Vivir aturdidos

La autora reflexiona sobre cómo el ruido exterior y la rumiación interior colonizan nuestra experiencia cotidiana, afectando la percepción, el vínculo con los otros y la posibilidad de estar presentes en nuestras propias vidas.

Vivir aturdidos

Hay algo que perdemos cuando el ruido no da tregua. No hablo solo del ruido que se escucha, sino del que se instala adentro: una rumiación de pensamientos diversos que se repiten y actúan en forma circular, capturan la atención, erosionan el foco y afectan la percepción. Yo lo llamo “la radio interior”.

Vivimos rodeados de un sinfín de estímulos: sonidos, pantallas, redes sociales, y en general, de eventos agresivos, diversos y constantes. Motos y autos que, a su paso, dejan una estela de estruendo producto de su alta velocidad, un ruido que resuena durante todo su recorrido, afectando a muchas personas y, por supuesto, al propio conductor. Músicas que se nos obliga a escuchar a un volumen lacerante, como si el volumen fuera, para muchos, la escala con la que se mide cuánto nos estamos divirtiendo. Porque, como todos sabemos, “si los otros no me ven divertirme, no hubo diversión”.

El espacio es el ámbito donde se entrelazan lo material, lo mental, lo sensible y lo social; una trama compleja a través de la cual nos encontramos con los otros. Portador de una riqueza y una significación todavía inexploradas, solemos, sin embargo, tratarlo como si fuera un basurero.

Todo parece diseñado para que no haya pausa, para que no haya silencio nunca.

Y, sin embargo, cuando el ruido cesa, aunque sea por un momento, lo que aparece no siempre es calma. A veces es inquietud. Ansiedad. Una sensación de vacío difícil de nombrar. La cabeza, casi inmediatamente, busca escaparse: agarrar el teléfono, prender algo, abrir la computadora, llenar el espacio ¨vacío¨ con cualquier cosa. No porque eso sea placentero, sino porque quedarse ahí, en ese silencio, resulta incómodo, amenazante.

Desde hace tiempo analizo el aturdimiento no como un exceso, sino como una forma de huida. Esta idea no es nueva, grandes mentes han trabajado sobre este concepto.  Desde la psiquiatría existencial, Viktor Frankl habló del vacío de sentido y de cómo, cuando ese sentido se debilita, proliferan conductas evasivas que no buscan felicidad, sino alivio. No huimos del silencio porque no sepamos qué hacer con el tiempo, sino porque en el silencio aparecen preguntas que no tienen respuesta rápida. Preguntas sobre el sentido, sobre lo que hacemos, sobre lo que evitamos, sobre lo que nos duele y no queremos enfrentar. Cuando ese sentido falta o se vuelve difuso, cualquier distracción sirve. El ruido no nos ayuda a responder ninguna de nuestras preguntas, de hecho, impide que podamos hacerlo.

En una línea cercana, Erich Fromm observó cómo las sociedades modernas desarrollaron una verdadera incapacidad para estar a solas. El entretenimiento constante, el consumo, la ocupación permanente funcionan como anestesia emocional. No porque seamos superficiales, sino porque estar con uno mismo, sin estímulos, se volvió difícil.

El aturdimiento, en ese sentido, no es solo individual: es cultural.

En lo cotidiano vemos este fenómeno todo el tiempo. En la dificultad para estar a solas sin hacer nada. En la incomodidad frente a una habitación silenciosa. En la necesidad de música constante, incluso cuando no se la escucha realmente. En la imposibilidad de sostener una conversación sin mirar el teléfono. Como si el silencio fuera un error que hay que corregir rápido, como si fuera un mal que hay que combatir para evitar que se instale.

Pero el silencio no es un error, no es una falla. Es un umbral.

Desde la psicología contemporánea, autores como Gabor Maté vienen señalando algo clave: muchas formas de evasión son intentos de regular un sistema nervioso sobrecargado. El ruido, la velocidad, la distracción constante funcionan como calmantes improvisados. El problema es que cuanto más los usamos, menos tolerancia tenemos al silencio. Y cuanto menos toleramos el silencio, más lo evitamos, lo que se vuelve un círculo difícil de romper.

Vivimos en una cultura que acelera para no sentir.

El sociólogo Hartmut Rosa habla de una aceleración constante que impide la resonancia: una relación viva con el mundo, con los otros y con uno mismo. Todo va rápido, pero nada termina de tocarnos. Pasamos por las cosas sin encontrarnos realmente con ellas.

Byung-Chul Han, desde la filosofía social, describe esta saturación como una forma de autoexplotación. No hay silencio porque el silencio no produce. No hay pausa porque la pausa no rinde.

Pero sin silencio no hay encuentro con uno mismo, y sin ese encuentro no hay encuentro posible con el otro, con los otros; no hay comunidad, solo una convivencia ruidosa y fragmentada.

Esa forma de vivir y convivir, llena de ruido y fragmentación, dificulta y socava la atención. Nos impide percibirnos a nosotros mismos y a nuestro entorno. Y sin atención, perdemos algo esencial. Cuando no hay atención, cuesta reflexionar, cuesta resolver problemas, terminamos reaccionando a los estímulos que nos impactan, actuamos guiados por el instinto sin que medie razonamiento alguno, lo que nos puede llevar a un lugar muy distinto al que queremos ir.

Cuando vivimos aturdidos, la atención se rompe, de ahí la irritabilidad, la impaciencia, la dificultad para la cordialidad cotidiana. No necesariamente por mala intención, sino por agotamiento interior.

El ruido, entonces, no es neutro. A veces se vuelve una forma de imposición. Ocupa el espacio, invade, no pregunta ni pide permiso. Como si decir “acá estoy” necesitara hacerse a los gritos para lograr romper la barrera de la invisibilidad social.

En una sociedad donde muchos no se sienten vistos ni escuchados, el ruido se vuelve la forma más inmediata y más pobre de hacerse notar. 

Desde otra perspectiva, Martin Heidegger habló de la distracción permanente y de la “habladuría”, ese hablar constante, superficial y repetido que evita el silencio, como formas de huir de la responsabilidad de existir. Vivir aturdidos es vivir en la superficie, sin detenerse a hacerse cargo de las propias preguntas. No porque no sepamos pensar, sino porque evitamos detenernos. El detenernos nos obliga a enfrentar aquello de lo que huimos.

Hay una paradoja difícil de ignorar: huimos del silencio para no encontrarnos con lo que duele, pero en esa huida perdemos las herramientas que podrían ayudarnos a transformarlo. Sin silencio no hay elaboración. Sin atención no hay cambio. El aturdimiento produce alivio inmediato, más ruido para que nada cambie.

No se trata de idealizar el silencio. El silencio no siempre es una experiencia agradable. A veces, y por medio de la constancia, permite que podamos tomar contacto con nuestro cansancio, tristeza, miedo, angustia y otros estados anímicos que habitan en nosotros. Pero también es el único lugar donde algo nuevo puede surgir. Allí aparece un tipo de verdad menos espectacular, pero propia. Tal vez por eso el silencio nos asusta tanto. Porque no garantiza nada. No anestesia. No distrae. Simplemente permite que se pueda percibir reduciendo la interferencia. Y lo que percibimos no siempre coincide con la imagen que sostenemos de nosotros mismos o de nuestra vida. Aparecen preguntas que no tienen respuesta fácil. Aparecen cansancios que no se resuelven durmiendo más. Aparecen deseos postergados, duelos no hechos, contradicciones.

No tengo un manual para lidiar con mi propio ruido, esa radio interna que tanta presencia tiene a veces, y mucho menos un manual para lidiar con el ruido exterior, ese que inunda los espacios sin pedir permiso. Pero estoy segura de que algo importante se juega ahí, en esa frontera entre el ruido y el silencio, en ese paréntesis que a veces logro vislumbrar. Ese espacio que crea la posibilidad de preguntarnos qué estamos evitando cuando no paramos. Qué perderíamos, o qué ganaríamos, si bajáramos un poco el volumen y la velocidad y todo otro estímulo que nos mantenga enchufados, aturdidos y corriendo de un lado para el otro. Qué pasaría si pudiéramos abrir un paréntesis que nos permitiera mirarnos y mirar a nuestro alrededor, sin ruido, solo atención.

Tal vez no se trate de vivir en silencio, sino de recuperar la capacidad recurrir a él. De no necesitar anestesia permanente para seguir. De volver a escuchar, no solo sonidos, sino sentidos. Porque lo que perdemos cuando vivimos aturdidos no es solo calma. Es profundidad. Es sutileza. Es vínculo. Es apreciar belleza en uno y en lo que nos rodea.

Fuentes y bibliografía

• Frankl, Viktor. El hombre en busca de sentido. Herder.
• Frankl, Viktor. La voluntad de sentido. Herder.
• Fromm, Erich. El arte de amar. Paidós.
• Fromm, Erich. Tener o ser. Fondo de Cultura Económica.
• Maté, Gabor. En el reino de los fantasmas hambrientos. Vergara.
• Maté, Gabor. El mito de la normalidad. Vergara.
• Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder.
• Han, Byung-Chul. La desaparición de los rituales. Herder.
• Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Herder.
• Rosa, Hartmut. Aceleración social. Katz.
• Rosa, Hartmut. Resonancia. Katz.
• Heidegger, Martin. Ser y tiempo.
• Heidegger, Martin. Carta sobre el humanismo.

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