Vivimos en tiempos donde todo debe rendir, donde cada instante de nuestra vida parece medido por su capacidad de producir algo. Nos educan para ser eficientes, incluso fuera del trabajo. Dormimos para rendir mejor, comemos para mantenernos activos, miramos el mundo como si todo pudiera convertirse en un resultado. Entonces, ¿qué pasa con el amor en medio de esta lógica?
El amor exige tiempo, entrega y presencia. No acepta atajos ni cálculos. No se puede optimizar ni medir con objetivos.
Jorge Luis Borges decía: “Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única”.
Pero el productivismo nos atraviesa hasta lo más íntimo. Nos convierte en nuestros propios jefes, vigilantes de cada emoción, de cada gesto, de cada relación. Aquellas personas que intentan vivir y construir la experiencia del amor como un producto se exigen amar de la manera correcta, sentir de la manera correcta, vivir de la manera correcta. La autoexplotación no se detiene en la oficina, nos acompaña a la cama, a la mesa, al abrazo, está con nosotros siempre y en todo lugar.
Zygmunt Bauman habla de la modernidad líquida, de un mundo en que todo es frágil, provisional y descartable. Así, los vínculos más cercanos se transforman en objetos de consumo: los probamos, los evaluamos, les exigimos metas y su cumplimiento, los cambiamos si no cumplen nuestras expectativas. La promesa de permanencia se diluye en la presión de mejorar siempre, de buscar lo que nos haga sentir eficientes y exitosos. Lo que debería ser constante se vuelve temporal, y la fragilidad se instala en cada encuentro.
Enfrentamos un problema de procesos muy complejo. Mientras todo nuestro sistema de juicio y evaluación esté formado en la cultura de la producción, sin ningún elemento que permita distinguir las acciones productivas de las emociones internas del ser humano, que lo vinculan consigo mismo y con el otro, toda relación y todo vínculo serán especulativos y existirán, de una u otra manera, en el espectro productivo.
De esta forma, el beneficio, la pérdida, la inversión o la desinversión se convierten en cálculos inevitables de ese sistema, dando lugar a un caudal de emociones que permanece inexpresado. Estas emociones, al manifestar esa condición, terminan configurando con el tiempo un tipo de individuo que busca adaptarse a un estado de agobio que requiere de todos los métodos de evasión disponibles para ser sobrellevado.
Byung-Chul Han agrega un detalle crucial: este proceso, en su ejecución, no necesita un jefe ni una autoridad externa. Somos nosotros quienes nos imponemos tiránicamente la lógica de rendimiento.
Queremos ser mejores, más rápidos, más atractivos, más competitivos. Queremos amar, pero entendemos por amor algo que debemos tener, que debemos obtener, una experiencia que es parte del itinerario de la vida y siempre de acuerdo con arquetipos culturales construidos por el sistema productivo. Nuestras relaciones están afectadas por el miedo y se construyen calculando y midiendo. Queremos sentir y vivir esa experiencia increíble de la que todos oímos hablar, pero no podemos liberarnos de la idea de amor que el sistema de consumo y producción nos enseñó por medio de la autoexigencia y la competencia. Un sistema basado en relaciones utilitarias.
Por eso sentimos una inestabilidad interior permanente que se oculta detrás de los conflictos y los problemas propios de la vida. En algún lugar estamos rotos y no podemos evitar sentirlo. Estas fracturas, producidas por la confrontación entre emociones y sus efectos sobre nuestro pensamiento y acciones, se encuentran en permanente reacomodamiento, buscando alguna forma de adaptarse. Lo cual hace que las relaciones sean superficiales y conflictivas; sin importar cuántos años de existencia tenga el vínculo, las personas parecen no estar presentes en la relación, y su capacidad de sostenerlo se convierte en un resultado más, que termina por vaciar el vínculo.
Aun así, creo que el anhelo de ser único para otro sigue existiendo; persiste, en todos y cada uno de nosotros hasta el final. Sobrevive en los gestos pequeños, en los silencios compartidos, en la escucha sin expectativas, en algunos recuerdos. No necesita producir nada, no requiere eficiencia ni recompensa inmediata. Su fuerza está en la vulnerabilidad, en la apertura, en la resistencia frente a un mundo que quiere convertir todo en rendimiento, fortaleza, desarrollo y crecimiento. Amar, hoy, es un acto revolucionario. Es un acto de renuncia frente a la lógica que nos quiere medir y optimizar constantemente.
El amor se vuelve imposible cuando intentamos controlarlo: simplemente desaparece. Cuando lo sometemos a estándares de eficiencia, ya no está allí. Nos quedamos solos hablando de cosas vacías, sin vida. La intimidad se erosiona, la confianza se vuelve frágil, la entrega auténtica ya no existe, es política.
La característica fundamental de lo que llamamos amor es la vulnerabilidad. Es la que le da sentido, la que lo permite. En la entrega, la confianza, la lentitud, en lo imprevisible, en la ausencia de resultados medibles, el amor encuentra su espacio. Es allí donde podemos recomponernos, donde podemos volver a sentirnos humanos y no máquinas de rendimiento.
Si estamos rotos es porque hemos dejado que la lógica del trabajo, del rendimiento y de la autoexigencia atraviese nuestra vida emocional.
Nos medimos, nos evaluamos, nos optimizamos, y luego nos preguntamos por qué sentimos vacío, ansiedad, miedo. Hemos internalizado un sistema que no permite permanecer ni confiar plenamente, y eso afecta al amor más que cualquier otra cosa.
Recuperar la capacidad de amar requiere ser conscientes de nuestro estado. No es suficiente desearlo; es necesario crear espacios donde la productividad no gobierne, donde la relación pueda existir sin expectativas de rendimiento. Amar implica aceptar la incertidumbre, aceptar que nada dura para siempre, pero aun así entregar confianza, presencia y cuidado. Eso es un acto radical, un gesto definitivo en un mundo productivo que nos empuja a medirlo todo.
La supervivencia del amor en nosotros depende de nuestra capacidad de aceptar la fragilidad, de permanecer en lo imprevisible y de no ceder a la lógica de producción y consumo que amenaza con disolverlo.
La verdadera valentía hoy consiste en permitirnos sentir y habitar los vínculos sin medirlos, entregarnos sin esperar nada a cambio y recordar que la vida, como bien supremo, no es un producto comercial.
El principal síntoma de la rotura en nosotros es creer que no tenemos una existencia emocional o que eso no nos afecta, que eso le pasa a otros, a los débiles. Lo cual lleva a minimizar los efectos que nuestras decisiones tienen sobre nosotros mismos y sobre otros. Todos tenemos necesidad de amar y de ser amados, y la presencia o ausencia de estas emociones en nuestras vidas tiene efectos muy concretos y determinantes sobre nosotros.
El productivismo y el amor se han convertido en dos fuerzas opuestas que se cruzan en cada gesto, cada encuentro y cada decisión. Una insiste en la eficiencia, en la medición, en el rendimiento; el otro reclama presencia, vulnerabilidad y permanencia.
Si nosotros aprendemos a reconocer sus límites y a crear espacios para el amor, podemos recomponernos. Podemos dejar de sentirnos rotos y comenzar a habitar nuestra vida emocional con cuidado, conciencia y valentía. Allí, en el conflicto y la tensión entre las fuerzas de la producción y el amor, quizás encontremos el espacio y la posibilidad de equilibrarnos, no sin antes enfrentar la especulación, el cálculo y el miedo, comenzando un proceso lento que nos repare de la fragmentación en la cual vivimos todos los días, dándole a nuestras vidas un nuevo significado y una perspectiva que nos permita transitar junto con otros la mejor vida que podamos tener.
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