Siempre me gustaron los gorros, y siempre me llamó la atención la etiqueta que traen que dice: “One size fits all”, algo así como: talla única. ¿De verdad puede existir algo que le quede bien a todo el mundo?
¨One size fits all¨
La sociedad parece pensar que sí. Durante siglos, ha funcionado bajo ese mismo principio: un solo molde para todos.
Ese molde tiene muchas formas, pero su lógica es siempre la misma: los mandatos sociales y el peso que ejercen sobre nosotros. No están escritos en ningún código civil. Nadie los votó en el parlamento. Pero operan con una fuerza silenciosa y muy persistente. Nos dicen cómo deberíamos vivir, qué desear, qué valorar y hasta qué tipo de vida se supone que debería hacernos felices. Cuando una vida no entra en ese molde, rara vez se cuestiona el molde. Se cuestiona a la persona.
En el marco del Día de la Mujer, pensé que el tema de cómo estos mandatos sociales nos marcan a las mujeres desde muy pequeñas y a lo largo de toda nuestra vida, era un concepto sobre el cual valía la pena reflexionar.
El peso invisible de los mandatos
Desde la Sociología, los mandatos pueden entenderse como parte de aquello que el sociólogo Émile Durkheim llamó hechos sociales: normas, creencias y expectativas que existen fuera de nosotros pero ejercen una presión real sobre nuestras conductas.
Durkheim señalaba algo fundamental: ¨Un hecho social se reconoce por el poder de coerción externa que ejerce sobre los individuos¨.
Es decir, aunque no nos obliguen formalmente, nos empujan a comportarnos de determinada manera si queremos ser aceptados por la comunidad. Y va un paso más allá todavía, ¨Cuando intento resistir estas reglas, ellas reaccionan contra mi¨. Es decir, por un lado está el poder que estos moldes ejercen sobre nosotros, pero si a pesar de ese condicionamiento, intentamos romper un mandato cultural, aparece la sanción social, que adopta distintas formas según cada comunidad.
El sociólogo Pierre Bourdieu profundizó esta idea con su concepto de habitus como ¨sistema de disposiciones duraderas y transferibles que orienta nuestras percepciones, pensamientos y acciones¨. Las internalizamos desde la infancia y terminan guiando nuestra forma de pensar, sentir y actuar (sin necesidad de coerción directa) hasta volverse ¨naturales¨.
La cultura está formada por valores, normas y significados que nos rodean y que con el tiempo se instalan profundamente en nosotros.
¿Cuántas veces nos hemos cuestionado una forma ampliamente aceptada culturalmente por ir en sentido opuesto a nuestro propio sentir? Y lo más increíble es que al mismo tiempo que surge la contradicción aparece la culpa o la falta de confianza en uno mismo.
Lo que es claro es que obedecemos mandatos sin siquiera reconocerlos como tales, desde niñas somos ¨moldeadas¨ para vivir, pensar, actuar de una determinada manera. Cuando queremos romper con ese molde, la sanción social no tarda en llegar en forma de comentario, chiste, reproche o incluso de manera más violenta como impedir determinada elección personal. Si se espera de vos que seas madre y dudas sobre si tener hijos es lo mejor para vos, ¿quién no escuchó esta frase? ¨te vas a arrepentir¨ o ¨mirá que se te va a pasar el cuarto de hora¨. La sanción social desaprueba, genera duda, socava la confianza personal, en fin, hace todo lo que puede para que ¨vuelvas a entrar en caja¨.
Increíblemente muchas veces la sanción social es ejercida por mujeres hacia otras mujeres amigas, familiares que ¨castigan¨ a quien cuestiona un determinado mandato cultural o social. Esto lo digo por experiencia personal y conversando con amigas y conocidas de distintas edades y generaciones, todas hemos pasado por alguna situación similar donde desviarse de lo que se esperaba de nosotras significó un distanciamiento o pérdida de amistades, lo que hoy conocemos como ¨cancelación¨. El desvío del mandato puede llegar a ser imperdonable. Como me dijo una gran amiga psicóloga, depende mucho de la madurez de cada grupo. En grupos que tienen mayor madurez, los cambios de una tienden a ser apoyados o comprendidos por el resto, mientras que en grupos donde las integrantes tienden a ser más infantiles o menos maduras, la cancelación llega rápidamente porque ese cambio rompe algo que las constituye y pone en duda al resto del grupo. La inseguridad e incertidumbre que trae romper un mandato es rechazado, resistido, y el cambio de rumbo de una es percibido por el resto como una ¨traición¨ hacia ese grupo de pertenencia, lo que puede llevar a su expulsión.
Cuando lo “natural” no es tan natural
La Antropología ayudó a desmontar una de las trampas más eficaces de los mandatos: la idea de que son “naturales”.
La antropóloga Margaret Mead mostró, estudiando distintas sociedades del Pacífico, que aquello que una cultura considera femenino o masculino puede variar enormemente entre comunidades. En algunas sociedades, por ejemplo, los hombres eran tiernos y cuidadores mientras las mujeres ocupaban roles de autoridad. En otras ocurría exactamente lo contrario. ¨Muchas de las diferencias que atribuimos a la naturaleza humana son en realidad producto de la cultura¨.
La conclusión era simple pero revolucionaria: lo que llamamos naturaleza muchas veces es cultura repetida durante demasiado tiempo hasta volverse incuestionable.
La repetición que nos construye
Desde la teoría de género, la filósofa Judith Butler planteó una idea que jaquea muchas certezas: el género no es algo fijo que simplemente “somos”. Es algo que hacemos una y otra vez. Según Butler, las normas sociales se sostienen porque repetimos comportamientos esperados. Actuamos, hablamos y nos movemos de formas que la cultura reconoce como “femeninas” o “masculinas”. “El género es la repetida estilización del cuerpo, un conjunto de actos repetidos dentro de un marco regulador rígido.” Butler plantea tres conceptos poderosos: el género se repite, hay un marco regulador, y ese marco regulador es rígido.
El problema aparece cuando esa repetición deja de ser una elección y se convierte en un estructura que nos ciñe a caminar por un sendero muy estrecho. Ahí aparece el mandato. ¿Cuán libres somos realmente cuando elegimos? ¿Elegimos un camino porque es lo que realmente deseamos o sin darnos cuenta adoptamos seguir el camino que se espera de nosotros?
Sudamérica y la persistencia de los moldes
En Sudamérica, los mandatos hacia las mujeres han cambiado mucho en las últimas décadas. Las transformaciones sociales, los movimientos feministas y el acceso masivo a la educación han ampliado horizontes que hace décadas parecían cerrados.Pero eso no significa que los moldes hayan desaparecido.Las sociedades cambian más rápido en las leyes que en las expectativas culturales.
Dos pensadoras latinoamericanas han trabajado con enorme lucidez estas tensiones. La antropóloga argentina Rita Segato ha analizado cómo las estructuras culturales siguen organizando jerarquías de género incluso cuando creemos haberlas superado. Sus trabajos muestran cómo muchas formas de violencia simbólica permanecen naturalizadas, invisibilizadas como parte de las expectativas sobre el comportamiento femenino. En este contexto, Segato plantea que los mandatos culturales no necesitan imponerse por la fuerza para limitar la libertad.
Por su parte, la feminista mexicana Marcela Lagarde ha estudiado profundamente los mandatos que históricamente han definido la identidad femenina en América Latina, particularmente aquellos asociados al sacrificio, el cuidado y la entrega permanente a los otros. Lagarde analiza esto a través de una idea muy poderosa: los “cautiverios” de las mujeres. No se refiere a cárceles físicas, sino a modelos culturales que limitan las posibilidades de vida de las mujeres. Se las ha definido principalmente a partir de su relación con otros: madres, esposas, cuidadoras, amantes, etc. ¨Las mujeres han sido culturalmente definidas como seres para otros¨: para los hijos, para la pareja, para la familia, para la comunidad, traducido a la vida cotidiana suena algo así como, ella es ¨la madre de¨, ¨la mujer de¨, ¨la amante de¨, ¨la hija de¨.
Ambas coinciden en algo fundamental: los mandatos no desaparecen fácilmente porque están profundamente incrustados en la cultura cotidiana, tejiendo los vínculos y el comportamiento diario.
Los mandatos más persistentes
Aunque adopten formas distintas según la época, algunos mandatos siguen apareciendo una y otra vez en la vida de las mujeres sudamericanas. Los mandatos surgen, mayormente, de una necesidad social, y conforme van cambiando esas necesidades a través del tiempo, los mandatos van transformándose o adaptándose a esas nuevas realidades. Entonces los mandatos que moldearon a las mujeres que hoy tienen más de 70 años, son distintos a los que operan sobre las mujeres que hoy tienen, por ejemplo, entre 50 y 60 años o entre 25 y 35 años. Haré un breve repaso de algunos de los mandatos más fuertes que han operado o que operan mayormente sobre las mujeres.
El mandato de la maternidad
Probablemente haya sido el más fuerte históricamente, hoy ha perdido algo de fuerza. Desde niñas escuchamos versiones de la misma idea: toda mujer, tarde o temprano, debería querer ser madre, como si su destino natural fuera ese por encima de cualquier otro. Desde una perspectiva histórica, la reproducción fue vista durante siglos como una condición para la continuidad misma de las comunidades humanas. En contextos donde guerras, epidemias o hambrunas podían diezmar poblaciones enteras, traer nuevos miembros al mundo era percibido como una forma de evitar la desaparición o el debilitamiento de la comunidad. Con el tiempo, esa necesidad colectiva se transformó en un mandato cultural que ubicó la maternidad como una expectativa central en la vida de muchas mujeres. Hoy el contexto es distinto: en sociedades con menor mortalidad y con profundas transformaciones económicas y sociales, las familias numerosas han dejado de ser una aspiración predominante para muchas personas.
No es casual que una mujer que dice que no quiere tener hijos todavía sienta que debe explicarse, como si estuviera rompiendo un contrato invisible. El deseo de maternidad puede ser profundamente auténtico para muchísimas mujeres. Pero cuando la cultura lo presenta como un destino obligatorio, deja de ser una elección y se convierte en un mandato.
Durante gran parte de la historia, este mandato atravesó la vida de las mujeres con muy poco espacio para ser cuestionado. Para muchas de las que hoy tienen más de 70 años, crecidas en contextos donde el rol predominante era el de ama de casa, la maternidad era prácticamente un destino social.
Entre las mujeres que hoy tienen entre 50 y 60 años comenzó a abrirse, lentamente, un espacio de cuestionamiento, impulsado entre otros factores por un mayor acceso a la educación universitaria y al desarrollo de carreras profesionales.
En las generaciones más jóvenes, por ejemplo, mujeres de entre 25 y 35 años, que hoy pueden estudiar, construir una carrera y aspirar a la independencia económica, el mandato todavía persiste, aunque con menor intensidad y con más posibilidades de ser discutido.
El mandato del cuidado
Otro de los mandatos más arraigados culturalmente es el del cuidado. Las mujeres cuidan hijos, cuidan padres, cuidan parejas, cuidan emociones, cuidan vínculos y cuidan el clima emocional de toda la familia, procurando su bienestar. Este es uno de los mandatos más persistentes y extendidos en la vida social, presente en distintas generaciones y sectores sociales.
El problema no es el cuidado en sí, sino la distribución desigual de esa responsabilidad. Cuando el cuidado se da por sentado como una obligación femenina, se vuelve invisible. Y lo invisible rara vez se reconoce, se cuestiona o se comparte. En familias con varios hijos, cuando los padres empiezan a ser mayores y necesitar de mayores cuidados, quienes habitualmente asumen la mayor carga de responsabilidad sobre sus cuidados son las hijas mujeres.
El mandato de la belleza
Otro molde persistente es el de la apariencia. La presión por mantenerse joven, flaca, y estéticamente atractiva atraviesa generaciones y clases sociales. La belleza femenina funciona muchas veces como una especie de examen permanente: uno que rara vez se aprueba del todo, dejando siempre una sensación de insatisfacción con la propia imagen. Lamentablemente ningún esfuerzo, presupuesto o disciplina parece alcanzar ese ideal inalcanzable.
Este mandato nos resta posibilidades, nos resta energía, nos agota y lo peor de todo es que a pesar de que racionalmente lo entendemos, esa imagen ¨ideal¨ no deja de influir sobre nuestra vida, ya sea persiguiendo ese ideal imposible como combatiéndolo.
El mandato de poder con todo
Este es un mandato más actual y, quizás, uno de los más agotadores. La mujer contemporánea debe tener una carrera, ser independiente económicamente, ser emocionalmente equilibrada, mantenerse atractiva, sostener vínculos afectivos saludables, cuidar a su familia y, si decide ser madre, hacerlo de manera ejemplar.
Es una actualización sofisticada del viejo mandato del sacrificio. Solo que ahora viene envuelto en discursos de empoderamiento. Este mandato creo que hoy nos afecta a las mujeres en general, especialmente a las que estamos laboralmente activas.
Cuando el molde se vuelve violencia
Los mandatos culturales tienen algo en común: pretenden que una sola forma de vida sirva para todas las mujeres, o por lo menos, a todas las mujeres de una comunidad o grupo de pertenencia.
Volviendo al ejemplo del gorro ¨One size fits all¨ (talla única), como si nuestras cabezas fueran idénticas y un mismo talle sirviera para todas. Como si nuestros deseos, talentos, ritmos y decisiones pudieran ajustarse perfectamente a un único diseño social. Cuestionamos la rigidez, cuestionamos la presión que ejercen los mandatos sobre nosotras, y muchas veces, sin darnos cuenta, los perpetuamos.
Algunas mujeres quieren ser madres. Otras no. Algunas priorizan carreras profesionales. Otras no. Algunas eligen la independencia económica. Otras priorizan la vida familiar por encima de todo lo demás. Algunas cuidan, otras crean, lideran, forman, luchan.
Durante años escuchamos hablar del “techo de cristal”: ese límite invisible que impide avanzar aunque nadie diga explícitamente que no se puede.
Muchas mujeres lo han experimentado en el mundo laboral pero aplicaría a cualquier ámbito donde se experimenta ese tipo de limitación.
La diversidad no es una falla del sistema: aporta riqueza a nuestra vida, distintas formas, distintos colores, distintas visiones, distintos ideales. Tener la claridad para reconocer los mandatos que nos rodean es un primer paso, pero enfrentarlos no siempre es sencillo. A menudo implica tensiones con la cultura en la que vivimos y con las expectativas de quienes nos rodean.
El discurso del empoderamiento femenino es relativamente reciente y, en muchos sentidos, las mujeres hemos logrado avanzar sobre limitaciones impuestas y también sobre algunas interiorizadas. Sin embargo, el verdadero poder no reside solo en la posibilidad de decidir, sino en poder sostener esa decisión incluso cuando implica cuestionar normas profundamente arraigadas. Erradicar la culpa, la duda y la falta de confianza, todo aquello que limita nuestro potencial, es parte de ese proceso. También lo es identificar esas formas de violencia silenciosa que a veces nos empujan a vivir una vida que no queremos.
Abrazar un mandato porque coincide genuinamente con quien sos es válido. También lo es descartarlo cuando se convierte en una fuente de sufrimiento. En última instancia, de eso se trata: de poder elegir, con conciencia y valentía, cómo queremos vivir, sin que los mandatos sociales sustituyan nuestra propia decisión.
- Emile Durkheim ¨Las reglas del método sociológico¨ (1895).
- Pierre Bourdieu ¨El sentido práctico¨ (1980).
- Margaret Mead ¨Male and female¨ (1949).
- Rita Segato ¨Las estructuras elementales de la violencia¨ (2003).
- Marcela Lagarde ¨Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas¨ (1990).
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