Una mujer uruguaya y las páginas prohibidas

Un homenaje a Susana Soca, poeta y editora uruguaya, inspirado en los acontecimientos que rodearon la publicación de Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, uno de los grandes hitos de la literatura del siglo XX.

Una mujer uruguaya y las páginas prohibidas

Un relato de ficción histórica inspirado en hechos, personas y circunstancias reales.

Moscú, 1956.

Susana llegó tarde por unos minutos.

Después de atravesar continentes, idiomas y fronteras para encontrarse con Boris Pasternak, entró en la Asociación de Escritores y supo que él acababa de marcharse.

Había estado allí.

Quizá había ocupado una de aquellas sillas. Quizá había cruzado el mismo corredor por el que ella avanzaba ahora.

Pero ya no estaba.

En ciertas ciudades unos minutos no significan nada.

En Moscú podían significarlo todo.

Susana regresó al hotel.

En la habitación había muebles Imperio, una mesa y un teléfono desde el que siguió intentando comunicarse con él.

Llamó una vez.

Después otra.

Y otra.

No contestó.

A las cuatro de la mañana debía salir para tomar un avión hacia Viena. El tiempo se había vuelto ridículamente pequeño.

Susana tenía cincuenta años. Había vivido en París durante la ocupación alemana, había fundado una revista literaria capaz de reunir autores de distintas lenguas y países y había dedicado una parte considerable de su vida a hacer algo cuya importancia rara vez podía medirse: lograr que unas palabras escritas en un lugar llegaran hasta otro.

Había leído a Pasternak en francés.

Después había buscado sus textos en ruso.

El ruso no le era ajeno.

No quería solamente saber qué había escrito.

Quería acercarse todo lo posible a la voz que lo había escrito.

Por eso estaba en Moscú.

Y por eso aquella ausencia de unos minutos le parecía intolerable.

Volvió a levantar el teléfono.

Nada.

Sobre la mesa había comenzado a escribir unas líneas para él.

Si no podía encontrarlo, al menos aquellas palabras podían hacerlo.

Afuera empezaba a oscurecer.

La Unión Soviética había cambiado desde la muerte de Stalin, pero nadie sabía exactamente cuánto.

Se hablaba de apertura.

Se hablaba de deshielo.

Pero también se seguía hablando con mucho cuidado.

Pasternak conocía bien esa diferencia.

Había terminado una novela que no podía publicarse allí.
Lo que aquella novela llegaría a significar todavía no podía verse con claridad.

Una historia sobre la revolución contada desde un lugar peligroso para cualquier poder que quisiera apropiarse de la Historia: la vida de una persona.

Un médico.

Un poeta.

Una mujer.

El amor.

La guerra.

El miedo.

La obstinación de conservar una conciencia propia mientras alrededor millones de personas eran convertidas en categorías.

Esa noche Susana no podía saberlo todo.

Solo sabía que no había encontrado a Pasternak y ya no había más tiempo.

Terminó la carta. Bebió el último trago de vodka del grueso vaso de vidrio.

Pensó en darse un baño caliente. Entonces alguien golpeó la puerta.

Dos veces.

Esperó.

La tercera vez se levantó.

En el corredor había un hombre.

No parecía policía.

Tampoco parecía escritor.

Tenía esa clase de rostro que uno podía cruzar por la mañana y olvidar antes del mediodía.

—¿Madame Soca?

Susana mantuvo una mano sobre la puerta.

—Sí.

El hombre miró hacia el corredor antes de continuar.

—Estuvo buscando a Boris Pasternak.

Susana no respondió.

—No va a encontrarlo esta noche —agregó él.

—Eso empiezo a sospechar.

El hombre observó la habitación.

—¿Puedo pasar?

Susana no se apartó de la puerta.

—Depende.

—¿De qué?

—De quién sea usted.

El hombre sonrió.

—Tenemos un conocido en común, es escritor.

Susana estuvo a punto de cerrar.

Pero él metió una mano dentro del abrigo.

Ella retrocedió.

El hombre sacó un paquete grueso envuelto en papel.

—Tranquila, no es un arma —dijo.

Susana miró el paquete.

—Eso dependerá de lo que haya adentro.

Él la observó con atención, quizá sorprendido por la respuesta.

Después entró.

No se quitó el abrigo.

Dejó el paquete sobre la mesa, junto al teléfono y junto a la carta destinada a Pasternak.

Durante unos segundos ninguno habló.

Susana señaló el envoltorio.

—¿Qué es?

—Algo que tiene dificultades para viajar.

—Eso no responde mi pregunta.

—Es lo único que puedo decirle.

Susana no tocó el paquete.

—¿Quién se lo dio?

—No puedo decírselo.

—Entonces lléveselo.

El hombre no se movió.

—Usted sale esta madrugada.

Susana sintió algo distinto del miedo.

La certeza de que aquel desconocido sabía demasiado.

—Mucha gente sale de Moscú.

—No toda va a Viena.

El silencio cambió de naturaleza.

Susana miró el teléfono.

Después la puerta.

—¿Por qué yo?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Porque es editora.

Ella volvió a mirar el paquete.

—Sigue sin darme una respuesta.

El hombre caminó hacia la puerta.

Antes de que saliera, Susana lo detuvo.

—¿Tiene que ver con Pasternak?

Él se volvió hacia ella.

No respondió.

Ella se dirigió al escritorio y le extendió la carta.

Los dos se mantuvieron inmóviles unos segundos.

Él tomó la carta y partió.

Eso fue una respuesta suficiente para ella.

Cuando quedó sola, esperó varios minutos antes de tocar el envoltorio.

El paquete era pesado.

Retiró el papel con cuidado.

Debajo había un grueso conjunto de hojas mecanografiadas, numeradas y sujetas con una cinta.

En la primera página aparecía un título.

Doctor Zhivago.

Susana se quedó mirándolo.

Sabía que Pasternak llevaba años trabajando en una novela y que no podía publicarse en la Unión Soviética.

Pero allí no figuraba el nombre del autor.

Tomó la primera hoja.

Leyó.

Leyó las primeras líneas con atención.

Una página.

Después otra.

Había algo en aquella escritura que reconocía.

Una voz que ella había buscado primero en traducciones y después en ruso.

Volvió a la primera página.

No tuvo dudas.

Era Pasternak.

Permaneció unos segundos sin moverse.

Después volvió a leer.

Finalmente lo había encontrado.

En Moscú, aquella noche, desconfiar era una forma de lucidez.

Pero ya sabía algo que antes ignoraba.

Podía dejarlo allí.

Podía cerrar la valija y fingir que nunca había abierto el envoltorio.

O podía llevárselo.

Pensó en la frontera.

En el aeropuerto.

En los funcionarios.

En una valija abierta sobre una mesa.

En una pregunta aparentemente insignificante.

Pensó también en Montevideo, que desde Moscú parecía pertenecer a otro mundo: el Río de la Plata, la imprenta, los ejemplares de La Licorne, los poemas esperando corrección.

Había pasado buena parte de su vida llevando palabras de un lugar a otro.

Nunca había pensado con tanta claridad que también las palabras tenían fronteras.

Los hombres trazaban fronteras y después contrataban a otros hombres para vigilarlas.

También decidían qué libros eran importantes y quién merecía ser leído. Susana, mujer y escritora, conocía otras formas de censura y exclusión. Pensó que aquella era una misión a la que no podía rehusarse.

Volvió a mirar el manuscrito.

Un escritor soviético era peligroso.

Una novela prohibida era peligrosa.

Un hombre que sacara una copia clandestina del país era peligroso.

¿Quién iba a tener miedo de una mujer uruguaya que regresaba a Europa con papeles en la valija?

Guardó el manuscrito.

No entre la ropa.

Entre sus propios documentos.

Poco antes de las cuatro cerró la valija.

Dejó el hotel.

Moscú permanecía oscuro.

Durante el trayecto al aeropuerto pensó nuevamente en Pasternak.

Había viajado hasta allí para conocerlo y, a pesar de no haberlo visto, se sentía unida a él. Las respuestas que había venido a buscar estaban, de algún modo, en la experiencia que estaba viviendo.

Por primera vez, no lamentó no haberlo visto.

En el aeropuerto entregó el pasaporte.

El funcionario lo examinó.

—Uruguay —dijo, más para sí que para ella.

—Sí.

Pasó una página.

Después otra.

Levantó la vista.

—¿Profesión?

Susana pensó en responder poeta.

Pensó en escritora.

Finalmente dijo:

—Editora.

El funcionario estampó el sello.

Eso fue todo.

Nadie abrió la valija.

Nadie corrió detrás de ella.

Nadie gritó su nombre.

Cuando el avión comenzó a elevarse sobre Moscú, Susana miró por la ventanilla hasta que las luces de la ciudad desaparecieron.

Solo entonces apoyó la cabeza y cerró los ojos.

ENTRE LA HISTORIA Y LA FICCIÓN

En 1959, poco después de la muerte de Susana Soca, Guillermo de Torre publicó en la revista argentina Sur una historia sobre su viaje a Moscú. Contaba que Susana había confiado a sus amigos algo que no incluyó en su propio relato: antes de abandonar la ciudad, un desconocido habría llegado a su habitación de hotel con un manuscrito de Doctor Zhivago, enviado en nombre de Pasternak, para que lo sacara de la Unión Soviética.

De Torre relacionó aquella supuesta entrega con la edición italiana de Giangiacomo Feltrinelli. Sin embargo, hoy conocemos el recorrido del ejemplar utilizado para esa publicación, y no coincide con su versión. Su artículo prueba que la historia se contó en 1959, no que haya sucedido.

Susana y Pasternak no llegaron a conocerse personalmente, pero mantuvieron contacto por carta. Él se interesó por la editora uruguaya e intentó hacerle llegar textos suyos, entre ellos materiales autobiográficos. En una respuesta que Susana citó más tarde, Pasternak habló de Doctor Zhivago y de la importancia que tenía para él. En 1957, Entregas de La Licorne, la revista que ella dirigía en Montevideo, publicó textos del escritor y un trabajo suyo sobre él.

El 20 de mayo de 1956, Pasternak había entregado una copia mecanografiada de la novela a Sergio D’Angelo, quien la hizo llegar a Feltrinelli. La primera edición apareció en Italia en noviembre de 1957. Ese manuscrito salió de la Unión Soviética varios meses antes del viaje de Susana.

Pero existían otras copias y se sabe que algunas circularon fuera del país. No tenemos pruebas de que alguna pasara por sus manos.

En los documentos consultados no encontramos una confirmación independiente de que Susana recibiera o transportara páginas de Doctor Zhivago. Tampoco una declaración suya, comprobable de primera mano, que confirme el episodio narrado por De Torre.

Hay que recordar lo que significaba publicar fuera de la Unión Soviética una obra que las autoridades no querían ver impresa. En un borrador de carta dirigido a Soca, Lydia Pasternak expresó su preocupación por los riesgos de publicar en el extranjero un texto de su hermano todavía inédito en Rusia. No hablaba de una entrega clandestina de Doctor Zhivago. Pero, si esa entrega hubiera ocurrido, dejarla por escrito habría podido comprometer a varias personas.

Tal vez no había nada que callar. Tal vez había algo que nunca debía escribirse.

El cuento es una ficción histórica. Parte del testimonio de De Torre y de episodios documentados de la vida de Susana, pero la escena, los diálogos y los pensamientos de sus personajes son una recreación literaria. No presenta como hecho probado que ella sacara un manuscrito de Doctor Zhivago de la Unión Soviética.

Lo que sabemos es que Soca estuvo en Moscú, buscó a Pasternak, conocía su poesía y mantuvo después una relación literaria con él. Y sabemos que, por aquellos meses, circulaban copias de la novela fuera de la Unión Soviética.

¿Qué ocurrió, entonces, con la historia que contó Guillermo de Torre?

No lo sabemos.

La historia conserva manuscritos, cartas y fechas. También se pierden conversaciones, encuentros y decisiones que nadie dejó por escrito.

De Susana sí sabemos algo: la literatura nunca fue un adorno en su vida. Cruzó idiomas, países y tradiciones para acercar escritores y lectores. Buscó a Pasternak en Moscú y publicó su obra desde Montevideo.

Mientras escribía este modesto homenaje a Susana, sentí que, frente a un manuscrito que necesitaba atravesar una frontera, ella habría comprendido perfectamente lo que estaba en juego y lo que había que hacer.

Fuentes y bibliografía

REFERENCIAS HISTÓRICAS
Guillermo de Torre, «Susana Soca, La Licorne y Pasternak», Sur, n.º 257, Buenos Aires, marzo-abril de 1959, pp. 56-59. El pasaje sobre la presunta entrega está reproducido en Fernando Loustaunau, «Susana Soca: La Dame à la Licorne», Revista Iberoamericana, vol. LVIII, n.os 160-161 (1992), pp. 1015-1025. Se ha contrastado la reproducción académica, no el ejemplar original íntegro de Sur.
Paolo Mancosu, «Susana Soca and Boris Pasternak», Inside the Zhivago Storm, 18 de diciembre de 2015. Incluye transcripciones y referencias a correspondencia conservada en Pasternak Family Papers (Hoover Institution): https://zhivagostorm.org/2015/12/18/susana-soca-and-boris-pasternak/
Paolo Mancosu, «Meeting Sergio d’Angelo», Inside the Zhivago Storm, 24 de agosto de 2014: https://zhivagostorm.org/2014/08/24/meeting-sergio-dangelo/
Feltrinelli Editores, «La epopeya editorial de Feltrinelli», historia editorial de Doctor Zhivago: https://www.feltrinelli.es/la-editorial/feltrinelli/la-epopeya-editorial-de-feltrinelli-2
Fernando Loustaunau, «Susana Soca: La Dame à la Licorne», texto disponible en el repositorio Anáforas (Universidad de la República): https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/bitstream/123456789/64698/1/loustaunau_-_susana_soca_la_dame_a_la_licorne.pdf

AVISO LEGAL Y NOTA EDITORIAL

Una mujer uruguaya y las páginas prohibidas

Nota editorial
El presente relato constituye una obra de ficción histórica inspirada en acontecimientos documentados y en testimonios publicados sobre Susana Soca y Boris Pasternak. Combina personajes y circunstancias reales con situaciones, diálogos y pensamientos recreados literariamente.

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