¿Y si no podemos bajar un cambio?

La autora propone dejar de lado la fantasía de que siempre podemos escapar de la velocidad y la presión. Y plantea algo mucho más desafiante, aprender a estar presentes en nuestras vidas incluso cuando estamos bajo presión y no podemos dejar de correr.

¿Y si no podemos bajar un cambio?

Vivimos acelerados, eso no es noticia. Intentamos resistirnos a vivir corriendo pero para la gran mayoría, dejar de correr no es opción, al menos no una opción realista. Para la madre de tres niños que tiene dos trabajos, para el médico de guardia, para quienes se pasan el día resolviendo conflictos propios y ajenos, pensar en parar está fuera de su alcance real. Sería fantástico, no hay duda, pero no es una opción para muchísima gente.

Y sin embargo, existe una enorme industria alrededor de la lentitud y sus beneficios. Libros, charlas, conferencias y gurús que nos explican que vivimos demasiado rápido y que el problema de nuestra época es la velocidad. Hay que bajar un cambio. Caminar más despacio. Volver a lo importante. Recuperar el presente. Suena hermoso.

Aprendimos también que la aceleración en la que vivimos inmersos nos perjudica. Imposible cuantificar cuánto. Lo complejo del fenómeno es que no es solo un problema de actitud individual. El sociólogo alemán Hartmut Rosa construyó una teoría interesante al respecto. Rosa distingue tres tipos de aceleración que operan simultáneamente: la aceleración tecnológica, que promete ahorrarnos tiempo y en cambio nos genera más tareas; la aceleración del ritmo de vida, que nos hace sentir que siempre estamos atrasados; y la aceleración del cambio social, que vuelve obsoleto cualquier conocimiento, rol o certeza antes de que podamos procesarlos. Las tres se retroalimentan en un espiral que no tiene techo visible. Todos podemos identificarnos con alguna de estas tres formas de aceleración en el mejor de los casos, pero seguramente vemos operar al trío en forma simultánea en nuestra vida cotidiana. Nuestro día es un constante correr detrás de objetivos, metas, tareas, y al final del día tenemos la certeza que no importa cuánto hayamos corrido, estamos tarde.

Un concepto para explorar que puede ayudarnos a comprender es el de la resonancia: la capacidad de afectar y dejarse afectar genuinamente por el mundo, por una persona, por una idea o creencia, por una actividad, por un paisaje, y permitir que ese algo nos transforme, aunque sea mínimamente. Implica de alguna manera una relación viva con el mundo, un diálogo. Esto es completamente diferente a la idea de consumir el paisaje, imponerle nuestra lógica de una u otra manera. Dejarse afectar, por ejemplo, por un paisaje requiere un silencio interior donde ese entorno pueda conmovernos, donde su propia voz pueda interpelarnos. Este concepto habla de un ida y vuelta, afectar y dejarse afectar. La resonancia requiere tiempo. Requiere quietud. Lo opuesto a la resonancia es la mudez del mundo: ese estado en el que las cosas nos rodean pero ya no nos alcanzan, en el que estamos en contacto con todo y en relación con nada, perdemos la capacidad de dialogar con el mundo. Y es exactamente lo que la aceleración destruye, esa capacidad de afectar y dejarnos afectar por el mundo.

Pensar que lo que más nos afecta es la velocidad excesiva de nuestro día es solo una parte del problema, creo que lo que más nos afecta es que rara vez estamos totalmente presentes donde está nuestro cuerpo.

A diferencia del cuerpo, la cabeza tiene una capacidad curiosa, puede abandonar el lugar de los hechos, total o parcialmente, e instalarse en cualquier otra parte. Mientras hablamos con alguien puede estar resolviendo una discusión que ocurrió hace diez años o preparándose para una conversación que probablemente nunca ocurra. Puede vivir en el futuro, en el pasado o en un territorio imaginario construido con miedos, posibilidades y asuntos pendientes.

Esa ausencia mental en el momento presente produce una fragmentación en la persona que tiene un gran cantidad de efectos nocivos y una disminución real de las capacidades. Vivimos divididos entre demasiados lugares mentales al mismo tiempo y sostener esa división tiene un costo enorme. Nos agota, nos impide focalizar nuestra atención completa en lo que tenemos delante, y limita enormemente nuestro potencial.

La atención plena en lo que estamos haciendo, estar completamente presentes, permite que todos nuestros recursos, mentales y físicos, estén operando juntos en el mismo sentido y con el mismo objetivo. Cuando esto sucede, se produce una diferencia abismal en lo que podemos lograr. Esa capacidad, la de estar totalmente presentes, es la que nos llama la atención y  reconocemos cuando la vemos actuando. Cuando, un músico interpreta, un cirujano opera, un deportista juega, y logran algo extraordinario lo atribuimos a la genialidad de esas personas. Independientemente de las condiciones naturales de esos individuos, sus mentes y sus cuerpos siguen un patrón, fueron entrenados de manera extrema para obtener resultados, expuestos luego a las variables y a las condiciones inciertas del hacer, producen efectos concretos que conforman el aprendizaje complejo y el rendimiento excepcional de esas mentes y cuerpos. Y en esa condición de trabajo constante y sostenido puede surgir algo realmente extraordinario.

Ese estado excepcional para el funcionamiento normal de nuestras mentes genera que la atención, el pensamiento, el cuerpo y la acción dejen de tirar cada uno para su lado, sean uno solo y produzcan algo totalmente diferente. Mihaly Csikszentmihalyi llamó a eso flow. Ese proceso no tiene tiempo y al producirse desaparece todo lo que genera división interna y permite que surja un estado de completud.  Ese estado solo necesita un nombre cuando es observado desde fuera, desde su interior la necesidad de nombrar y definir no existe. Cuando logramos coincidir con nosotros mismos permitimos que estén dadas las condiciones para que ese fluir suceda en nosotros.

La aceleración no es una condición natural de la existencia humana. Es histórica, es cultural, es en gran parte económica. No nació con nosotros. Fue construida. Y lo que se construyó puede, al menos parcialmente, deconstruirse.

Aquí es donde la atención pasa a ocupar un lugar central como recurso vital. Recuperar la atención puede transformarnos profundamente.

Una atención fragmentada, dividida, no puede sostener ideas complejas, no puede tolerar la ambigüedad, no puede imaginar futuros distintos al presente.

Tal vez no podamos vivir más despacio. Tal vez no podamos vivir la vida que imaginábamos para nosotros. Lo que sí podemos hacer es desarrollarnos entrenando nuestra capacidad de estar presentes, eso sí está dentro de nuestro control, y es lo que nos puede permitir usar más plenamente las capacidades con las que contamos. Podemos preparar el escenario propicio ejerciendo la presencia en cada acto para que la atención pueda surgir.

Estar presentes es, sin que esa sea su intención, una forma poderosa de resistencia contra un sistema que nos empuja a correr y a vivir acelerados. Pensar que lo mejor de nuestra vida va a ocurrir cuando termine este problema, cuando llegue el dinero, cuando aparezca el tiempo, cuando finalmente las cosas se acomoden, es una fantasía que solo nos puede llevar a la decepción, a la vez que nos genera más fragmentación separándonos de nuestra realidad presente.

Tal vez la velocidad en sí, la aceleración en la que vivimos no sea un problema que esté a nuestro alcance resolver. Pero si podemos estar presentes en nuestra vida a pesar de las condiciones adversas, esa transformación personal nos permite adaptarnos mejor y vivir la vida más plena que cada uno de nosotros pueda vivir.

Y después, ¿quién sabe?

Fuentes y bibliografía

• Rosa, Hartmut. Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores, 2016. (Original: Alienation and Acceleration, 2010)
• Csikszentmihalyi, Mihaly. Fluir (Flow). Una psicología de la felicidad. Editorial Kairós, 1997. (Original: Flow: The Psychology of Optimal Experience, 1990)

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