Durante mucho tiempo creí que cambiar mis opiniones cuando dejaban de funcionar en la realidad y frente a la evidencia, era la manera más racional de crecer como persona. Lo sigo valorando como método de exploración, sin embargo, con los años fui entendiendo que una persona puede modificar sus opiniones muchas veces y, aun así, seguir percibiendo el mundo desde el mismo lugar. Algo más profundo permanece. Algo que no suele discutirse, que rara vez se vuelve explícito, pero que organiza todo lo demás. A eso lo llamaremos en el contexto de esta columna, “punto de vista”.
En términos académicos, lo que aquí llamo punto de vista se aproxima a lo que Pierre Bourdieu definió como habitus: una estructura internalizada que organiza percepciones, juicios y acciones sin necesidad de pasar por la conciencia. Puede pensarse también como una estructura de sentido: el conjunto de reglas implícitas que hacen que el mundo resulte comprensible, relevante o intolerable para una persona.
No se trata de lo que alguien dice pensar, sino del lugar desde el cual piensa, siente y actúa.
La psicología cognitiva habla de esquemas; otras tradiciones, de marcos interpretativos. Cambian los nombres, no el fenómeno: existe una organización previa que condiciona qué vemos, qué ignoramos y cómo reaccionamos frente al mundo.
Llamarlo “punto de vista” es un error que asumimos, no es un punto fijo desde el cual se mira el mundo, se trata de una estructura interna de sentido hecha de experiencias tempranas, aprendizajes sociales, lenguaje disponible, afectos, expectativas y límites.Que opera todo el tiempo. Sin embargo, mantenemos el término porque es familiar, intuitivo y permite comunicar la idea con rapidez: sirve como puente entre un concepto complejo y la experiencia cotidiana del lector.
Por eso conviene ser precisos desde el comienzo. El punto de vista no es una opinión. Las opiniones son explícitas, discutibles, revisables. El punto de vista es anterior a ellas. Es la condición que hace posibles esas opiniones. Tampoco es una ideología en sentido estricto. Las ideologías pueden adoptarse o abandonarse con relativa conciencia. El punto de vista, en cambio, funciona en gran medida antes de que la conciencia reflexiva intervenga.
Dicho de manera directa, el punto de vista es la estructura que organiza cómo percibimos, cómo interpretamos y qué cosas nos resultan relevantes o irrelevantes.
No decide solo qué pensamos, sino desde dónde ese pensamiento se vuelve posible. Y, sobre todo, no es neutral. Nunca lo fue.
Siempre sentí pasión por las discusiones, por el intercambio de argumentos y, sobre todo, por aquellas personas que tenían gran habilidad para debatir. Sin embargo, con el tiempo empecé a notar que, cuando los debatientes no son profesionales en la materia que discuten, aquellos que han estudiado, preparado y planificado el tema, las conversaciones entre personas comunes suelen ir por otro lado. Si uno observa con atención, puede notar cómo se excitan, enojan, se violentan o adoptan posiciones excesivamente intensas, extremas o persecutorias hacia otros, posiciones que no coinciden ni con la persona ni con la realidad de su vida. En estos casos, muchas veces resulta evidente, aunque no siempre sea sencillo detectarlo, que la discusión no está guiada por lo que se debate en sí mismo, sino por la activación que el tema provoca en los conflictos internos que forman parte de la estructura del punto de vista de cada participante. El primer obstáculo para darse cuenta de la presencia de estos otros elementos en la conversación son nuestros propios conflictos internos, que buscan ganar terreno y posicionarse en la discusión. Por eso, en general, no escuchamos al otro con atención: más bien, construimos nuestras respuestas mientras intentamos afirmar nuestra posición.
Incluso la idea de neutralidad pertenece a un punto de vista específico. Donna Haraway lo mostró con claridad al desmontar la fantasía de una mirada objetiva que observa el mundo sin estar situada. No existe una visión desde ninguna parte. Toda mirada está encarnada, localizada, atravesada por condiciones históricas y materiales. Negar ese hecho no nos vuelve más objetivos. Solo nos vuelve menos conscientes del lugar desde el que hablamos.
Hasta acá, podríamos pensar que el punto de vista es algo que el yo posee. Pero ese supuesto empieza a tambalear cuando avanzamos un poco más. La investigación contemporánea en filosofía, sociología y ciencias cognitivas converge en una idea inquietante: el yo no preexiste al punto de vista desde el cual percibe el mundo. Se constituye en ese mismo acto.
No es que primero exista un yo completo y luego ese yo adopte una manera de mirar. El yo se organiza a través de esa manera de mirar. El punto de vista no es un accesorio del yo. Es su modo de funcionamiento.
Esto se vuelve más claro si dejamos de pensar el yo como una cosa y empezamos a pensarlo como un proceso. Francisco Varela, junto con Evan Thompson y Eleanor Rosch, propuso entender el yo como una coherencia dinámica que emerge de la interacción entre cerebro, cuerpo y entorno. El yo no es una entidad fija que observa el mundo desde afuera. Se produce continuamente en la relación con el mundo.
En ese marco, el punto de vista cumple una función central. Selecciona qué información cuenta y cuál no. Organiza prioridades. Anticipa escenarios. Asigna valor emocional a lo que ocurre. Permite que la experiencia no sea un caos, sino una trama más o menos coherente. Todo eso sucede, en gran parte, sin deliberación consciente.
Dicho sin metáforas técnicas, el punto de vista es la estructura operativa del yo. No es el yo mismo, pero es lo que permite que el yo exista como continuidad. Cuando esa estructura se mantiene estable, sentimos que somos “los mismos”. Cuando empieza a transformarse, esa sensación se resquebraja.
Esto explica una diferencia clave que solemos pasar por alto. Cambiar de opinión no es transformar el punto de vista. Una persona puede revisar sus posiciones políticas, éticas o científicas sin que se altere la estructura profunda desde la cual interpreta el mundo. Puede llegar a conclusiones distintas usando los mismos criterios de relevancia, los mismos límites de lo pensable, las mismas jerarquías implícitas.
En esta instancia quiero ser lo mas preciso posible para establecer la diferencia entre los términos cambiar y transformar utilizados en esta columna. Cambiar no es lo mismo que transformarse.
El cambio opera sobre ideas, posiciones o conductas; la transformación, en cambio, reorganiza la estructura desde la cual esas ideas se vuelven posibles.
Podemos cambiar muchas veces y seguir mirando el mundo desde el mismo lugar. Solo cuando se modifica la estructura de sentido que organiza nuestra percepción y nuestras emociones puede hablarse, con propiedad, de transformación.
En la vida personal ocurre algo análogo. El punto de vista no se cambia por decisión. No es un acto de voluntad ni una elección racional directa. Su transformación suele ser lenta, acumulativa y, muchas veces, involuntaria. La conciencia puede colaborar, resistirse o acompañar el proceso, pero no lo controla por completo.
Pierre Bourdieu llamó habitus a ese conjunto de disposiciones duraderas que orientan la percepción y la acción sin pasar por la reflexión explícita. El habitus no dicta cada conducta, pero delimita el espacio de lo posible. Define qué resulta natural, qué parece extraño, qué se siente fuera de lugar. En términos prácticos, organiza la experiencia cotidiana.
Cuando las condiciones que sostienen ese sistema dejan de funcionar, el punto de vista empieza a fisurarse. El mundo ya no responde como antes. Viejas certezas pierden eficacia. Aparece una incomodidad difícil de nombrar. No es solo que cambien las ideas. Cambia la forma misma en que esas ideas se ordenan.
Desde la neurociencia cognitiva, esta idea encuentra respaldo en modelos que entienden el yo como un sistema predictivo. Thomas Metzinger, por ejemplo, sostiene que el yo es un modelo que integra percepción, memoria, emoción y anticipación para mantener la coherencia de la experiencia. Ese modelo opera de manera transparente. No lo vemos como modelo. Lo vivimos como “yo”.
Cuando ese modelo se transforma, no decimos simplemente que cambiamos de opinión. Decimos algo más radical: que ya no somos los mismos. Y no es una exageración retórica. Es la descripción de un cambio en la estructura que organiza la experiencia en primera persona.
Por eso las transformaciones profundas rara vez se viven como un triunfo intelectual. Se viven como una pérdida de estabilidad.
Algo deja de encajar. El mundo no se vuelve incomprensible, pero sí menos dócil. Cambia lo que nos afecta, lo que nos parece relevante, lo que dejamos pasar sin darnos cuenta. Cambia el tono emocional con el que habitamos la realidad.
Nada de esto es políticamente neutro. Si el punto de vista organiza lo visible y lo pensable, entonces disputar los puntos de vista dominantes es disputar poder. Michel Foucault mostró que el poder no opera solo prohibiendo, sino produciendo marcos de verdad. Define qué es razonable decir, qué cuenta como conocimiento y qué queda fuera del campo de lo pensable.
Cuando una sociedad presenta un punto de vista como sentido común, lo que hace es ocultar su carácter histórico. Lo vuelve invisible como punto de vista. Y lo invisible es difícil de cuestionar.
Reconocer que el lugar desde donde miramos no es neutral no nos conduce al relativismo ni al cinismo. Nos conduce a la responsabilidad. No se trata de aspirar a una mirada pura, sino a una mirada consciente de sus propias condiciones. La objetividad, si existe, no consiste en negar el punto de vista, sino en hacerlo explícito.
Tal vez ahí se juegue una forma más honesta de transformación personal. No en acumular opiniones correctas, sino en atender a los movimientos, lentos y a veces incómodos, de la estructura desde la cual esas opiniones se vuelven posibles. Transformar el punto de vista no es adoptar otra mirada. Es reconfigurar el modo en que el yo se organiza a sí mismo.
Formar un punto de vista de manera intencional no es simplemente cambiar de opinión; es organizar, en el caso de niños, o reorganizar, en el caso de adultos, la estructura interna que determina cómo percibimos, interpretamos y valoramos el mundo. Requiere primero reconocer la propia perspectiva: los prejuicios, las jerarquías de relevancia, los patrones de interpretación y los filtros que condicionan nuestra atención. A partir de allí, podemos definir un marco consciente, elegir un propósito y decidir qué valores guiarán nuestra mirada. La exposición deliberada a nuevas experiencias, lecturas, diálogos y reflexiones nos obliga a enfrentar lo inesperado y desafiar nuestras certezas, mientras que entrenar la atención y reconfigurar cómo asignamos importancia y emoción a lo que percibimos permite que la estructura del punto de vista se transforme. Esta transformación no ocurre de inmediato: requiere práctica sostenida y reflexión continua, y sucede en un espacio que va más allá de la pura conciencia, aunque la conciencia puede acompañarla y potenciarla. Formar un punto de vista intencional es, en cierto modo, reorganizar el “algoritmo” del yo, para que nuestra experiencia del mundo sea coherente con la intención y los valores que elegimos cultivar, en lugar de quedar a merced de impulsos, hábitos o conflictos internos no examinados.
El mundo no se nos aparece tal como es. Se nos aparece tal como podemos verlo. Y ese poder ver, que parece tan íntimo, nunca es neutral.
• Bourdieu, Pierre. Outline of a Theory of Practice. Cambridge University Press, 1977.
Fundamental para comprender el concepto de habitus como estructura de disposiciones que orienta percepción y acción más allá de la conciencia reflexiva.
• Foucault, Michel. Discipline and Punish: The Birth of the Prison. Vintage Books, 1975.
Desarrolla la idea de poder como productor de marcos de verdad y regímenes de visibilidad, clave para pensar el punto de vista como cuestión política.
• Haraway, Donna. “Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective.” Feminist Studies, vol. 14, no. 3, 1988, pp. 575–599.
Texto central para la crítica de la neutralidad y la noción de conocimiento situado.
• Kuhn, Thomas S. The Structure of Scientific Revolutions. University of Chicago Press, 1962.
Introducción del concepto de cambio de paradigma como reorganización profunda de lo visible y lo pensable.
• Merleau-Ponty, Maurice. Phenomenology of Perception. Routledge, edición en inglés, 2002 (original 1945).
Base filosófica para entender la percepción como relación activa y encarnada con el mundo.
• Varela, Francisco J., Thompson, Evan, y Rosch, Eleanor. The Embodied Mind: Cognitive Science and Human Experience. MIT Press, 1991.
Aporta el marco de la cognición encarnada, clave para pensar la transformación del punto de vista más allá del mero cambio racional.
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