La complejidad no es dificultad.
Hay problemas extremadamente difíciles que, sin embargo, pueden ser formulados con precisión. Exigen conocimiento, tiempo o capacidad técnica, pero su estructura es estable: el problema puede definirse sin alterarse en el intento, y la dificultad aparece en la resolución.
Un problema es complejo cuando no se presenta como totalidad y, más aún, cuando no puede ser fijado como tal sin ser transformado. No porque falte información, sino porque su estructura está hecha de interdependencias que no permanecen estables al ser descritas. En esos casos, la dificultad no aparece primero en la solución, sino antes: en la imposibilidad de formular el problema sin reducirlo.
Esto no significa que no accedamos a él. Accedemos, pero de manera fragmentaria. Cada fragmento puede ser descrito con rigor, incluso con precisión. Y, sin embargo, esa precisión no resuelve el problema. Lo desplaza. Porque el problema no está contenido en ninguna de esas partes, ni siquiera en su suma.
Aquí es donde la teoría de sistemas introduce una diferencia que no es evidente en una primera aproximación: el comportamiento del conjunto no se explica por las partes, sino por las relaciones entre ellas. Las interacciones, las retroalimentaciones y las dinámicas que emergen de ese entramado no están disponibles desde ningún punto aislado de observación. No se trata simplemente de que no las veamos completas. Es que no están dadas como algo que pueda ser visto desde un lugar único.
Esto vuelve insuficiente cualquier intento de reconstrucción por acumulación. No alcanza con agregar más datos, más variables o más perspectivas. La estructura del problema no se recompone sumando fragmentos, porque no es aditiva. Es relacional.
El lenguaje, sin embargo, opera de otro modo. Está construido sobre la secuencia, la continuidad y la estabilización de términos. Para poder decir, necesita fijar. Para poder fijar, necesita reducir. Esa operación no es un defecto, es una condición de posibilidad. Sin ella no habría comprensión ni decisión posible.
Pero cuando se enfrenta a problemas cuya estructura es dinámica, interdependiente y no lineal, esa misma operación introduce un desplazamiento. Lo que se formula ya no coincide con aquello que se intenta describir. No porque esté mal dicho, sino porque el acto de pretender asimilarlo por medio del lenguaje lo fragmenta, reduce y distorsiona.
Por eso, antes de cualquier intento de resolución, aparece un problema más básico: no sabemos con precisión a qué nos referimos cuando creemos haber definido el problema. No porque no pensemos lo suficiente, sino porque la forma en que pensamos exige una estabilización que la complejidad no admite sin pérdida.
En ese punto, el pensamiento no falla. Hace lo que puede hacer.
Tiende a simplificar. No por error, sino por estructura. Reemplaza configuraciones difíciles de sostener por otras más manejables, selecciona variables, organiza relaciones, construye una versión del problema que permite operar. Ese mecanismo, ampliamente documentado en el estudio del juicio y la decisión, no distingue entre tipos de problemas. Funciona igual frente a situaciones estructuralmente distintas.
La simplificación, entonces, no es una elección. Es una condición de operación de nuestro cerebro.
Pero tampoco ocurre en el vacío. Ocurre en el lenguaje. Y el lenguaje no solo organiza lo que se piensa, sino también lo que puede ser dicho y compartido. No todo lo que se percibe encuentra forma en palabras. Y lo que no encuentra forma queda fuera de la formulación efectiva del problema.
Ahí aparecen las conversaciones ausentes.
No como omisiones accidentales, sino como zonas del problema que no pueden ser integradas sin ser transformadas. No es que no se digan porque se ignoran. Es que no se dicen porque decirlas exige convertirlas en algo que ya no es lo mismo.
Esto no es un límite externo al proceso de conocimiento y decisión. Es parte de su funcionamiento.
Las decisiones no se toman sobre la totalidad del problema, sino sobre una versión de él que ha sido previamente filtrada por lo que puede ser formulado de manera relativamente estable. Esa versión no es falsa. Pero es necesariamente incompleta.
El resultado no es un error puntual, sino un patrón.
El problema irrumpe a través de alguno de sus efectos. Se lo intenta definir a partir de ese fragmento. Se construye una formulación operativa. Se interviene. Y el problema resiste. No porque no haya sido abordado, sino porque lo que fue abordado no agota su estructura.
La resistencia no es accidental. Es constitutiva. Y esto no se limita a sistemas externos o abstractos.
En la experiencia humana, la complejidad aparece con mayor intensidad. En el ser humano aparece el mayor grado de complejidad presente en la existencia y, sobre todo, en la dinámica de las relaciones; la estructura misma de la experiencia no puede ser fijada sin un necesario empobrecimiento. La pérdida, la relación con otros, la finitud, no son problemas en el sentido clásico. No admiten una formulación estable que los capture sin reducirlos.
La mente, como expresión integrada del funcionamiento del cerebro humano, se encuentra entre los aspectos menos conocidos de la existencia, y esto está directamente ligado a su complejidad.
La mente intenta ordenar la experiencia humana. Construye secuencias, busca causalidades, organiza relatos. Necesita algún tipo de organización para representar la experiencia; de lo contrario, no podría sostenerse como eje de nuestro funcionamiento.
Esa organización es necesariamente parcial.
Deja fuera aquello que no puede ser integrado sin ser transformado (adaptar la experiencia al lenguaje). Lo que queda fuera no desaparece. Permanece como parte activa de la experiencia, aunque no esté formulado. Por eso se dan relaciones como que podemos percibir que algo funciona de otra manera, pero no podemos explicar cómo.
En ese punto, la simplificación es una condición necesaria para ser parte y habitar la experiencia.
La matemática aparece, entonces, como un intento distinto. No describe en el mismo sentido en que lo hace el lenguaje. No necesita estabilizar términos narrativos. Puede construir estructuras formales que sostienen relaciones simultáneas, dinámicas y no lineales. Permite representar configuraciones que no pueden ser dichas sin perderse.
Pero esa representación es formalización simbólica.
La matemática no elimina la complejidad. La simboliza bajo una forma que permite operar sobre ella. Y, al hacerlo, introduce otra separación: entre quienes pueden acceder a esa formalización y quienes no, y entre la estructura formal del problema y la experiencia que intenta capturar.
Los que acceden al lenguaje de las matemáticas pueden acceder a los símbolos necesarios para establecer el estudio de la complejidad con instrumentos adaptados a tal fin; entonces accedemos a una representación simbólica de la complejidad material. Pero todos sabemos que el 99,9% de la humanidad no practica este lenguaje en los términos necesarios para relacionarse con la complejidad.
La mayoría usufructuamos los beneficios de la relación de un grupo muy reducido con la complejidad: viajamos en avión, nos comunicamos a grandes distancias, estamos protegidos contra enfermedades que antes fueron letales, accedemos a sistemas de alta tecnología como la inteligencia artificial, etc., pero lo hacemos como si usáramos una olla de cocina, con un mecanismo simple de acceso a nuestro alcance que nos enseñaron cómo funciona.
No fuimos nosotros quienes enfrentamos la complejidad, sino unos pocos, y eso nos coloca a nosotros, al resto, a una distancia cognitiva abismal entre quienes enfrentaron la complejidad y quienes solo operamos con los resultados.
Y, sin embargo, el hecho de que esa relación exista, aunque sea en unos pocos, deja abierta otra posibilidad: no como excepción, sino como señal de algo que podría, en algún punto, volverse parte de nuestras capacidades.
La complejidad queda, a los efectos de su interpretación, distribuida.
Como experiencia que no puede ser completamente formulada, como estructura formal que puede ser modelada y, en el medio, como problema que no puede ser definido sin ser reducido.
Las conversaciones ausentes establecen un espacio-estado no conocido.
En lo referido a la individualidad de la persona, todo lo que hemos venido analizando tiene un peso determinante.
Esas conversaciones ausentes no indican simplemente lo que falta decir, sino lo que no pudo ser dicho porque no existió la forma de procesar esa información para hacerla lenguaje.
Indican el punto en el que el lenguaje deja de corresponder con la experiencia, por lo cual con nuestra realidad percibida y, en definitiva, con la estructura del problema.
Si ustedes exploran el concepto de conversaciones ausentes, se van a dar cuenta de que allí operan los efectos recortados y suprimidos de la complejidad de nuestra experiencia y de nuestro funcionamiento como personas (personalidad) y, por otro lado, se consolida como el espacio-estado de donde surgen los efectos de todo lo que experimentamos como faltante.
Por eso creo que el estudio y la relación con la complejidad, y no solamente con los problemas complejos, son factores imprescindibles para la transformación del individuo y de la sociedad en su conjunto.
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