En Sauce de Portezuelo, al borde de la bahía o ensenada de Portezuelo, entre el viento y el resplandor del río ancho como mar, se levanta una estructura que desafía el paso del tiempo: el Mirador. Construido en los años cuarenta como la Confitería La Goleta, fue una obra de afirmación: una manera de decir “aquí estamos”, de fijar una mirada humana sobre el horizonte natural. Era un gesto moderno, casi heroico, propio de un país que imaginaba el futuro desde la arquitectura y el turismo, desde la confianza en el progreso y en la capacidad de transformar el territorio.
Hoy, sin embargo, el mirador ya no observa: resiste. Las grietas se multiplican, los peldaños se descascaran, la vegetación avanza sobre su base y el salitre corroe su armazón de hierro. Mientras tanto, la discusión se abre como una herida: ¿qué hacemos con él? ¿Lo restauramos como símbolo patrimonial o lo dejamos caer para devolverle al paisaje su equilibrio natural? ¿Qué pesa más: la memoria o el ambiente?
Una construcción que mira y que nos mira
El mirador fue concebido como punto de observación del paisaje costero para que los potenciales clientes, mayoritariamente argentinos atraídos por Dino Lapi, compraran un pedacito de tierra para construir su casa de playa. Pero con los años se convirtió también en un punto de observación de nosotros mismos: de nuestras formas de habitar, de producir sentido y de relacionarnos con la naturaleza.
La historia del mirador es la historia de la mirada moderna sobre el territorio uruguayo: una mirada que quiso ordenar, encuadrar, dominar el paisaje.
Construido cuando el balneario aún era un proyecto incipiente, el mirador condensaba la utopía del turismo moderno: ver sin ser parte, disfrutar sin implicarse. El paisaje era, entonces, algo que se contemplaba desde afuera. Pero en el siglo XXI, esa distancia se volvió insostenible. El paisaje dejó de ser un fondo escénico y pasó a ser un sujeto ecológico, un entramado vivo que nos incluye y que reacciona a nuestras acciones.
Así, el mirador encarna hoy una contradicción: es, al mismo tiempo, testimonio de una época y símbolo de una relación que necesitamos revisar. Por eso, cada vez que se plantea su restauración o demolición, lo que realmente se discute no es un edificio: se discute una forma de estar en el mundo.
La faja de defensa de costa: entre la ley y la marejada
El mirador se encuentra dentro de la faja de defensa de costa, ese espacio público que, según la legislación uruguaya, hoy debe cederse al dominio público y debe permanecer libre para permitir la dinámica natural de dunas. Allí, toda construcción debería cumplir con la normativa ambiental vigente.
Desde una mirada ambiental estricta, el caso parece claro: habría que remover la estructura, restaurar la duna y dejar que el sistema costero recupere su dinámica. Pero el problema no es tan simple. Las leyes se aplican sobre territorios cargados de historia y ese hormigón agrietado es también patrimonio cultural, memoria de los comienzos de un balneario, símbolo de una comunidad que nació mirando al río.
Aquí se revela la tensión profunda entre dos nociones de cuidado: la del ambiente y la del patrimonio.
El ambiente pide desandar la huella humana, liberar el espacio natural.
El patrimonio pide conservar esa huella, reconocer el valor simbólico de lo que fue.
Entre ambos, el paisaje se convierte en el campo de disputa, en el lugar donde chocan y a veces se reconcilian ambas sensibilidades.
Restaurar o dejar ir
El dilema se repite en muchos lugares del mundo. En Italia, en España, en México, los debates sobre qué conservar y qué dejar caer atraviesan políticas públicas, movimientos ciudadanos y corrientes académicas. ¿Debe preservarse una ruina moderna si su presencia afecta un ecosistema? ¿O debe priorizarse el equilibrio ecológico aunque eso implique perder parte de la memoria construida?
En Uruguay, donde las costas del Plata son al mismo tiempo espacios naturales y escenarios de identidad colectiva, estas preguntas son urgentes. El mirador no es solo una obra aislada: es parte de una narrativa territorial que incluye la carretera panorámica, los bosques de pinos implantados, los balnearios-jardín pensados como extensiones del sueño urbano. ¿Restaurarlo sería, en cierto sentido, reafirmar esa narrativa?. Pero dejarlo desmoronarse sería también un acto de renuncia: aceptar que el tiempo y la naturaleza avanzan.
Entonces, ¿qué significa realmente “restaurar”?
¿Reconstruir el mirador tal como fue, replicando su forma original?, o acaso, reinterpretarlo desde una mirada contemporánea, ¿integrando criterios de sostenibilidad y educación ambiental?
¿Podemos imaginar un proyecto que no fije el paisaje sino que lo acompañe, que no domine la costa sino que invite a comprenderla?
Pensando en el máximo nivel de restauración, yendo hacia el proyecto original de la Confitería La Goleta, implicaría la puesta en funcionamiento. Esta opción, seguramente la mas costosa, nos traería la problemática de la gestión comercial y su viabilidad económica. Además sería la opción con los mayores impactos ambientales.
Quizás debamos pensar más en términos de mantener, preservar y poner en valor, que restaurar.
El patrimonio como pregunta
El error más frecuente es pensar el patrimonio como algo que se defiende porque sí, como si conservar fuera un fin en sí mismo. Pero el patrimonio no es el pasado detenido; es la memoria activa de una comunidad, la capacidad de construir continuidad entre lo que fuimos y lo que queremos ser. No todo merece ser conservado solo porque existe: conservar también es decidir.
El Mirador de Sauce puede, en ese sentido, ser una oportunidad pedagógica. Un punto donde explicar que el patrimonio no se opone al ambiente, sino que puede transformarse para servirlo. Que la conservación no siempre implica mantener intacto, sino reinterpretar. Que restaurar no es congelar, sino dialogar.
Podría pensarse en una restauración ecológica-patrimonial, un gesto híbrido que combine la recuperación del ecosistema con la resignificación del objeto construido. Convertir el mirador en un espacio de lectura del paisaje, en un observatorio costero, en un sitio donde el visitante entienda que mirar implica también cuidar.
Así, el mirador podría renacer como símbolo de reconciliación entre memoria y naturaleza.
Entre la ruina y la memoria
En su estado actual, el mirador se asemeja a una ruina moderna. Pero las ruinas no son solo restos: son testimonios del tiempo, recordatorios de que toda obra humana es transitoria. Su belleza melancólica no está en lo que promete, sino en lo que deja ver del paso del tiempo y del poder de la naturaleza.
Quizás el Mirador de Sauce sea, en realidad, un monumento involuntario a esa tensión. Si supiéramos leerlo, podríamos comprender que su deterioro no es una falla, sino un mensaje. Un espejo que nos devuelve nuestra propia fragilidad. En esa lectura, conservar la ruina, sin reconstruirla del todo, podría ser incluso más valioso que restaurarla.
Y, sobre todo, podría evitar que se repita la “piqueta fatal del progreso”, esa misma que un día borró de la entrada del balneario el histórico arco de bienvenida, aquel que marcaba el inicio simbólico de Sauce de Portezuelo. De aquel arco, hoy solo quedan fotografías, relatos y recuerdos. Su ausencia pesa tanto como su antigua presencia: nos recuerda que la modernidad también supo destruir sus propios símbolos. Que el olvido a veces llega disfrazado de renovación.
El mirador, entonces, nos enfrenta a esa pregunta: ¿vamos a permitir que el mismo impulso que derribó el arco se lleve también este último testigo de una época?
El mirador y el parque: hacia un nuevo pacto entre memoria y naturaleza
El futuro Parque Lineal Costero y el proyecto de un área de conservación de la faja costera ofrecen una oportunidad única para resignificar al mirador dentro de una nueva lógica del territorio.
Lejos de ser una estructura en conflicto con la conservación, el mirador podría transformarse en un punto de diálogo entre lo construido y lo natural, entre la memoria cultural y la restauración ecológica.
En el plano territorial, el mirador se ubica en un punto clave: el borde donde confluyen el sistema dunar, el espacio forestal y la trama urbana. Podría funcionar como nodo articulador del parque lineal, un sitio donde confluyan los senderos peatonales, las pasarelas elevadas y los circuitos interpretativos del litoral. Desde allí se podría observar la transición entre los distintos ecosistemas y comprender su interdependencia.
En el plano patrimonial, su restauración representaría una reconciliación con la historia moderna del balneario. El mirador podría declararse hito interpretativo dentro del área protegida, con señalética patrimonial y ambiental que narre su origen, su época y su transformación en símbolo de un nuevo tiempo. Sería un modo de reconocer sin idealizar, de conservar la memoria sin negar la necesidad de cambio.
En el plano pedagógico y simbólico, el mirador puede recuperar su sentido original, mirar, pero desde una ética distinta. Convertirse en aula abierta de educación ambiental y memoria local, donde las personas aprendan a leer el paisaje, las dunas, el viento, las huellas del agua y del tiempo.
Su restauración, realizada con técnicas de bajo impacto, podría incorporar energías limpias y dispositivos de monitoreo ambiental, convirtiéndolo en un símbolo vivo del equilibrio entre cultura y naturaleza.
Así, el diálogo entre el Mirador y el Parque Lineal Costero no sería una tensión, sino un nuevo pacto:
- Ético, porque entiende que la memoria humana forma parte del ecosistema.
- Estético, porque propone una belleza basada en la convivencia, no en la dominación.
El Mirador de Sauce de Portezuelo, resignificado, podría ser el símbolo fundacional del Parque Lineal Costero, testimonio tangible de que el futuro sostenible no borra el pasado: lo aprende.
Conclusión: mirar para adentro
El Mirador de Sauce es una pregunta abierta sobre quiénes somos y cómo habitamos la costa. Su suerte, si se preserva, se deja caer o se transforma, dirá mucho sobre nuestra capacidad como comunidad para definir que esa obra nos representa y procurar ante el gobierno su preservación.
¿Podemos aceptar que el tiempo modifica los significados y que restaurar a veces implica reinventar?
El mirador fue construido para mirar el paisaje. Tal vez haya llegado el momento de mirar desde él hacia nosotros mismos.
Porque en última instancia, lo que está en juego no es solo una obra de hormigón, sino nuestra manera de comprender la relación entre cultura y naturaleza, entre pasado y porvenir, entre la piedra y la ola.
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