Hubo un tiempo, no tan lejano, en que entregar un celular a un hijo parecía una forma de cuidado. Servía para saber dónde estaba, si había llegado bien, si necesitaba algo, básicamente permitía estar comunicados. También funcionaba como una llave de acceso: al grupo, a la conversación, a un entorno social que ya transcurría en gran parte detrás de una pantalla. Para muchas familias, no dar ese paso podía sentirse casi como dejarlo afuera del mundo, decisión que no estaba exenta de contradicción para muchos padres.
Después llegó la alarma. Se habló de adicción, de ansiedad, de aislamiento, de la fragmentación de la atención, de trastornos del sueño, de acoso, de violencia, de una infancia secuestrada por dispositivos luminosos y notificaciones interminables. Recreos
silenciosos, niños capturados por sus pantallas. Durante años, la discusión osciló entre dos extremos conocidos: la fascinación ingenua por toda novedad tecnológica y el diagnóstico apocalíptico de que la infancia en el mundo digital estaba perdida.
Tal vez esa etapa esté empezando a quedar atrás.
Algo cambió en el debate público. Ya no alcanza con preguntar cuántas horas pasan los chicos frente a una pantalla. La conversación empezó a desplazarse hacia cuestiones más incómodas y más precisas: qué tipo de plataformas usan, cómo están diseñadas, qué incentivos ofrecen, qué datos recogen, qué vulnerabilidades explotan, qué contenidos empujan.
Durante mucho tiempo el foco del debate estuvo puesto casi exclusivamente en las familias: padres atentos o distraídos, límites firmes o laxos, hogares presentes o ausentes. Se produjeron eventos mediáticos que giraron el foco de responsabilidad hacia las empresas tecnológicas, como fue el caso de los testimonios de una ex empleada de Facebook, quien en 2021 filtró documentos internos a los medios sobre cómo la empresa había repetidamente priorizado su propio crecimiento por encima de la seguridad de los usuarios. Estas revelaciones iniciaron una nueva etapa en la que las empresas tecnológicas y especialmente las redes sociales, comenzaron a ser cuestionadas. Estas empresas compiten por capturar la atención infantil y juvenil con herramientas desarrolladas para resultar irresistibles, llevadas al extremo, adictivas. El planteo de exigirles autocontrol a los chicos frente a tecnologías
diseñadas por adultos para retenerlos el mayor tiempo posible comenzó a ser poco realista a la vez que poco efectivo porque justamente están diseñadas para capturar, hasta podríamos decir ̈ secuestrar y retener su atención.
Mientras tanto, varios países en el mundo y especialmente en Europa comenzaron a intervenir. Escuelas que restringen celulares en clase, gobiernos que revisan edades mínimas de acceso, organismos que exigen mayor protección de datos o discuten responsabilidades de las plataformas. No porque internet sea un enemigo a derrotar, sino porque ya no resulta razonable ni saludable tratarlo como un territorio exento de reglas.
En muchos casos, los cambios positivos más visibles producto de las regulaciones fueron reveladores: más atención en el aula, menos interrupciones, recreos con mayor interacción cara a cara, juegos y risas, docentes que recuperan margen para enseñar sin competir contra una pantalla encendida en cada pupitre. Nada milagroso. Apenas recordatorios de que ciertas condiciones importan y pueden hacer una diferencia positiva.
Uruguay observa estas discusiones con algunos pasos de demora. Aquí todavía abundan las posiciones binarias: prohibir o liberar, demonizar o minimizar, nostalgia analógica o entusiasmo automático. Sin embargo, el desafío parece exigir algo menos vistoso y más difícil: pensar y enfrentar desde una cultura mayormente analógica la enorme complejidad que representa el entorno digital en la infancia y adolescencia.
Sería un error reducir internet a una máquina de daño. Para muchos chicos, la red es acceso al conocimiento, aprendizaje autodidacta, creatividad, herramientas de edición, idiomas, música, comunidades donde no sentirse solos, espacios donde la curiosidad encuentra eco. Hay adolescentes que aprenden programación mirando tutoriales, que descubren vocaciones, que encuentran referentes que no existen en su entorno cercano, que producen contenido y no solo lo consumen.
Negar las oportunidades sería tan simplista como negar los riesgos. Sonia Livingstone, psicóloga y Directora del Departamento de Medios de Comunicación y Comunicaciones del London School of Economics, luego de más de 20 años de estudiar el fenómeno del mundo digital e internet en los niños y jóvenes trae una visión algo más esperanzadora. Internet y las redes no sólo conllevan riesgos para los niños y jóvenes, sino que también pueden aportar oportunidades. Su análisis se centra justamente en el balance entre riesgos y oportunidades asociados al uso de niños y jóvenes de internet. Los riesgos, según su análisis, se centran en. chatear con extraños, exposición a la violencia, a la pornografía, al juego, a compartir e incentivar los discursos de odio así como conductas autolesivas. Estos son hoy los riesgos más visibles a los cuales se exponen en el mundo digital.
Según la visión de Livingstone, los problemas de los niños y jóvenes están tomando una nueva forma: estar siempre conectados, disponibles, el conocido
̈fear of missing out ̈ (algo así como quedarse fuera de lo que ocurre), la preocupación sobre cómo comunicarse entre ellos ya sea offline como online, y el protagonismo que tienen las redes en la forma en que nos comunicamos. Toda comunicación online, ya sea texto o imagen, deja un rastro que puede ser reeditado de manera graciosa o cruel, se puede viralizar, y puede perdurar por
siempre. Hoy todo contenido puede ser buscado, compartido y encontrado y los problemas pueden escalar online muy rápidamente.
Livingstone analiza en sus investigaciones la relación entre los derechos de los niños y el uso de internet, y cómo estos deben ser escuchados a la hora de buscar cómo hacer internet un lugar más seguro para ellos. El derecho a ser consultados, así como el derecho a la privacidad, son dos de los derechos fundamentales de los niños de acuerdo a la Convención de los Derechos del Niño de 1989 suscripta por 190 países del mundo.
Quizás la pregunta ya no sea si internet es bueno o malo para los chicos. Las grandes transformaciones rara vez se dejan ordenar en categorías tan binarias. La pregunta podría ser otra: ¿qué guía les ofrecemos para navegar de forma segura que les permita desarrollar un criterio propio y aprendan a tomar buenas decisiones para evitar exposiciones a contenidos o situaciones riesgosas?
Internet puede ser un instrumento diseñado para interrumpir, comparar y capturar atención, pero también un instrumento que ayude a ampliar capacidades, vínculos y horizontes.
Los chicos ya están online, gran parte de sus vidas ocurre en ese entorno, hoy es su entorno social. Discutir si deberían estar más o menos en internet y redes sociales sociales es hoy una cara del problema, la otra cara, más preocupante, tiene que ver con cuáles son las reglas bajo las cuales el mundo digital deberá operar sobre niños y jóvenes. Más urgente sería decidir bajo qué reglas, con qué acompañamiento y al servicio de qué futuro.
Sonia Livingstone en una conferencia llamada Realising children ́ s rights in the digital world: the role of digital skills, habla extensamente sobre los derechos de los niños y jóvenes en el mundo digital y cómo sus habilidades digitales en cuanto alfabetización digital puede hacer una enorme diferencia a la hora de hacer valer sus derechos. La alfabetización digital debería
incluir, según su criterio, desarrollar la capacidad para interpretar datos (data literacy) y alfabetización sobre algoritmos (algorithm literacy), proveer herramientas que los ayuden a entender, filtrar y decidir mejor en entornos digitales.
De alguna manera deja traslucir que el hecho de que Estados Unidos no haya ratificado la Convención de los Derechos del Niño muestra su decisión de no tomar una postura de legislación y control más dura sobre las empresas tecnológicas, la mayoría de las cuales se encuentran basadas en dicho país.
Entonces, pretender que el control sobre las plataformas provenga únicamente de los gobiernos no parece ser la mejor estrategia para proteger a los niños y jóvenes, al menos, actualmente. Por eso, insta a padres y educadores a guiar a sus hijos hacia contenidos y sitios apropiados, que los impulsen a desarrollar su creatividad y habilidades digitales a la vez que los ayude a tener más confianza en si mismos (lo que no ocurre cuando la estrategia de padres y educadores es únicamente restringir actividades digitales). Las competencias digitales serán cada vez más críticas en el futuro que les tocará enfrentar. Y la desigualdad de acceso a recursos digitales debería ser compensada por los institutos educativos para evitar que la brecha socioeconómica afecte el desarrollo de competencias digitales en niños y jóvenes de menores recursos o vulnerables.
Uruguay tiene una fuerte tradición de inclusión digital pero la regulación es casi inexistente en materia de protección infantil frente al entorno digital. Podríamos decir que Uruguay fue pionero en América Latina en acceso. El Plan Ceibal, instrumentado a partir de 2007, fue una iniciativa que se caracterizó por la entrega masiva de dispositivos tanto en institutos de educación pública primaria como en liceos dirigido a estudiantes y docentes, brindando conectividad y plataformas educativas, con el eje de democratizar el acceso a la tecnología digital. Pero recién en 2026 ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) comenzó. a trabajar sobre regulación específica de celulares en centros educativos con el foco puesto en criterios pedagógicos y de convivencia. Otro paso interesante de ANEP fue la presentación de materiales para docentes, familias y estudiantes sobre prevención del ciberdelito, seguridad en internet, acompañamiento adulto y riesgos digitales. Si bien no es regulación en. sí, es una política educativa de orientación.
Y en cuanto a regulación de plataformas en Uruguay, este año se formó una comisión bicameral parlamentaria orientada a regular plataformas digitales respecto de niños y. adolescentes. La discusión sobre derechos de los niños y jóvenes, límites de las plataformas, criterios y protección contra la violencia, explotación, discriminación algorítmica y publicidad dirigida, protección de la privacidad entre otros puntos, recién está dando sus primeros pasos. Todavía no se ha llegado a un consenso sobre cómo protegerlos efectivamente contra la violencia en el entorno digital, a la vez que se trabaja en desarrollar procesos de capacitación
sobre inteligencia artificial. Lo que sí parece claro es que es necesario incorporar las voces de niños y adolescentes al proceso de desarrollo de regulación para tener un panorama más completo sobre oportunidades, riesgos y daños que vivencian en el entorno digital.
Toda generación hereda un mundo. Esta generación de chicos, además, hereda. "el algoritmo". Lo que deberíamos poder lograr autoridades, padres y educadores, es formarnos y entender de manera urgente el funcionamiento del ecosistema digital, para poder guiarlos a que aprendan a utilizarlo para su mayor beneficio y así poder hacer el uso más sano y seguro de acuerdo a su edad y contexto sociocultural. Solo así podrán acceder a nuevas posibilidades de crecimiento y desarrollo personal.
Los chicos ya están online, y no parece probable que dejen de estarlo. Los adultos, en general, no tienen una cultura digital significativa; en realidad, existe un analfabetismo digital extendido en gran parte de la población. La verdadera pregunta es si esos mismos adultos, mientras intentan entender ese mundo, van a poder estar a la altura: guiarlos con presencia, sin miedo y sin indiferencia, enseñándoles no solo a habitar ese ecosistema, sino a distinguir entre oportunidad y riesgo.
Es un momento único. Los adultos debemos tomar decisiones acertadas, porque de ellas depende cómo se desarrolle el conocimiento en los próximos años, no podemos decir décadas por que nada va a durar tanto.
Para cualquier decisión que tomemos, hay un factor esencial y singular que no podemos olvidar: el tiempo. La digitalización de los procesos de conocimiento e información produce, desde mi punto de vista, el quiebre más grande en la cultura de la humanidad, porque redefine también la forma en que se utiliza el tiempo.
En la cultura analógica, el tiempo avanza en etapas lineales: se discute, se crea una comisión, se analiza, se decide. Meses pueden pasar hasta llegar a conclusiones. En la cultura digital, en cambio, lo que ocurre es una acumulación exponencial de eventos en el mismo tiempo físico. Mientras en ocho meses el mundo analógico apenas logra organizarse para pensar un problema, el ecosistema digital ya atravesó múltiples transformaciones, redefiniendo prácticas, riesgos y oportunidades una y otra vez. La diferencia no es solo de velocidad, es de naturaleza: uno transcurre con el tiempo, el otro comprime su contenido yexponencializa su rendimiento. Por lo cual, la brecha no es solo de conocimiento sino de naturaleza: cuando el mundo analógico llega a una conclusión, el mundo digital ya está en otra conversación.
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