Futurismo: nuestro territorio en liquidación

Las preguntas del autor son de gran importancia para aquellos que habitamos el territorio y merecen un espacio de nuestro tiempo para ser reflexionadas. Porque lo que está en juego no es solo el próximo verano. Es el futuro del territorio, de sus ecosistemas y de las comunidades que lo habitan.

Futurismo: nuestro territorio en liquidación

Durante décadas, se nos vendió la idea de que el turismo era el camino al desarrollo. Que si llegaban más turistas, todo iba a mejorar. Que había que construir más hoteles, más casas, más infraestructura, porque eso traía inversión, trabajo, crecimiento.

Pero ¿y si nos estuvieran vendiendo espejitos de colores?

¿Qué pasa cuando el turismo deja de ser una forma de conocer y compartir, y se convierte en una forma más de explotar un territorio? ¿Qué pasa cuando el “desarrollo turístico” se convierte en excusa para destruir lo que hace único a un lugar?

Estas preguntas no son retóricas. Son urgentes.

Porque lo que está en juego no es solo el verano que viene. Es el futuro del territorio. De sus ecosistemas. De sus comunidades.

El otro lado del turismo

Hablemos sin vueltas. Hay un modelo de turismo que está agotado. Que ya no funciona. Que se basa en lo mismo que tantas otras formas de extractivismo: sacar lo más posible en el menor tiempo posible, sin pensar en las consecuencias.

Ese modelo es el que transforma playas en canteras de cemento, humedales en barrios privados, y comunidades locales en personal de servicio mal pago.

Es el modelo que convierte un balneario costero en una postal perfecta para Instagram… pero donde ya nadie puede vivir si no tiene una renta millonaria.

Es el modelo que llena los noticieros con cifras récord de visitantes, pero que no dice nada sobre la presión sobre el agua, la basura que queda, la fragmentación del paisaje, el desplazamiento de los vecinos de siempre.

Ese turismo no es sostenible. No es justo. Y, si seguimos así, tampoco va a ser posible.

Michil Costa: una voz distinta desde los Alpes

En el norte de Italia, en una región de montañas llamada Tirol del Sur, vive Michil Costa. Hotelero, activista, poeta. En su libro Futurismo. Manifesto per un turismo più etico plantea algo simple y poderoso: que el turismo, si no es ético, mejor que no sea.

Costa no rechaza el turismo. Lo vive todos los días, en su propio hotel. Pero lo quiere distinto. Más humano. Más responsable. Más enraizado. Porque sabe que el turismo puede ser una herramienta de encuentro, de cuidado, de transformación… o todo lo contrario.

El turismo ético que propone no es un lujo para países ricos. Es una necesidad para cualquier lugar que quiera seguir siendo habitable. Por eso, sus ideas resuenan en Uruguay. Porque lo que pasa en los Alpes también está pasando en la costa atlántica.

Cabo Polonio: entre el mito y la realidad

Pongamos un ejemplo. Cabo Polonio.

Durante años se lo mostró como símbolo del turismo alternativo: sin autos, sin electricidad, con dunas y lobos marinos. Un refugio natural y cultural. Y sí, tiene una belleza única. Pero esa imagen a veces esconde problemas profundos.

El acceso al parque está limitado, sí, pero eso no impide que se construya de forma irregular. Que se vendan cabañas como si fueran hoteles. Que se viva sin saneamiento. Que haya gente trabajando informalmente. Que se vendan cervezas artesanales mientras se contamina el agua.

El turismo que llega al Polonio consume un imaginario romántico de lo salvaje, pero muchas veces no entiende (o no le importa) que ese lugar está al borde del colapso. Los residentes permanentes, que cuidan, limpian, organizan, viven muchas veces en condiciones precarias. No tienen acceso garantizado a servicios básicos. No participan de las decisiones que se toman sobre su propio territorio.

El “turismo alternativo” puede ser tan invasivo como el otro si no se gestiona con ética, participación y justicia ambiental.

Punta Ballena: una victoria ciudadana, pero parcial

Otro ejemplo: Punta Ballena. Uno de los paisajes más emblemáticos del país. Con historia, biodiversidad, patrimonio, arte.

Durante años fue objetivo de desarrollos inmobiliarios agresivos. Se intentaron instalar barrios privados, hoteles de lujo, torres, canchas de golf. Todo disfrazado de “progreso”.

Pero los vecinos se organizaron. Se informaron, lucharon y lograron que un proyecto no prosperara y que el área comience el proceso para ser incluída en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). Una victoria enorme. Pero también frágil.

Porque declarar un área protegida no alcanza. Hace falta presupuesto, gestión, educación ambiental, respeto a los límites. Si no, es puro marketing.

El caso de Punta Ballena demuestra algo clave: que la organización comunitaria funciona. Que el turismo puede convivir con la conservación, si se hace con cabeza y corazón. Pero también que hay una tensión permanente entre el negocio y el cuidado. Entre lo que se puede vender y lo que se debe proteger.

El espejismo del “desarrollo”

Muchas veces, cuando se critica el turismo extractivo, se responde con el discurso del “anti-desarrollo”. Como si oponerse a que un humedal se convierta en un hotel fuera querer que el país no crezca. Como si pedir participación ciudadana fuera un capricho de hippies.

Pero hay algo que no se está diciendo.

El verdadero desarrollo no destruye su base ecológica. No expulsa a los que ya viven en el lugar. No transforma bienes comunes en propiedades privadas.

Desarrollar no es llenar de cemento. Es mejorar la vida de todos.

Entonces, la pregunta no es “¿estás a favor o en contra del turismo?”. La pregunta real es: ¿de qué modelo de turismo estamos hablando? ¿Para quién? ¿A qué costo?

¿Qué pasa con los trabajadores?

Otro tema clave: el trabajo.

El turismo genera empleo. Sí. Pero ¿qué tipo de empleo?

En muchas zonas costeras, los trabajadores del turismo viven en condiciones precarias. Temporales, informales, mal pagos. En la temporada trabajan jornadas larguísimas, y en invierno se quedan sin ingreso. Viven lejos del centro porque no pueden pagar el alquiler. No tienen transporte ni servicios. Y no participan de las decisiones.

Mientras tanto, hay casos en que los dueños de los complejos turísticos ganan en dólares. Pagan poco. Contaminan sin control. Y después se van.

Esto no es un problema menor. Es una injusticia estructural.

El turismo justo que propone Michil Costa incluye derechos laborales dignos. Formación. Participación. Respeto. Porque no hay turismo ético sin justicia social.

¿Qué hacemos con la estacionalidad?

Uno de los grandes problemas del turismo en Uruguay es que está pensado como algo de verano. Tres meses de locura, y nueve de vacío.

Eso genera un modelo totalmente inestable. Para los trabajadores. Para los servicios. Para el transporte. Para la cultura. Para la vida misma.

Hay que repensar eso.

El turismo puede ser todo el año. Puede incluir senderismo, cultura, gastronomía, naturaleza, arte, ciencia. Puede invitar a conocer lo profundo del país, no solo su costado más fotogénico.

Pero para eso hay que invertir. Crear circuitos distintos. Incentivar alojamientos familiares. Apoyar guías locales. Difundir rutas alternativas.

Y sobre todo, entender que el turismo no es solo una actividad económica. Es una forma de relación.

El territorio no es un decorado

Costa dice algo muy potente: el territorio tiene alma. No es un fondo de pantalla. No es una vista para vender departamentos. Es un sujeto. Tiene vida. Tiene historia. Tiene límites.

Esa idea, aunque poética, es profundamente política.

Porque implica que no se puede hacer cualquier cosa en cualquier lugar. Que no todo puede transformarse en producto. Que hay sitios que deben respetarse, no explotarse.

En Uruguay, el territorio costero está en disputa permanente. Y no hay una ley clara que defina los límites del crecimiento. La presión inmobiliaria avanza más rápido que la planificación. Los municipios muchas veces no tienen poder. Y las comunidades se enteran tarde.

Un turismo con futuro es aquel que se hace con el territorio, no sobre él.

Propuesta para un turismo distinto

Basados en el manifiesto de Michil Costa, y con la mirada puesta en nuestro territorio, proponemos 10 principios para un turismo más justo, más humano y más vivible:

  1. El territorio no se vende. Se cuida, se respeta y se comparte.
  2. La comunidad local participa. Si no hay voz real, es extractivismo.
  3. La naturaleza es un sujeto, no un recurso. No se decora, se defiende.
  4. La hospitalidad es un vínculo, no un servicio. Acoger es un acto ético.
  5. Lo pequeño importa. Menos megaemprendimientos, más redes locales.
  6. Todo el año, no solo verano. Vivir en el territorio no puede ser estacional.
  7. La cultura no se exhibe. Se vive.
  8. Menos autos, más cercanía. Caminabilidad, transporte público, bici.
  9. La ley se cumple. Porque sin justicia ambiental no hay equidad.
  10. El futuro se construye hoy. No es utopía, es urgencia.

Epílogo: cuidar es revolucionario

En tiempos donde todo se acelera, donde todo se vende, donde todo se convierte en mercancía, cuidar se vuelve un acto revolucionario.

Cuidar el territorio. Cuidar los vínculos. Cuidar la memoria. Cuidar el aire, el agua, la tierra. Cuidar también la forma en que recibimos a otros.

El turismo puede ser parte del problema o parte de la solución. La diferencia está en cómo se hace, quién lo decide, y para qué sirve.

Uruguay tiene todavía chance de elegir. De animarse a otro camino. De construir una manera distinta de habitar y compartir el mundo.

Y eso no se hace con slogans ni con inversiones millonarias. Se hace con escucha. Con participación. Con límites claros. Con proyectos que tengan alma.

Turismo sí, pero no así.

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