En diciembre de 1974, en una galería de Nápoles, la artista serbia Marina Abramović realizó Rhythm 0, una performance radical y provocadora. Durante seis horas permaneció inmóvil y en total silencio, mientras el público podía interactuar con ella sin límites ni reglas. Frente a ella, una mesa con 72 objetos —desde plumas y tijeras hasta una pistola cargada— y un cartel que decía:
“Durante seis horas soy un objeto. Pueden hacer lo que deseen. Yo asumo toda la responsabilidad.”
Lo que siguió fue una revelación impactante sobre el comportamiento humano bajo condiciones de poder absoluto, anonimato y ausencia de consecuencias. Lo más brutal no fue solo lo que ocurrió, sino quiénes lo hicieron: gente común, como usted o como yo, convencidas de su propia civilidad y cultura… hasta que, por alguna razón, desapareció la posibilidad de ser castigados. Entonces, la historia cambió.

No necesito haber estado en esa galería en Nápoles en 1974. No necesito ver con mis propios ojos cómo el público comenzaba tímido —una caricia, una rosa, un beso, para terminar convirtiéndose en una jauría. La violencia no es una excepción. Es un estado de posibilidad que duerme detrás de la conciencia de las personas “buenas decentes y civilizadas como nosotros”. La civilización, es un barniz tan delgado, que se cae rápido. Basta una circunstancia. Basta con darnos cuenta de que no vamos a ser castigados, que no vamos a tener que pagar, para que algo que creemos no ser, se haga presente en nosotros. Y lo hace con una fuerza arrolladora.
Marina Abramović cruzó límites, fue valiente. Pero, sobre todo, fue honesta. No hizo arte para decorar una sala de reuniones ni para ganar becas.
Hizo un tipo de arte que exponía a las personas, un arte poderoso, que interpeló y provocó al monstruo que llevamos dentro. En la cara de ese público civilizado y culto, se ofreció y se entregó.
¿Y qué hicieron? O, en definitiva, ¿qué hicimos?
Todo.
Todo lo que la vergüenza impide. Todo lo que el miedo al castigo frena. Todo lo socialmente inaceptable. Le cortaron la ropa. La tocaron. Le clavaron espinas. Le hicieron un tajo en el cuello y le chuparon la sangre. Le apuntaron con el arma al corazón, y mucho más. Todo esto a una mujer que no se movía, que no respondía, que había renunciado momentáneamente a la reacción para servir como un espejo donde los otros se reflejaran y pudieran, aunque fuera por unos minutos, verse a sí mismos.
Y eso bastó.
La tentación del cuerpo indefenso lo cambió todo. Eso bastó para liberar al monstruo.
No hizo falta droga, ni miseria, ni ideología. Solo el saber que ella no iba a resistirse, ni a reclamar, ni a acusar, bastó para que el grupo se convirtiera en su verdugo profanador.
¿Qué piensan de esto?
Por supuesto, que la artista tomó una posición insostenible y poco habitual. Pero eso no implica que debamos justificarlo con el famoso “ella se lo buscó”, ¿verdad? Todos hemos escuchado esa frase, tan infelizmente pronunciada por quienes quieren desvincularse del dolor ajeno y castigar —en general, pero no solo— a la mujer. Si fue lastimada, si fue herida, es porque —dicen— hizo algo indebido con su cuerpo.
Pensemos en lo que esto dejó expuesto: algo que vemos en la vida cotidiana, pero preferimos creer que solo hacen otros. Sin embargo, todo parece indicar que “somos tan crueles y brutales como podemos ser”, y que ese “podemos ser” está limitado por nuestras habilidades, por la represión interna y externa, y por el castigo que impone la sociedad. El miedo parece ser el único límite real para la crueldad… y a la vez su principal motor.
El estado de indefensión de la víctima parece operar como excitante y acelerador. Eso lo vemos todos los días. Lo escuchamos, lo vemos, lo leemos en noticias.
Esta dinámica actúa culturalmente en nuestra sociedad. Todos lo sabemos, pero las mujeres —especialmente las de los sectores más vulnerables— lo saben aún más. Lo saben por experiencia, por dolor. Porque hay condiciones y situaciones mas extremas, donde el cuerpo es un activo de valor relativo: sirve mientras puede ser usado. Cuando ya no rinde, se descarta.
El cuerpo del artista fue ofrecido, y el grupo solo buscó herirlo.
El otro se encuentra con el artista y su obra —su cuerpo— en un lugar extraño, con una entrega que desencadena dolor y humillación. Desde mi punto de vista, eso es una declaración que antecede por mucho al castigo que finalmente recibió el artista. La entrega de un ser humano a otros produce una reacción adversa: la necesidad de control, dominio, crueldad y violencia por parte del receptor.

Rhythm 0 dejó al descubierto un retrato obsceno de nuestra cultura: el de una violencia inherente hacia el otro, hacia su cuerpo y —más aún— hacia la entrega. Que ese cuerpo haya sido femenino no es un detalle menor. Nuestra cultura transacciona con el cuerpo femenino, pero también descarga sobre él su violencia y su frustración.
La performance terminó cuando Marina dio unos pasos hacia la multitud. Muchos huyeron. ¿Por qué? Porque ya no era un objeto. Porque volvió a ser persona. Porque la presencia del otro —el que siente— nos impone un límite que el objeto no tiene. Y eso nos revela algo sobre este proceso: para ejercer violencia sobre otro ser humano, este debe ser deshumanizarlo antes. Porque somos bestias, sí, pero antes somos cobardes, y tenemos miedo al castigo, a ser nosotros los humillados, castigados, ridiculizados y expuestos, ese efecto es tan poderoso que no podemos actuar si no estamos convencidos de que el otro no es alguien como yo, sino alguien que merece el castigo. Y por eso se lo damos.
Nos asusta la mirada de la víctima.
Por eso preferimos que no grite, que no reclame, que no esté viva del todo. Queremos que acepte su disciplinamiento en silencio. Pero no queremos su mirada sobre nosotros cuando eso ocurra.
Rhythm 0 fue un espejo. Y funcionó como tal. El arte fue la circunstancia creada por la artista. Un poderoso conjuro que hizo que la verdad se mostrara.
¿Se le puede pedir más al arte, al artista? Nada ni nadie tiene, sobre la tierra, este compromiso. Por eso estoy convencido: no, no se le puede pedir más. La enseñanza que Marina nos dejó es tan amplia y tan compleja que no puedo comprenderla en toda su profundidad, pero percibo que me pierdo cosas valiosas.
Marina Abramović no sangró sola ese día.
Ese día todos perdimos algo. De la mano del artista todos sangramos, y nuestra idea de humanidad se vió perturbada.
Hubo quienes miraron y no hicieron nada. La violencia y la crueldad tienen esa particularidad: las circunstancias le dan al “justiciero” la ilusión de que está protegido por lo que el otro hizo, la culpabilidad del otro es su razón y sentido. Ese parece ser el blindaje emocional que justifica el castigo.
Hoy, esta monstruosidad —en diferentes formas, en distintas escalas— sigue ocurriendo.
Cada vez que se denuncia un abuso y se duda de la víctima.
Cada vez que una mujer pide protección a la policía o a un fiscal porque es acosada, golpeada, perseguida… y nadie hace nada.
Cada vez que una mujer entra a un hospital y no la escuchan.
Cada vez que las órdenes de restricción se violan.
Cada vez que alguien se ríe porque “fue solo un chiste”.
Cada vez que alguien dice “la molió a palos, pero la quiere”.
Cada vez que el cuerpo del otro se transforma en blanco, en juguete, en mercancía, en nada.
¿Y qué hacemos?
Nada , no hacemos nada que salve vidas, nada que dé un respiro a quienes sufren.
Creo que todos somos responsables. Y creo también que tenemos mucho por hacer.
Lo digo desde mi lugar, con la certeza de que no soy artista, no soy periodista, así como tampoco soy muchas otras cosas que podrían validar estas palabras con algún tipo de autoridad.
Soy un hombre sin importancia. Alguien que cree, simplemente, que lo mejor que podemos hacer por los demás es todo lo que esté a nuestro alcance para que no sufran. Que debemos limitar —y si es posible, erradicar— la violencia que ejercemos entre nosotros.
Esto, desde mi punto de vista, sí es algo verdaderamente importante. Más allá de cualquier autoridad, especialmente por que esa autoridad es la que ha mantenido a los monstruos ocupados y en su lugar durante todo este tiempo.
Por eso no me alcanza con conmover.
Por eso expongo estas palabras ante ustedes con la esperanza de que alguien —aunque sea una sola persona— encuentre en ellas algo que le sirva.
Algo que nos ayude a reconocer a tiempo a nuestros propios monstruos, para que no sigan actuando a escondidas, acechando, esperando que bajemos la guardia... para saltar sobre nosotros y convertirnos en todo lo peor que podemos ser.
Abramović nos dejó muchas preguntas que, aún 41 años después, seguimos sin responder.
Mi especial agradecimiento a Marina Abramović y al arte, por habernos dado —en seis horas, que para ella debieron ser una eternidad— mucho más que miles de libros acumulados sobre la naturaleza humana y sus doctos repetidores.
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