Actuación, política y mentira

Shakespeare entendió hace siglos que el poder no se sostenía solo con la fuerza, necesitaba también ocultar e imitar y, al exponerlo sobre los escenarios por medio de la actuación, creó algunas de las obras más memorables de la historia del teatro. La política moderna convirtió el ejercicio de ocultar e imitar en una industria de la mentira.

Actuación, política y mentira

El actor no miente. Representa.

La diferencia es enorme.

Cuando un actor interpreta a un asesino, no intenta convencer al público de que realmente lo es. No oculta el artificio. No esconde que está representando. El teatro existe precisamente porque aceptamos entrar en esa ficción compartida. El actor presta su cuerpo, su voz y sus emociones para revelar algo profundamente humano. Incluso la crueldad, la perversidad, la traición o la locura aparecen expuestas frente al espectador, que puede indignarse, odiar o amar al personaje por lo que es, teatralmente hablando.

La actuación no oculta.         
Muestra.

Hamlet mata, conspira, manipula y se hunde lentamente en sí mismo. Pero Shakespeare no esconde nada. Al contrario: ilumina el recorrido emocional que lleva al personaje hasta el límite. Hamlet es el drama de las situaciones impuestas, queda claro que es mucho más que una historia de venganza y locura; es una profunda exploración de las máscaras que usamos y los roles que interpretamos. Ficción, que cubre ficción, que cubre a otra ficción… pero no nos confundamos. Aquí, precisamente, está la clave de su comprensión moderna.

William Shakespeare fue una vanguardia brutal porque rompió con los personajes rígidos y simbólicos de su época para mostrar algo mucho más incómodo: la complejidad psicológica humana. Sus personajes dudaban, se contradecían, actuaban para otros, mentían, manipulaban y observaban la acción de sus propias emociones, capaces incluso de conducirlos hacia el abismo de su ser. Shakespeare convirtió el escenario en un lugar donde el poder, la identidad, la locura, el deseo y la representación aparecían tensionados entre sí de una manera nunca vista. Por eso su influencia terminó atravesando no solo el teatro, sino también la literatura, la filosofía, la psicología, la política y gran parte del arte posterior.

Todos hemos escuchado la famosa frase: “la política es el arte de lo posible” (atribuida principalmente al estadista y canciller alemán Otto von Bismarck).

Nunca estuve de acuerdo.

La política podrá ser muchas cosas: un negocio, una disputa, una maquinaria de poder, una forma de conquistar y administrar el poder, incluso una sofisticada forma de supervivencia. Pero no es arte, no puede serlo.

El arte lleva dentro de sí algo que la política nunca tuvo: la capacidad de cuestionarse a sí mismo y de llegar hasta el fondo de su propio ser. El actor duda. El escritor se expone. El músico fracasa frente a sí mismo. El arte incomoda, somete, hiere, obliga, esclaviza y libera a su autor. Esencialmente, permite la revelación de la propia identidad; deja en evidencia lo que somos.

La política no.

La política es exactamente lo contrario: caricaturas sólidas y simples, convicciones prefabricadas y relatos incapaces de admitir fisuras, cuyo único objetivo verificable es la conquista, conservación y mantenimiento del poder.

El arte expone la herida y puede proporcionar la cura.   
La política solo utiliza la herida y si puede se aprovecha de ella.

La política, y especialmente la contemporánea, buscando cautivar a su “público”, tomó del teatro: la puesta en escena, la construcción del personaje, la administración de emociones, la dramaturgia, el manejo de audiencias, la tensión narrativa, el espectáculo.

Pero eliminó la honestidad extrema de la representación, el vínculo compartido y explícito del ritual de la actuación entre el actor y su público.

El político no actúa, no puede hacerlo.      
Imita y oculta. Esa imitación y ocultamiento están directamente vinculados a la mentira, son sus instrumentos.

La política construye caricaturas imitando a otros imitadores que tuvieron éxito en ese triste camino, imita autenticidad y cercanía. También indignación y convicciones. La mentira dejó de ser un accidente de la carrera por el poder para transformarse no solo en su combustible principal, sino en un medio que no difiere demasiado de su fin.

“Miente, miente, que algo quedará”.           
(Frase atribuida a Goebbels).

La política perfeccionó industrialmente esa lógica.

Asesores de imagen, encuestadores, especialistas en comunicación, fabricantes de discurso, analistas de datos, operadores digitales, expertos en emociones colectivas.

Ya no se gobierna solamente sobre los hechos de la realidad. 
También se gobierna sobre la percepción de esos hechos.

La política desarrolló una verdadera industria destinada a alterar la percepción de los votantes o de aquellos sobre los cuales busca ejercer influencia. Incorporó a sus filas profesionales altamente calificados, obsesionados con descubrir nuevas formas de afectar la percepción de la realidad para obtener beneficios para sus clientes.

Ustedes recordarán seguramente a Roy Cohn, abogado de Donald Trump y, según dicen los medios, una especie de mentor suyo. Roy Cohn era asesor de empresarios y políticos poderosos y no dudaba en utilizar cualquier medio para lograr sus objetivos. Y cuando digo cualquier medio, me refiero (según versiones de diferentes medios de comunicación), verdaderamente a cualquier medio.

Sus reglas eran simples:

• Atacar, atacar y atacar siempre. 
• No admitir nada y negarlo todo.   
• Reclamar la victoria incluso en la derrota.

La tercera quizás sea la más interesante. Ya no importa lo que ocurrió realmente. Importa imponer la percepción del triunfo.

El problema es que la mentira política no ocurre dentro de un escenario protegido por la ficción. Sus consecuencias son reales. El actor representa una muerte. El político puede producirla. El actor revela conflictos humanos. El político degradado explota esos conflictos para obtener obediencia, adhesión, votos y beneficios.

La actuación necesita verdad emocional y busca revelarla.       
La política actúa de manera exactamente contraria: oculta y miente, porque no puede mostrar la verdadera naturaleza de sus intenciones.

Habrán notado que casi todos los escándalos políticos funcionan igual. El público descubre algo que no debía conocer para que la caricatura política pudiera seguir funcionando. Un patrimonio imposible. Una fiesta privada. Una conversación. Un negocio oculto. Una fotografía inconveniente. Siempre se trata de algo que ya existía, pero debía permanecer en las sombras.

Porque el político teme a la verdad. La verdad destruye la caricatura creada. Y eso es todo. Sin caricatura no hay liderazgo, no hay épica, no hay enemigo, no hay espectáculo.

La política entendió algo decisivo: las personas preferimos una ficción emocionalmente satisfactoria antes que la incertidumbre de una verdad incómoda.

Entonces aparecen:

los relatos simples,  
los enemigos absolutos,       
las promesas imposibles,    
las indignaciones prefabricadas,    
la esperanza envasada.

El ciudadano deja de ser ciudadano.           
Se convierte en audiencia.

Y toda audiencia quiere que la función continúe.

Vivimos rodeados de políticos y de los efectos devastadores que producen sus imitaciones y mentiras para conquistar, conservar y mantener el poder. El teatro, aún en su peor versión, conserva su honestidad elemental, nunca intenta ocultar que es teatro.

Aunque quizás la diferencia más importante sea otra, en el teatro la obra siempre termina.

La política no.

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