Posverdad: la era del bullshit

El autor desmonta los mecanismos del bullshit, explica cómo este tipo de discurso se ha infiltrado en todos los niveles de comunicación, afectando a las sociedades e individuos, y plantea estrategias para contrarrestar su poder en un contexto donde lo falso se viraliza más rápido que lo verdadero.

Posverdad: la era del bullshit

¨El concepto del calentamiento global fue creado por y para los chinos para hacer que la manufactura estadounidense no sea competitiva¨ Donald Trump en X, BBC.

El tiempo que vivimos está marcado por lo que muchos pensadores denominaron “la posverdad”, un tiempo donde la verdad no tiene relevancia. No es que se mienta más que antes, sino que la mentira ha perdido su poder inmoral, porque la verdad ya no es más el centro del debate humano. En su lugar, nos hemos sumergido, en lo que Harry Frankfurt denominó una avalancha de bullshit, un tipo de discurso de la más alta peligrosidad social, el cual trataremos en el desarrollo de esta columna. Pero antes de continuar, es necesario definir con precisión algunos conceptos fundamentales: ¿qué entendemos por "verdad" y cómo se diferencia de "realidad"?

Verdad y realidad: precisión conceptual

El concepto de "realidad" ha sido abordado desde distintas disciplinas. En términos filosóficos, podemos considerar la realidad como el conjunto de hechos y estados de cosas que existen de forma independiente. Es lo que hay, lo dado, sin necesidad de interpretación. Para Gottlob Frege, representante del realismo lógico, la realidad es un conjunto de hechos y estructuras objetivas que existen independientemente de nuestras percepciones o creencias. Estas estructuras son accesibles y pueden ser descritas a través del lenguaje lógico y formal, el cual refleja una correspondencia exacta entre las proposiciones (el pensamiento) y los hechos del mundo. La verdad de una proposición depende de su relación con esta realidad objetiva, que es estructurada y ordenada, y que se puede conocer a través de la razón humana.

La "verdad", en cambio, es una relación entre nuestras afirmaciones y la realidad. Desde la perspectiva clásica aristotélica, la verdad se define como la adecuación entre el pensamiento y la realidad (adaequatio rei et intellectus). En la teoría de la correspondencia creada por Aristóteles y desarrollada por otros grandes pensadores como Ludwig Wittgenstein, una proposición es verdadera si describe correctamente un estado de cosas en el mundo. Para Gottlob Frege, la verdad es algo objetivo e independiente de las creencias o percepciones individuales. En su sistema filosófico y lógico, una proposición es verdadera si corresponde con la realidad o con un estado de cosas en el mundo. La verdad objetiva es un patrón de correspondencia entre el pensamiento (la proposición) y la realidad. Este patrón tiene una base lógica: las proposiciones deben ser verificables y estar conectadas a los hechos de manera coherente dentro de un sistema lógico riguroso.

Comprender esta distinción es esencial para abordar el fenómeno de la posverdad. No estamos afirmando que la realidad haya desaparecido o se haya vuelto subjetiva, sino que la conexión entre los discursos formadores de opinión y la realidad objetiva se ha quebrado. La proliferación de narrativas que no buscan reflejar los hechos, sino provocar respuestas emocionales y manipular percepciones, amplificadas por el enorme poder de los medios de comunicación y en particular las redes sociales, ha erosionado la capacidad del individuo para relacionarse con la realidad de manera objetiva. Esta situación no solo altera la percepción del individuo, sino que moldea la forma en que construye sus opiniones, condicionando tanto el contenido de sus creencias como la manera en que se alinean con narrativas dominantes, creando un estado de alineación permanente que limita su autonomía crítica. Estos procesos inducen una especie de adicción en el sujeto, quien necesita cada vez más retroalimentación de la narrativa a la cual se adhiere para poder compensarse internamente.

Ante la falta de correspondencia entre sus creencias y la realidad, los discursos con los que se identifica se convierten en pensamientos narcóticos necesarios para mantener una ilusión de coherencia interna, pero profundamente desvinculados de la realidad.

Bullshit: más peligroso que la mentira

Harry Frankfurt definió el bullshit como un tipo de discurso más peligroso que la mentira.

Mientras que el mentiroso es consciente de la verdad y la distorsiona con intención, el bullshitter no se preocupa por la verdad en absoluto.

Su objetivo no es engañar, sino producir un efecto: movilizar emociones, ganar seguidores o justificar cualquier afirmación sin necesidad de pruebas. Mientras que la posverdad describe un contexto donde la verdad ha perdido centralidad en el debate público, el bullshit es el mecanismo discursivo que lo hace posible. A diferencia de la mentira, que aún mantiene una relación con la verdad al intentar ocultarla o distorsionarla, el bullshit es completamente indiferente a ella. Es, en palabras de Frankfurt, un atentado contra el concepto mismo de veracidad: "La indiferencia hacia cómo son realmente las cosas, más que la falsedad per se, es la esencia del bullshit" (Frankfurt, 2005).

La posverdad es la institucionalización del bullshit. En lugar de una lucha entre verdad y mentira, enfrentamos una realidad donde los hechos han sido reemplazados por narrativas diseñadas para ser creídas, no comprobadas. Los líderes políticos no necesitan argumentar con datos, solo necesitan repetir frases que resuenen emocionalmente. Las redes sociales amplifican esto, haciendo que la viralidad de un mensaje importe más que su veracidad.

El peligro del bullshit es que debilita la capacidad de la sociedad para distinguir lo real de lo falso. Cuando todo es relativo y depende de cómo lo "sienta" cada uno, desaparece la posibilidad de un debate basado en hechos. Y sin eso, ¿cómo tomar decisiones que no sean simples reacciones emocionales?

La posverdad y el uso del bullshit como fenómeno político y cultural

El término "posverdad" se popularizó en el contexto político. Fue ampliamente utilizado tras las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016 y el referéndum del Brexit, donde las emociones y las afirmaciones sin respaldo empírico jugaron un papel central. Sin embargo, reducir la posverdad y su mecanismo de acción, el bullshit, a un fenómeno de la política contemporánea sería un error. También lo vemos en el negacionismo climático, en la desinformación sobre vacunas, en las teorías conspirativas que proliferan en las redes sociales, así como en cualquier otro tema que llegue a los medios y se replique, porque la realidad es que el bullshit también se convirtió en un arma estratégica de comunicación y la forma más efectiva de generar desinformación que existe.

El problema se agrava porque el bullshit es aceptado y reproducido por una audiencia que prioriza la afinidad ideológica sobre la verdad factual. Frankfurt advierte que el bullshitter no siente responsabilidad por la verdad o falsedad de lo que dice; lo único que le importa es la reacción que genera. En un entorno donde la emoción supera al dato, la verdad se vuelve irrelevante y las narrativas más atractivas desplazan la evidencia empírica.

Redes sociales y posverdad: el bullshit actuando en la manufactura de consenso y la disolución de la verdad

La posverdad no es solo un fenómeno de la desinformación, sino la consolidación por medio del bullshit de un régimen discursivo donde la validez de un enunciado ya no se determina por su correspondencia con la realidad, sino por su capacidad de generar adhesión. En este marco, las redes sociales no operan únicamente como difusores de contenido, sino como arquitecturas simbólicas que definen qué es legítimo discutir y cómo debe ser percibido.

Contrario a la narrativa simplista de que priorizan el "compromiso del usuario", las plataformas configuran un ecosistema de estímulos donde la verdad es irrelevante frente a la performatividad del discurso. El algoritmo no selecciona "mentiras" o "verdades", sino intensidades afectivas, amplificando los discursos que maximizan reacciones, sin importar su relación con la realidad. Esto no es una anomalía del sistema, sino su lógica estructural: un espacio donde la política, la información y el entretenimiento se fusionan en un hipermercado de signos intercambiables.

En el contexto actual, los algoritmos juegan un papel crucial en la creación de una realidad individualizada para cada usuario. Las plataformas no solo nos muestran lo que buscamos, sino que nos dan más de lo que hemos visto previamente, creando un ciclo de retroalimentación que refuerza nuestras creencias y emociones. Este fenómeno, donde el usuario se ve rodeado constantemente de información que resuena con su visión del mundo, tiene consecuencias profundas. No solo se forma una burbuja informativa, sino que también se distorsiona la percepción de la realidad, llevando al individuo a creer que las cosas que ve en su feed son representaciones fieles del mundo en general. Así, lo que sucede en estos entornos virtuales se convierte en una extensión de su propia experiencia, obviando el contexto global, la pluralidad de voces y las diferentes perspectivas. Este proceso contribuye a la proliferación del bullshit, ya que los usuarios se ven más propensos a aceptar lo que se les presenta, sin cuestionar su validez o su impacto en la sociedad.

Así, el bullshit, no es la negación de la verdad, sino su disolución en un flujo continuo de representaciones equivalentes. Como señalaba Baudrillard, el simulacro suplanta la realidad hasta el punto en que la distinción entre lo verdadero y lo falso se vuelve obsoleta, Baudrillard (1981) . En este contexto, la posverdad no debe entenderse como un "déficit de objetividad", sino como una mutación epistemológica donde lo real cede ante lo verosímil y lo verosímil ante lo viral.

Combatir el bullshit no es solo una cuestión de educación o regulación de contenidos, sino de redefinir las condiciones de posibilidad del discurso público en la era digital. Sin un replanteamiento profundo de la estructura informativa, la verdad seguirá siendo solo una opción más dentro del menú del espectáculo.

Consecuencias del bullshit

El ascenso del bullshit tiene consecuencias profundas. Primero, erosiona la confianza en las instituciones que históricamente han sido garantes de la verdad, como la ciencia y el periodismo. Cuando la verdad se percibe como una cuestión de opinión, cualquier afirmación, por absurda que sea, puede encontrar audiencia. Esto nos lleva a la proliferación de "hechos alternativos" y a una polarización extrema, donde la discusión racional se sustituye por la lealtad tribal a ciertas narrativas.

Segundo, afecta nuestra capacidad de tomar decisiones informadas. En democracias modernas, la deliberación colectiva requiere información fiable. Si cada grupo se refugia en su propia burbuja de bullshit, la posibilidad de encontrar consensos se vuelve casi imposible. Esto debilita los cimientos mismos de la política democrática y facilita la manipulación de masas.

El impacto psicológico en el individuo

El bombardeo constante de bullshit  no solo afecta el discurso público y la toma de decisiones colectivas, sino que tiene efectos profundos en la psique del individuo. Cuando la verdad deja de ser un referente estable, la mente humana se ve forzada a operar en un entorno de incertidumbre, donde la percepción de la realidad se vuelve frágil y manipulable.

Uno de los efectos psicológicos más notables es la disonancia cognitiva, un término acuñado por Leon Festinger para describir la incomodidad que sentimos cuando nuestras creencias entran en conflicto con nueva información. En la era de la posverdad, esta disonancia se resuelve no mediante la búsqueda de hechos, sino refugiándose en narrativas que confirmen nuestras creencias previas. Esto refuerza los sesgos cognitivos y nos hace más vulnerables a la manipulación emocional.

Además, la exposición constante a información contradictoria y emocionalmente cargada genera agotamiento cognitivo. Las personas, sobreexpuestas a datos falsos o sesgados, terminan desconfiando de toda información, lo que fomenta el escepticismo extremo o la indiferencia ante la verdad. Esta fatiga informativa conduce a la apatía y al nihilismo epistemológico: si nada es fiable, entonces todo es igualmente irrelevante.

¿Cómo combatir el bullshit?

El primer paso para combatir el bullshit es reconocerlo: entender cómo opera, cuáles son sus efectos y difundir su naturaleza para advertir y concientizar a otros. Solo tomando conciencia de su presencia en el discurso público podemos empezar a contrarrestarlo. A partir de ahí, es fundamental reforzar la importancia de la verdad. Algunas estrategias clave incluyen:

  1. Alfabetización mediática: Enseñar a identificar fuentes confiables, diferenciar hechos de opiniones y reconocer sesgos informativos.
  2. Pensamiento crítico: Fomentar el análisis racional en lugar de la aceptación pasiva de narrativas emocionales.
  3. Responsabilidad en redes sociales: Desarrollar políticas que penalicen la desinformación y promuevan la verificación de hechos.
  4. Ética en el discurso público: Exigir estándares de veracidad en la comunicación política y periodística.

El desafío que enfrentamos no es solo la erosión de la verdad, sino la consolidación de un lenguaje en el que la verdad y la mentira han sido desplazadas por la indiferencia calculada. Si no recuperamos nuestra capacidad de discernir y exigir rigor en el discurso público, la política, la ciencia y la propia democracia no serán las únicas afectadas; en última instancia, lo que está en juego es nuestra voluntad, nuestra capacidad de decisión y, en definitiva, nuestra libertad.

Fuentes y bibliografía

1. Frankfurt, H. (2005). On bullshit. Princeton University Press.
2. Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford University Press.
3. Baudrillard, J. (1997). Cultura y simulacro (M. T. G. Bernárdez, Trad.). Kairós. (Trabajo original publicado en 1981).

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