En los últimos años, una palabra comenzó a aparecer en conferencias internacionales, en informes de consultoras y en discursos oficiales con la fuerza de una promesa de futuro: hidrógeno verde. Uruguay no se quedó afuera de esa moda. Al contrario, se la apropió con entusiasmo, presentándola como el próximo gran salto en la “revolución energética” que comenzó hace poco más de una década con la expansión de las energías renovables. El relato es simple y seductor: un país pequeño, con sol y viento en abundancia, capaz de producir un combustible limpio para exportar al mundo y, de paso, seguir mostrando liderazgo climático.
Pero si rascamos un poco la superficie del discurso, aparecen dudas. ¿Qué significa exactamente el hidrógeno verde? ¿Cuáles son sus costos ambientales y sociales? ¿Qué modelo de país se construye detrás de esta narrativa? Y, sobre todo, ¿estamos ante una verdadera transición energética o simplemente frente a un nuevo espejismo que repite las viejas lógicas extractivistas con una pátina de modernidad?
Qué es realmente el hidrógeno verde
La explicación técnica es relativamente sencilla: el hidrógeno verde se produce mediante un proceso llamado electrólisis, que separa el hidrógeno del oxígeno en el agua utilizando electricidad proveniente de fuentes renovables (solar, eólica). El resultado es un combustible que, al usarse, no emite dióxido de carbono. A diferencia del hidrógeno gris (obtenido del gas natural) o del azul (similar pero con captura parcial de carbono), el verde se presenta como una alternativa “limpia” para la descarbonización de sectores difíciles de electrificar, como el transporte pesado o ciertas industrias.
Hasta ahí, todo parece perfecto. Sin embargo, lo que casi nunca se subraya es la escala de recursos que requiere este proceso. Para producir un solo kilo de hidrógeno verde se necesitan entre 9 y 12 litros de agua pura. Y si pensamos en proyectos a gran escala, hablamos de millones de litros diarios. Además, se necesita instalar enormes parques de generación renovable adicionales, porque el hidrógeno no puede producirse con la capacidad ya existente: esa está destinada al consumo eléctrico interno. El hidrógeno, en otras palabras, exige un nuevo ciclo de ocupación territorial y uso intensivo de recursos.
Uruguay como “pionero”
El gobierno uruguayo, a través del Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM), lanzó en 2022 la hoja de ruta “H2U”, con proyectos piloto y un fuerte discurso de posicionamiento internacional. La narrativa es clara: Uruguay ya logró ser líder en energías renovables, ahora debe convertirse en referente del hidrógeno verde.
Los primeros pilotos se concentraron en movilidad (ómnibus que funcionan con hidrógeno) y en la instalación de pequeñas plantas de electrólisis. Sin embargo, los anuncios más resonantes vinieron de la mano de inversores extranjeros, interesados en desarrollar proyectos a gran escala con miras a la exportación hacia Europa. Alemania, Japón y Corea del Sur aparecen como potenciales compradores, necesitados de fuentes energéticas limpias que sustituyan al gas ruso o al carbón.
La pregunta inevitable es: ¿cuál es el rol de Uruguay en este tablero? ¿Será un verdadero protagonista de la transición energética o apenas un proveedor periférico de energía barata para los países ricos?
Agua y territorio: los costos invisibles
Uruguay ya vivió en carne propia una crisis hídrica histórica en 2023, cuando la población de Montevideo y su área metropolitana debió beber agua salada debido a la sequía y a la mala gestión de OSE. Ese episodio debería haber dejado una lección clara: el agua es finita, vulnerable y requiere gestión rigurosa. Sin embargo, el entusiasmo por el hidrógeno verde parece olvidar ese antecedente.
Los proyectos de hidrógeno implican consumos de agua que pueden tensionar aún más cuencas ya comprometidas, como la del río Santa Lucía, Laguna del Sauce o el propio Río de la Plata.
A eso se suma la presión territorial: grandes extensiones para instalar paneles solares y aerogeneradores destinados exclusivamente a producir electricidad para la electrólisis. Si no se planifica con criterios estrictos, podríamos ver cómo áreas naturales o tierras productivas son reconvertidas en enclaves energéticos al servicio de la exportación.
Este escenario recuerda demasiado a lo ocurrido con la forestación: un modelo presentado como moderno y sostenible, que en la práctica trajo concentración de tierras, impactos ambientales severos y beneficios económicos muy acotados para la mayoría de la población.
Geopolítica de la energía: ¿independencia o nueva dependencia?
El hidrógeno verde no es solo un tema técnico: es un asunto geopolítico. Europa está desesperada por diversificar su matriz energética tras la guerra en Ucrania. Necesita proveedores estables, confiables y, sobre todo, dispuestos a exportar energía limpia a precios competitivos. Uruguay aparece como una pieza atractiva en ese tablero global: pequeño, políticamente estable, con buena imagen ambiental y abundantes recursos renovables.
Pero ser ficha en el tablero de otro no es lo mismo que jugar la propia partida. Los grandes desarrollos de hidrógeno verde requieren tecnologías de punta (electrolizadores de gran escala, sistemas de almacenamiento, logística de exportación) que hoy controlan empresas extranjeras. Si Uruguay se limita a ofrecer territorio, viento, sol y agua, y a recibir a cambio inversiones y divisas, lo que tendremos es otra versión del modelo primario-exportador: energía en lugar de lana, carne o celulosa.
La paradoja es brutal: en nombre de la independencia energética y la transición verde, corremos el riesgo de caer en una nueva dependencia tecnológica y financiera.
Economía política del hidrógeno
En el discurso oficial, el hidrógeno verde traerá inversiones millonarias, empleos de calidad y posicionamiento internacional. Pero vale preguntarse: ¿a qué costo fiscal y social? Para atraer a los inversores se ofrecen beneficios tributarios, subsidios, infraestructura pública. Es decir: el Estado uruguayo asume parte del riesgo, mientras los beneficios se concentran en empresas extranjeras.
Además, la promesa de empleos suele ser inflada. Los proyectos de energía intensiva generan puestos en la etapa de construcción, pero luego el funcionamiento es altamente automatizado. La experiencia de las plantas de celulosa es ilustrativa: grandes inversiones, exportaciones récord, pero empleo directo relativamente reducido y concentración de ganancias en pocas manos.
El espejismo verde
El gran peligro es confundir transición energética con marketing verde. Que el discurso del hidrógeno se convierta en la excusa perfecta para seguir expandiendo el modelo extractivo, ahora bajo un barniz de sostenibilidad.
Que el país vuelva a hipotecar su territorio y sus recursos en nombre de una modernización que beneficia más a otros que a la población local.
Uruguay tiene la oportunidad de debatir en serio qué quiere hacer con su matriz energética. ¿Queremos ser exportadores de energía cruda, como fuimos de materias primas durante siglos? ¿O queremos usar esa energía para transformar nuestra propia economía, para descarbonizar nuestro transporte público, para innovar en industria nacional, para garantizar soberanía energética real?
Un debate urgente
El hidrógeno verde no es malo en sí mismo. Puede ser parte de la transición si se lo usa con inteligencia y justicia. Pero no es una varita mágica, y mucho menos un destino inevitable. El país necesita abrir un debate democrático y transparente, con estudios serios de impacto ambiental y social, con participación ciudadana y con criterios de soberanía.
De lo contrario, la historia puede repetirse: entusiasmo inicial, grandes anuncios, y luego un modelo que concentra beneficios y reparte costos. El agua, el territorio y las comunidades locales no pueden ser las variables de ajuste en nombre de una transición que, en última instancia, quizá no sea nuestra.
Conclusión: ¿liderazgo o espejismo?
El hidrógeno verde se presenta como el futuro, pero puede ser apenas un espejismo si no se lo mira con ojos críticos. Uruguay corre el riesgo de ser laboratorio de otros, proveedor de energía barata, territorio al servicio de intereses globales. El verdadero liderazgo no está en sumarse acríticamente a la moda internacional, sino en construir un modelo energético propio, justo, democrático y sostenible.
No hay futuro verde posible si el agua se agota, si el territorio se privatiza, si la comunidad queda afuera de las decisiones. El color verde, por sí solo, no garantiza nada. Puede ser un maquillaje más en la larga historia de un país que sigue debatiéndose entre ser dueño de su destino o simple proveedor en la economía global.
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