Quienes gobiernan y tienen bajo su responsabilidad los procesos de crecimiento y desarrollo, administran recursos y deben aplicar las leyes ambientales creadas por especialistas tienen, en la mayoría de los casos, una formación deficiente en educación ambiental. Esto se debe, en parte, a que han sido formados en una visión del desarrollo que hoy resulta obsoleta: una donde el progreso se mide en cemento, expansión urbana y consumo creciente, sin integrar la sostenibilidad en la generación de riqueza. No fue parte de su tiempo ni de su cultura incorporar otra perspectiva, y en muchos casos, tampoco han mostrado interés en hacerlo. Sin embargo, los modelos actuales de desarrollo ya no conciben el crecimiento como una simple acumulación y agitación de actividades, infraestructuras y personas, sino como un proceso que debe equilibrar la generación de riqueza con su preservación, sostenibilidad y el impacto en la calidad de vida de la comunidad.
La política ambiental es mucho más que los tres o cuatro casos emblemáticos de conflictos ambientales, es la decisión soberana que toma una sociedad de cómo va a ser su futuro, donde se deciden factores que crean y afectan la salud pública, la calidad de vida y la economía del país, entre otras variables. Es el ámbito donde se discute cómo queremos vivir y cómo queremos que sea el lugar donde nuestros hijos y nietos van a vivir, qué aire van a respirar, qué agua van a beber, si van a tener playas, si nuestras principales lagunas van a ser contaminadas o se convertirán en zonas muertas. Todo esto es política ambiental. Cuando por ejemplo, hablamos de la viabilidad para realizar un barrio privado otorgada por la JDM en la zona de la Laguna del Diario, en mi opinión, eso es la negación de una política de protección y preservación ambiental. Como mínimo, un error, donde no se han contemplado las condiciones ambientales de fragilidad del área involucrada para tomar la decisión. En gran parte, eso se debe a que no está en su cultura el concepto del ambiente como algo esencial para la población, y por lo menos en apariencia, parecen no poseer ningún respaldo científico para avalar la decisión que se concretó en una apresurada votación de los últimos días de diciembre, las cuales a esta altura, son fechas para temer.
La ignorancia ambiental de quienes lideran no es un descuido individual: es un problema sistémico. Donella Meadows, en Thinking in Systems, explica que cuando un sistema falla, es porque las reglas que lo rigen están equivocadas. Aquí, las reglas las escribieron generaciones educadas bajo la lógica de la expansión como único sinónimo de progreso. El resultado es un futuro de cemento como meta y no entienden lo que están destruyendo. Cuando estos mismos funcionarios hablan de los grandes logros de sus gestiones, refieren a metros construidos, como si realmente ese fuera el único criterio existente para evaluar una gestión de gobierno, ideas obsoletas, pobres y carentes de toda imaginación.
Miremos nuestras ciudades. No existen en función de sus habitantes ni de su entorno natural, sino contra ambos.
La urbanización y la movilidad son el resultado de acciones inconexas, sin un plan específico y para construcciones y autos (bastante mal pensado y ejecutado, seguramente ustedes han visto y transitado nuestras rutas y caminos, y tienen noticias del incremento de accidentes), no para las personas ni dentro de un marco que minimice los impactos ambientales. La idea de desarrollo sigue anclada en la premisa de más edificios, más carreteras, en definitiva, más construcción. Este fenómeno se extiende hasta zonas de alta sensibilidad y fragilidad ambiental sin considerar los costos ecológicos y económicos que eso produce. Se desarrollan actividades que en apariencia pretenden rellenar humedales, parece que en definitiva para el estado departamental estas son tierras bajas y pajonales de poco valor a las que se les puede dar un mejor uso, sin proteger su papel crucial en la regulación del agua y la biodiversidad.

La falta de educación ambiental no solo afecta a quienes gobiernan, sino también a toda una burocracia formada sin este criterio esencial. Los paradigmas cambiaron sustancialmente y un amplio sector del gobierno, especialmente el departamental, parece no haberse enterado. El gobierno departamental en Maldonado, debería planificar el desarrollo urbano considerando como temas estructurales los recursos naturales, el acceso al agua, la movilidad , el paisaje y los espacios verdes, entre otros aspectos, pero la realidad muestra que la expansión inmobiliaria pesa más que los impactos negativos al ambiente. A su vez, la infraestructura que debe acompañar ese crecimiento, que es favorecido por encima de cualquier otro factor, no llega y cuando lo hace, es de dudosa calidad y carece de criterios sostenibles.
Existen en el mundo las llamadas ¨ciudades inteligentes¨ (smart cities) que integran tecnología, sostenibilidad y participación ciudadana para mejorar la calidad de vida de los habitantes y reducir el impacto ambiental. Pero como bien dice su nombre ¨inteligentes¨, estas ciudades basan su planificación urbana en valores que priorizan la sostenibilidad y la participación, la escucha y la participación de la ciudadanía comprometida para tener injerencia en cómo quiere que sea su ciudad, con los más altos estandares de tecnología disponible. Esta trilogía de tecnología, sostenibilidad y participación ciudadana se apoya en un pilar indiscutible, la sostenibilidad. Estamos lejos de esa visión de ciudad porque en nuestra realidad local esos tres principios no son los que definen el rumbo a la hora de tomar las decisiones. Difícilmente podamos pensar en ciudades sostenibles si quienes administran optan por no priorizar la calidad de vida de las personas y la sostenibilidad en las acciones inconexas que llevan a cabo impulsivamente como reemplazo de un plan de gestión del desarrollo territorial.
El ambientalismo no es un lujo ni una opción secundaria en la agenda política. Es la base para diseñar un futuro donde las ciudades sean habitables, los recursos sean gestionados con inteligencia y la prosperidad no dependa de destruir lo que nos sostiene. Cada día vemos más los efectos del cambio climático, algo que era un concepto teórico hace décadas, hoy afecta nuestras vidas cada vez con mayor fuerza. Hoy el ambiente es un factor principal de la ecuasión, el ignorar su relevancia no hará que desaparezcan las consecuencias de nuestro impacto negativo en él.
La formación ambiental es una necesidad imperiosa, vivimos en un ecosistema frágil, nuestras costas, humedales, ríos y lagunas, dunas, flora y fauna autóctonas, están en peligro hoy, vemos el deterioro de modo muy concreto. Cuando académicos de amplia formación y ciudadanos comprometidos, alertan sobre los peligros de hacer determinado proyecto sobre un humedal o sobre un área de fragilidad ecosistémica, los funcionarios deben escuchar y evaluar de un modo interdisciplinario junto a la academia y la ciudadanía para llegar a una conclusión con la evidencia científica que respalde cuál es el mejor camino a seguir. Esa debería ser la forma para avanzar de manera sostenible hacia un futuro que priorice la calidad de vida de los habitantes y respete el patrimonio natural.
A su vez, cuando surgen proyectos del gobierno departamental que carecen de fundamento científico y más aún, que carecen de una visión que priorice el bien común por encima de los intereses de un puñado de personas, cuyos impactos ambientales serán innegables ¿cómo hacemos para que esos reclamos sean escuchados y esos proyectos sean evaluados imparcialmente y de ser necesario, detenidos?
La semana pasada surgió un nuevo conflicto ambiental en el área del humedal del Arroyo Maldonado. Según las autoridades, la zona donde se están llevando a cabo tareas de relleno no forma parte del humedal (no estoy de acuerdo). Pero ahí no termina el conflicto, el proyecto que se pretende construir allí es una pista para picadas (no estoy de acuerdo). Dejando a un lado, solo por el momento, el tipo de relleno que se está utilizando para rellenar las antiguas piletas de decantación que usaban las barómetricas años atrás y dejando también de lado, solo por el momento, el tecnicismo de si éstas piletas están dentro del humedal o separadas del humedal por una calle existente, todavía permanece la cuestión de los efectos que traerá la pista de picadas proyectada. ¿Es necesario hacer una pista de picadas en este lugar? Repito: pista de picadas en este lugar. ¿Es necesario? Si el humedal alberga fauna autóctona y cientos de aves incluyendo un sinnúmero de aves migratorias, me cuesta vislumbrar un futuro donde todas estas especies puedan convivir con la contaminación sonora que la actividad de las picadas va a generar. Este es un ejemplo reciente que ilustra que la falta de formación ambiental para enfrentar la complejidad en asuntos ambientales, es grave y está causando estragos en nuestro entorno, y muy lejos de detenerse, los estragos aumentan a un ritmo vertiginoso. Semana a semana surge un nuevo conflicto ambiental impulsado por las autoridades y/o por particulares que afecta directa e ineludiblemente el paisaje y el patrimonio natural que nos rodea.

La educación ambiental en nuestra clase dirigente debería como mínimo contemplar estos criterios:
- Formación ambiental básica en todos los estamentos de gobierno, todas las acciones tienen un impacto ambiental. Insisto, no querer ver el impacto no hace que desaparezca.
- Desarrollo de conocimiento y entendimiento del ambiente y los desafíos ambientales, que permitan generar conciencia y sensibilidad ambiental. Es necesario contar con el apoyo de la academia para desarrollar una mayor comprensión de las problemáticas ambientales específicas a enfrentar, y los mejores caminos para poder hacerlo.
- Motivación institucional permanente que impulse a preservar y proteger el medio ambiente. Si ni siquiera existe la preocupación o la motivación para proteger el medio ambiente, mal podrían gestionar las problemáticas y desafíos ambientales.
- Como parte de la educación ambiental, debería comprenderse la necesidad imperiosa que la academia participe con equipos interdiciplinarios y de forma vinculante en todas las decisiones que afecten al ambiente, las cuales deberían ser técnicamente fundamentadas y suscriptas por el equipo de profesionales independientes, para su aprobación.
- Creación de equipos técnicos experimentados para enfrentar situaciones ambientales complejas.
Si tan solo pudiéramos vislumbrar un futuro en el que los gobernantes entendieran que los ecosistemas como los bosques y los humedales nos protegen contra los efectos del cambio climático, los desastres naturales como las inundaciones, y los incendios, entre otros. Tal vez así podrían evaluar cómo aprovechar las riquezas naturales que tiene nuestro territorio y desarrollar políticas y estrategias para promover por ejemplo, el ecoturismo, que crece sostenidamente en la región y podría ser una interesante fuente de ingresos gestionada correctamente.
Habiendo llegado hasta aquí tanto ustedes como yo, nos damos cuenta también que de nada sirve lo que se haga sin una educación y una formación cívica y democrática por parte de todos y cada uno de nuestros dirigentes, pero no vamos a extendernos sobre el tema. Dado que la formación ciudadana, la democracia y la ética son temas complejos sobre los cuales no sabría por dónde empezar, pero adivinando, creo que la autocrítica y la reflexión personal de cada dirigente sería una buen punto de partida para poder expandirla finalmente a las estructuras de gobierno. Nuestros dirigentes están en deuda con el ambiente y con la ciudadanía en relación a este tema y deben ponerse al día, lo antes posible. Pero si no empezamos aceptando que las ideas y los procesos que se utilizaron en su mayoría fracasaron, que estamos enfrentando temas que representan una complejidad extrema que vincula relaciones entre diferentes sistemas en permanente trasnformación y que debemos dar una respuesta inmediata para impedir que se sigan acumulando las pérdidas ambientales, nunca vamos a poder cambiar y eso va a tener costos ambientales y económicos formidables para nuestra sociedad.
Por eso, en mi opinión, existe una necesidad imperiosa de educación ambiental y cívica en los dirigentes que les permita abordar eventos de muy alta complejidad. ¿Cómo podrían, sino, proteger algo que no entienden o desconocen? La respuesta está a la vista: lo hacen solo cuando no queda alternativa.
Mientras sigamos tolerando la ausencia de un modelo de desarrollo sostenible, nos tocará vivir con las consecuencias de la larga sucesión de desaciertos que afectan el ambiente. El futuro no se diseña con cemento, parches o discursos vacíos, sino con responsabilidad, compromiso y conocimiento. Es hora de exigir y crear políticas de gestión que respeten nuestro territorio y su patrimonio natural para que podamos tener futuro.
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