Lo que el suelo ya no podrá absorber

El agua recuerda cada calle, cada lote y cada construcción. Mientras el paisaje se transforma, la impermeabilización del suelo y la falta de planificación empiezan a cambiar silenciosamente el equilibrio de la costa uruguaya. Una columna sobre urbanización, territorio y las consecuencias que aparecen cuando el agua ya no tiene dónde ir.

Lo que el suelo ya no podrá absorber

El paisaje no es inocente

Existe una fantasía muy extendida sobre los balnearios pequeños de la costa atlántica uruguaya. La fantasía dice algo así: estos lugares son naturales. No han sido tocados del mismo modo que Punta del Este. Lo que los hace valiosos es precisamente lo que no tienen: el asfalto, la densidad, el ruido y la especulación de escala industrial. Son, según esta narrativa, espacios que escaparon a la historia porque la historia los pasó por alto.

La fantasía no es completamente falsa, pero es profundamente engañosa porque trata como condición permanente lo que en realidad es un equilibrio frágil y en retroceso. El paisaje nunca es neutral; tal como sostiene Nogué (2007), es una construcción social que expresa relaciones de poder que seleccionan qué se muestra, qué se oculta, qué se preserva y qué se deja degradar. El paisaje es siempre una consecuencia de decisiones políticas, omisiones institucionales y procesos económicos que actúan sobre el territorio. Decir que un lugar “se conservó” sin preguntarse por qué razón se conservó es dejar sin examinar la parte más interesante de la historia.

El problema de tratar el paisaje como un dato en lugar de como un resultado es que impide ver el mecanismo que lo produce y, por tanto, el mecanismo que lo destruye. Un balneario que parece intacto puede estar a pocos años de dejar de parecerlo, y la diferencia entre uno y otro estado no depende del azar ni de la voluntad de los turistas: depende de decisiones sobre suelo, infraestructura y planificación que se toman (o se evitan tomar) mucho antes de que el primer charco desborde la primera vereda.

Sauce de Portezuelo: el balneario que se describe a sí mismo como natural

Tomemos un caso concreto. Sauce de Portezuelo es un balneario de baja densidad en el departamento de Maldonado, con historia de urbanización incompleta, calles de tierra que se inundan cada vez con más frecuencia, lotes que hace diez años se vendían como inversión de largo plazo y hoy se construyen a toda velocidad. Cuando sus habitantes lo describen, aparece casi siempre la palabra “natural”. Lo dicen con orgullo, con algo parecido a la satisfacción de haber encontrado un lugar que el mundo moderno todavía no corrompió. Y tienen razón en parte: hay flora nativa entre los predios, el cielo de noche es legible, el ruido de las olas llega sin competencia.

Sin embargo, ese “natural” es, en buena medida, el resultado de la ausencia del Estado, y si se quiere, también del mercado: durante décadas, simplemente nadie invirtió lo suficiente como para destruirlo del todo. No hubo red de saneamiento, no hubo pavimento sistemático, no hubo alumbrado en la mayoría de las calles, no hubo ordenanza de edificación que se aplicara con constancia. El balneario se conservó no porque alguien lo protegió, sino porque a nadie le resultó suficientemente rentable transformarlo. Esa es una diferencia crucial que la nostalgia tiende a borrar.

Esta dinámica no es exclusiva de Sauce. En Playa de los Botes, en La Paloma, el avance de la urbanización sobre el cordón dunar ha producido en los últimos años inundaciones recurrentes en áreas que hace dos décadas drenaban sin problemas.

En la propia playa de Portezuelo, el desarrollo urbanístico en primera línea ha alterado la dinámica costera de manera que los vecinos la perciban claramente pero que ninguna planilla catastral registra como daño. Son ejemplos de un mismo mecanismo: la impermeabilización acumulada supera silenciosamente la capacidad de absorción del sistema, hasta que una tormenta ordinaria produce efectos extraordinarios.

La Asociación de Fomento y Turismo de Sauce de Portezuelo lleva años intentando poner este problema en la agenda institucional. Su Subcomisión de Desarrollo Sostenible elaboró una agenda ambiental con cinco ejes prioritarios, entre ellos el ordenamiento costero y la canalización de pluviales, y presentó propuestas concretas ante autoridades municipales, departamentales y nacionales. El propio diagnóstico del Curso de Metodología del Ordenamiento Territorial de la UDELAR (CURE), realizado en colaboración con la comunidad local, identificaba en 2021 el avance de la urbanización y la impermeabilización del suelo entre las amenazas principales para los ecosistemas del balneario (Curso MOT-LGA CURE, 2022).

En el 2025 se logró un avance importante que se espera concretar en 2026: la aprobación por parte de la Intendencia de Maldonado del proyecto Parque Lineal Costero, en el marco de las nuevas Areas de Conservación de Maldonado. Esto no alcanza, pero marca un inicio para la protección efectiva de la faja de defensa de costa.

Lo que las simulaciones muestran

En una charla reciente, y a título informal, técnicos especializados en hidrología que trabajan en el Plan de Ordenamiento Territorial (PLOT) para los municipios de Solís y Piriápolis comentaron algo que merece atención: simulaciones del comportamiento hidrológico de estas cuencas costeras bajo diferentes escenarios de ocupación. Uno de esos escenarios correspondía a la construcción al 100% de los padrones existentes, respetando los índices de ocupación establecidos en la normativa vigente. El resultado fue elocuente: los efectos negativos proyectados en ese escenario serían muchas veces peores que los previstos por los modelos de cambio climático para la región.

Esto merece detenerse. No se trata de un escenario catastrófico ni de la violación de ninguna norma: se trata simplemente de que todos los propietarios hagan lo que la normativa actual les permite hacer. Y el resultado, según estas simulaciones, supera en impacto hidrológico negativo a todo lo que el cambio climático se espera que produzca en las próximas décadas. A eso hay que agregar una variable que las simulaciones ni siquiera contemplan: los flagrantes incumplimientos a las ordenanzas de construcción que cualquier recorrida por estos balnearios permite constatar. Si el escenario de cumplimiento total de la normativa ya produce ese resultado, el escenario real es considerablemente peor.

Estas cifras no son una curiosidad académica. Son el argumento más concreto disponible para exigir que las normas de ocupación del suelo se revisen antes de que los padrones se llenen, y no después. La ventana para actuar es exactamente el período en que estos balnearios todavía tienen lotes vacíos. Una vez que esos lotes estén construidos, la única opción disponible será gestionar el daño.

La impermeabilización: el proceso invisible

La impermeabilización del suelo es un proceso acumulativo y gradual, casi imposible de percibir en tiempo real. Eso es precisamente lo que lo hace tan peligroso: no ocurre de golpe. Ocurre como el endeudamiento: un poco por mes, imperceptible, hasta que el sistema colapsa y de repente todo parece haber pasado de una vez.

Cada techo nuevo, cada calle pavimentada y cada lote nivelado alteran la topografía y redirigen el flujo de agua de manera no planificada. Y cada uno de esos cambios, tomado individualmente, parece absolutamente razonable.

El suelo natural, con su cobertura de vegetación y su horizonte de materia orgánica, tiene la capacidad de absorber, filtrar y retardar el movimiento del agua: es, en términos hidráulicos, un amortiguador. Cuando ese amortiguador se elimina (cubierto por cemento, hormigón o asfalto) el agua tiene dos destinos posibles. Parte escurre superficialmente, concentrándose en los puntos de convergencia del terreno y generando inundaciones donde el drenaje no fue diseñado para ese caudal. Pero otra parte, igualmente importante, no escurre: se acumula en el subsuelo y eleva la napa freática.

Ese aumento de la napa tiene una consecuencia que cualquier bañista puede constatar sin necesidad de un hidrógrafo: la playa se moja. Una playa con napa alta es una playa saturada, que ha perdido su capacidad de absorber la energía del oleaje. Y una playa que no absorbe esa energía la transfiere íntegra al sedimento: el resultado es erosión acelerada, retroceso de la línea de costa, pérdida de arena. Esto es exactamente lo que ocurrió en Portezuelo y en Playa de los Botes, en La Paloma. La urbanización tierra adentro no solo inunda las calles: le quita a la playa la capacidad de defenderse a sí misma.

Una calle de tierra en pendiente que antes absorbía buena parte de la lluvia se convierte, una vez pavimentada, en un canal que acelera el flujo hacia la intersección de más abajo. Si esa intersección tampoco tiene drenaje dimensionado para el nuevo caudal, el agua desborda. Si el predio vecino tiene un muro de contención reciente que redirige su propio escurrimiento, el problema se combina. El resultado es una inundación que ninguna de esas decisiones individuales, tomadas por separado, habría causado. Pero que todas juntas hacen inevitable.

El turismo como acelerador

El turismo actúa como acelerador de estos procesos al aumentar la presión sobre el suelo sin incrementar necesariamente la infraestructura necesaria para sostenerlo. La ecuación es conocida pero raramente se enuncia con claridad: la valorización turística atrae inversión, la inversión construye, la construcción impermeabiliza y la impermeabilización degrada el mismo paisaje que resultó atractivo en primer lugar. La urbanización turística tiende a intensificar la fragmentación y la pérdida de paisajes naturales, adoptando formas de ocupación que resultan finalmente incompatibles con el atractivo que las originó.

El turismo de temporada concentra la presión en los meses de verano, que en la costa uruguaya coinciden con el período de mayor actividad constructiva. Se construye cuando más gente mira, cuando más demanda hay, cuando los permisos se tramitan con urgencia y la supervisión se diluye. Las inundaciones que revelan las deficiencias del drenaje ocurren, en cambio, fuera de temporada, cuando los propietarios están en Montevideo y los medios locales tienen otras prioridades. El ciclo de daño y olvido se repite con una regularidad que ya no debería sorprender a nadie.

Lo que se vende y lo que se destruye

Existe una contradicción estructural en el turismo de baja densidad: lo que se vende es exactamente lo que se destruye al venderlo. El mercado inmobiliario costero comercializa paisaje (tranquilidad, vegetación, contacto con el entorno) y ese mismo acto de comercialización lo degrada. El comprador que llega atraído por lo que el lugar es contribuye, con su presencia y su inversión, a que el lugar deje de serlo.

Hay además un segundo tipo de comprador que opera con una lógica distinta: el inversor que no llega buscando lo natural sino porque detectó que otros lo buscan. Compra el lote baldío no para usarlo sino para esperar. Construye la cabaña cuyo negocio real es la plusvalía futura. Este actor no es marginal: en varios balnearios de la costa atlántica es el que más metros cuadrados compra, el que más construye, el que más presiona por infraestructura. Y contiene un error de cálculo que nadie nombra: la foto del balneario que hizo atractiva su inversión no será la misma cuando ese desarrollo llegue. Lo que compró fue el valor de un lugar no desarrollado. Lo que venderá es uno que ya lo está. La plusvalía que esperaba se la comió el proceso que él mismo contribuyó a acelerar.

La escala a la que ocurre la degradación en lugares pequeños es más difícil de detectar y revertir que en ciudades grandes. Un balneario de quince manzanas no tiene reservas para compensar pérdidas: cada metro cuadrado impermeabilizado es una fracción mayor del total disponible. Los umbrales de daño irreversible se alcanzan antes, con menos, y sin que nadie haya tomado una decisión que, aislada, parezca suficientemente grave como para justificar la alarma.

Planificar es elegir

La distribución del riesgo hídrico en territorios sin planificación no es aleatoria; sigue la topografía y la economía. Por lo general, los sectores con menos recursos terminan en las zonas bajas, quedando expuestos al agua que escurre desde las cotas más altas. Esta no es una coincidencia: es el resultado predecible de un mercado de suelo que valoriza la altura y la vista, dejando las áreas más vulnerables para quienes no pueden acceder a otra cosa. El desarrollo urbano no planificado conduce al aumento de la desigualdad y a impactos sobre el clima local que son notoriamente más difíciles de corregir una vez que la población se ha asentado (ONU-Hábitat, 2016).

La ausencia de planificación no ahorra costos: los traslada al futuro y los multiplica. Las obras de infraestructura hídrica que se hacen antes de la urbanización cuestan una fracción de las que se hacen después. El mapeo de cuencas, el establecimiento de porcentajes mínimos de suelo permeable, la delimitación de franjas de protección en las márgenes de las cañadas: estas herramientas no son nuevas ni experimentales. Existen, están disponibles, y en varios contextos han demostrado funcionar. Lo que falta no es conocimiento técnico sino voluntad política sostenida y capacidad institucional local para aplicarlo. El derecho a no inundarse no debería ser un privilegio, sino parte del piso mínimo de habitabilidad.

Cuando una inundación ocurre en un balneario costero después de una lluvia moderada, la narrativa habitual lo atribuye al “mal tiempo”. Esa narrativa es cómoda porque desresponsabiliza: si fue la naturaleza, nadie eligió mal, nadie omitió nada. Pero la naturaleza no cambia la proporción de suelo permeable en un territorio; las decisiones humanas lo hacen. El evento climático puede ser el detonante, pero la vulnerabilidad es construida. Y las vulnerabilidades construidas tienen autores, aunque sea por omisión.

Lo que el suelo ya no podrá absorber

Cuando llueve, el territorio impermeabilizado sin planificación muestra las omisiones de años. El agua no interpreta: ejecuta. Recorre exactamente el camino que la topografía y las superficies le permiten, sin importar si ese camino pasa por el living de una casa, por la única calle de acceso al barrio o por el predio donde alguien acabó de construir su proyecto de vida.

La pérdida de estos balnearios como espacios con identidad propia no es solo un problema ambiental o urbanístico. Es también una pérdida cultural. Estos lugares tienen historias de ocupación, memorias colectivas, formas de habitar el territorio que se construyeron durante décadas y que no se recuperan con ningún plan de regeneración. Hay vecinos de Sauce de Portezuelo que llevan años construyendo propuestas concretas (corredores biológicos, conservación del monte psamófilo, paseo costero, saneamiento alternativo) demostrando que hay algo que conservar.

La ventana para elegir otro camino, aunque estrecha, todavía existe en varios de estos lugares. Mientras haya lotes baldíos, hay oportunidad. Mientras las cañadas corran, hay amortiguación. Mientras el monte psamófilo cubra las dunas, hay freno.

Cada construcción nueva en ese suelo cierra un poco más esa ventana.

Las simulaciones del PLOT lo dicen con números.

Los vecinos de Sauce lo dicen con experiencia.

El agua, cuando llega, lo dice sin palabras.

Fuentes y bibliografía

Curso MOT-LGA CURE – Asociación de Vecinos/as de Sauce de Portezuelo (2022). Boletín #2: Aportes a la planificación territorial. Montevideo: UDELAR-CURE.

Nogué, J. (Ed.) (2007). La construcción social del paisaje. Madrid: Biblioteca Nueva.

ONU-Hábitat (2016). Informe Mundial sobre el Estado de las Ciudades 2016. Nairobi: ONU-Hábitat.

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