitos, con aquello que aprendimos a soportar y con aquello que nunca pudimos elaborar. Esos umbrales, interconectados y relacionados entre sí, determinan cuánto miedo podemos sostener, cuánta frustración podemos aceptar, cuánta incertidumbre y presión toleramos, cuánta humillación, en definitiva, cuánto soportamos antes de cambiar de estado.

Podemos modificar algunos de esos límites. Hay personas que, gracias al entrenamiento o a la experiencia, desarrollan una capacidad extraordinaria para enfrentar el dolor, el estrés o la presión. Pero nadie dispone de una tolerancia infinita. Siempre existe un punto en el que el sistema nervioso determina que seguir haciendo lo mismo dejó de ser una opción.

Ahí aparece lo que llamamos el enojo.

No necesariamente porque exista una injusticia real. No necesariamente porque alguien tenga la culpa. El enojo aparece cuando una situación supera nuestros umbrales y el organismo necesita reunir una energía que hasta ese momento no había logrado reunir, para dar respuesta a la situación.

Por eso el enojo puede ser una de las emociones más valiosas que tenemos.

Hay relaciones de las que solo se sale enojado. Hay trabajos que solo se abandonan enojado. Hay abusos que terminan cuando el enojo consigue hacer lo que la paciencia, el miedo o la esperanza ya no pudieron hacer. El enojo no trae respuestas. Trae fuerza. Nos empuja a mover aquello que permanecía inmóvil.

Pero esa fuerza es ciega.

Con el mismo combustible una persona puede abandonar una relación abusiva o convertirse en quien produce el abuso. Puede defender a un hijo o herirlo. El enojo entrega energía. No entrega dirección. La dirección depende de nosotros, de quienes somos, de nuestra historia, de nuestra identidad y de nuestras circunstancias.

Toda emoción cumple un recorrido. Aparece, cumple una función y desaparece.

El enojo no fue diseñado para instalarse de manera permanente. Fue diseñado para atravesarnos. Cuando encuentra una salida, el organismo recupera el equilibrio. Cuando no la encuentra a pesar de haber escalado emocionalmente, ocurre algo distinto.

El enojo deja de ser una respuesta.

Empieza a convertirse en una forma de interpretar el mundo.

Y ahí se fortalece un concepto complementario decisivo. La percepción de injusticia.

No hablo de la injusticia demostrada. Hablo de la convicción de que un orden que considerábamos legítimo fue alterado en perjuicio nuestro o de aquello que valoramos. Esa convicción puede ser correcta. Puede ser parcial. Incluso puede ser completamente equivocada. El cerebro no espera una sentencia para reaccionar y tampoco necesita que sea real. Le alcanza con creer que algo intolerable ocurrió.

El enojo más intenso y duradero suele alimentarse de esa percepción.

Una pérdida puede aceptarse.

Una frustración puede elaborarse.

Pero una injusticia percibida de forma sostenida deja una deuda abierta.

Mientras esa deuda siga viva, el enojo conserva una razón para quedarse.

Las guerras muestran este mecanismo en su forma más extrema. Cada pueblo está convencido de que pelea porque sufrió una injusticia. Cada uno cree que la violencia comenzó del otro lado. Cada uno está seguro de que responde a una agresión anterior. Las percepciones de injusticia son distintas. La conclusión termina siendo la misma. Matar deja de vivirse como un crimen y empieza a presentarse como un acto necesario para reparar un orden que se considera destruido.

También pueden verse con claridad el efecto en casos colectivos más comunes, cotidianos y superficiales. Los deportes suelen ser un buen ejemplo.

En el Mundial 2026 España ganó la final. Tenía la copa, el título, la revancha. Todo lo que había ido a buscar. Y sin embargo, apenas terminó el partido, gran parte de la prensa internacional no habló del triunfo. Habló de la ofensa. Argentina, con un jugador menos, había peleado hasta el final sin resignarse, y después del pitazo fue a agradecerle a su propia gente en vez de quedarse parada frente al ganador. Los títulos no tardaron: “la fea imagen de Argentina”, “el desprecio al campeón”, “criminales”. Ganar el resultado no les alcanzó. Lo que estaban buscando no era el marcador. Era ver al rival rendirse. Argentina se negó a ocupar el rol de perdedor aún habiendo perdido, el resultado fue que el enojo encontró la forma de imputar al vencido faltas éticas que nadie había cometido, pero que hacía falta que existieran.

Argentina no le debía a nadie el papel del vencido. No lo ocupó nunca, ni cuando remontó en los últimos minutos, ni cuando terminó jugando con un jugador menos, ni cuando el resultado ya estaba escrito. Y esa negativa, simplemente esa, no jugar el rol que le tocaba jugar según el otro, fue motivo suficiente para que apareciera una hostilidad desescalada e inusual y multitudes enteras que necesitaron, con urgencia, encontrarle un motivo y un castigo a esa negativa.

Eso es la percepción de injusticia funcionando en estado puro.

No hace falta una injusticia. Alcanza con la sensación de que algo que se daba por sentado, el lugar del ganador, la humillación del perdedor, el orden esperado de las cosas, no se cumplió como debía.

El enojo no responde a la injusticia objetiva. Responde a la percepción de injusticia. Dos o muchas personas pueden llegar a conclusiones idénticas sosteniendo relatos completamente opuestos. Lo que mueve al organismo no es la verdad. Es la emoción y esta tiene una función que cumplir.

Hay un momento en que dejamos de necesitar un motivo para enojarnos. Empezamos a necesitar el enojo en sí mismo. Nos hacemos adictos.

Porque el enojo hace algo más que movilizar. También ordena el mundo. Nos dice quiénes somos, quiénes están con nosotros y quiénes están enfrente. Reduce la complejidad. Convierte problemas difíciles en historias simples. Donde antes había incertidumbre aparecen culpables. Y encontrar un culpable produce un alivio inmediato. Tal vez falso. Pero inmediato.

El enojo termina ofreciendo algo que pocas emociones ofrecen. Afirma la identidad, porque disminuye notablemente la ambigüedad sobre quién es uno. Cuando tengo a un culpable o un enemigo es más fácil definirme a mí mismo por ser opuesto al otro. Yo soy el agraviado, el defensor y tengo la razón. Cuando una emoción como esta empieza a sostener nuestra identidad, dejarla ir se vuelve extraordinariamente difícil.

A partir de ese momento cualquier hecho cotidiano puede activar el mismo mecanismo. Una demora, una discusión, una opinión distinta, una maniobra de tránsito. No porque esos hechos sean enormes, sino porque caen sobre un organismo que hace tiempo que no tiene equilibrio ni conciencia de su significado. El umbral baja cada vez más. Lo que antes apenas molestaba ahora enciende la misma reacción.

En ese punto el enojo deja de ayudarnos y empieza a necesitarnos para sobrevivir.

Y toda emoción que necesita sobrevivir buscará nuevos motivos para justificarse. Entonces el enojo se vuelve patológico y valioso para otros y sus intereses.

Basta con identificar cuál es la percepción de injusticia de una persona y ofrecerle un relato que la confirme. El mecanismo es siempre el mismo. No importa si hablamos de política, de periodismo, de deporte, de redes sociales o de cualquier otra actividad donde la atención tenga valor.

Las ideas importan.

Pero las emociones organizan y rigen la vida de las personas.

Y el enojo organiza y direcciona con efectividad y liderazgo.

Cuando alguien expresa exactamente la indignación que sentimos, tendemos a creer que nos comprende. La identificación ocurre antes que el razonamiento. Primero compartimos la emoción. Después aceptamos el relato que la sostiene.

Por eso vemos que existen infinidad de estrategias de comunicación basadas en fabricar nuevas personas enojadas e impedir que otras dejen de estarlo.

Una persona que utiliza el enojo para superar una situación deja de necesitarlo. Actúa, cambia algo y sigue adelante.

Una persona que permanece instalada en el enojo necesita una nueva percepción del mundo que le provea toda la injusticia que necesita para sostener el estado en el que vive.

Y ese enojo, mientras dura, funciona. Produce pertenencia. Produce autopercepción de poder.

Sin embargo esos efectos tienen una duración muy limitada y decaen rápidamente, hasta producir sentimientos de contradicción muy fuertes, que producen confusión y perturbación, entre otros muchos efectos posibles vinculados a las características del sujeto.

Como dijimos, el enojo aparece cuando nuestro sistema nervioso ya no puede seguir tolerando un evento o circunstancia. No podemos hacer mucho, pero lo que podemos hacer puede cambiar mucho el resultado final. Alcanza con darse cuenta qué emociónes solapadas muestra la reacción del enojo y cuál es la excusa que utiliza. La disposición a hacerlo genera un cambio hacia la emoción que tiene efectos mucho más profundos que lo que podemos percibir en primera instancia, ver qué muestra, y usar ese mismo estado de fuerza para comprender su naturaleza y no para producir una mera descarga a tierra.

El enojo da una fuerza direccionada con una intensidad que la paciencia no da. Nadie deja un mal trabajo solamente por pura reflexión tranquila. Nadie termina una relación que ya no funciona solamente porque lo pensó con calma. Hace falta un envión que nos permita ir y hacer más allá del miedo y de la duda que normalmente nos paralizan llegado determinado punto. Basta con revisar los momentos verdaderamente importantes de una vida. El enojo estuvo presente en casi todos, de una forma u otra. Cada persona lo vive distinto, según sus propias características. Pero cuando hubo que enfrentar lo más difícil, el enojo estuvo ahí. Cómo lo usamos fue la diferencia.

Si se logra ir hasta el final de ese movimiento de fuerza emocional para comprender cómo opera, se rompe un círculo vicioso que de otra forma captura, desgasta y lastima. El enojo que no se usa no desaparece, vuelve. Aparece de nuevo con cualquier excusa, cada vez con menos motivo, pero con mayor intensidad.

El problema no es estar enojado. El problema es no dirigir esa fuerza. Toda fuerza de la naturaleza puede servir o puede lastimar, el fuego, el agua, el viento. El enojo no es distinto y definitivamente no es nuestro enemigo. Sin él probablemente seguiríamos aceptando o ejerciendo situaciones que jamás debimos aceptar o ejercer. El problema empieza cuando olvidamos que es una herramienta. Porque las herramientas sirven para resolver problemas y luego vuelven a guardarse.

Con el enojo debería ocurrir exactamente lo mismo.

Fuentes y bibliografía

Algunas fuentes de prensa: Mundo Deportivo ; The Telegraph (Reino Unido). Cobertura periodística de la final del Mundial 2026, julio de 2026.

Para quien quiera profundizar en los conceptos psicológicos abordados:
• Sell, A., Tooby, J. & Cosmides, L. (2009). Formidability and the logic of human anger. PNAS.
• Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind. (concepto de "ventana de tolerancia").
• Porges, S. (2011). The Polyvagal Theory.
• Crockett, M. J. (2017). Moral outrage in the digital age. Nature Human Behaviour.
• van Zomeren, M., Postmes, T. & Spears, R. (2008). Toward an integrative social identity model of collective action. Psychological Bulletin.

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