La estética como lenguaje político: El Black Power

El autor explora el movimiento Black Power de los turbulentos años 60, el cual transformó la estética y la utilizó conscientemente como un lenguaje político potente y visible.

La estética como lenguaje político: El Black Power

Vivimos inmersos en un lenguaje que no reconocemos. Las formas, los colores, los cuerpos, los gestos, los sonidos, los ritmos y los espacios están todo el tiempo diciendo algo, expresando un mensaje.

La estética, en su sentido más profundo, no se reduce al arte o al gusto, sino que constituye un sistema de organización del mundo sensible: define qué se ve, quién lo ve y desde que perspectiva interpretativa. La estética no es el resultado de lo que agregamos al espacio sino el hecho mismo de la disposición del espacio, dado que no importa cuál sea el resultado de esa disposición, será estética. Algunos pensadores como la arquitecta Merleau-Ponty, son más extremos en su definición, afirmando que la percepción del espacio ya es estética en sí.

Lo político, dice Jacques Rancière, no es otra cosa que una disputa por lo visible, por lo decible, por lo pensable. Entonces, si todo lo que nos rodea está constantemente organizando nuestra percepción, ¿no estamos hablando también de una forma de gobierno?

La estética no es neutral. Todo diseño, todo uniforme, toda publicidad, toda página web, todo modo de vestir, toda arquitectura, toda  escenografía, en definitiva toda forma perceptible por los sentidos es estética y esa percepción configura nuestros sentidos, creando una relación recíproca estética-percepción.

La estética es una gramática sin diccionario. Actúa incluso antes del pensamiento. Y por eso, su potencia política es inconmensurable.

No se trata de una interpretación idealista o despegada de la historia. Toda la  historia humana está cruzada por la relación estética-percepción y a su vez está llena de quiebres estético-políticos. Estos quiebres y sus procesos permiten una lectura de la historia muy efectiva y profunda, dado que en todos los cambios relevantes de la historia de la humanidad podemos ver el desarrollo de los procesos estéticos en conjunto con los procesos políticos, mostrando cómo ese lenguaje refleja la realidad de una sociedad en formas que creo no hemos analizado en profundidad, todavía.

El muralismo mexicano, el teatro obrero, el grafiti de los barrios pobres, el punk, el voguing, el land art, la arquitectura libertaria, las estéticas campesinas, los rituales afro, los festivales queer… cada uno, a su modo, anticipó y contó la historia que se estaba desarrollando, impactando el mundo de esa cultura en su totalidad. No con tratados, no con leyes, sino con formas sensibles que perforaron el orden y ensancharon el campo de lo posible. En esta columna vamos a tratar el impresionante caso del Black Power desde el punto de vista estético.

Black Power: estética y ruptura del régimen de lo visible

En los Estados Unidos de los años 60, el movimiento Black Power fue una irrupción estética radical. Los peinados afro, las boinas negras, los trajes sin corbata, las fotografías en blanco y negro con puños en alto, los murales en las calles, el arte en todas sus expresiones, todo era mensaje. Todo era ruptura. Al visibilizar un cuerpo negro que no pedía permiso, sino que reclamaba presencia plena, el Black Power produjo una redistribución de lo sensible, un verdadero caos en la percepción de esa sociedad.

Portada Libro ¨POWER TO THE PEOPLE. THE WORLD OF THE BLACK PANTHERS¨ por Stephen Shames y Bobby Seale. Fotografía de portada Stephen Shames.

La estética negra pasó de la adaptación al sistema dominante a la afirmación de una identidad propia y combativa. La irrupción del movimiento Black Power no fue solo un giro ideológico, fue, sobre todo, una reconfiguración estética. El cabello afro, las dashikis, el uso del color negro y rojo, la recuperación de símbolos panafricanistas y el gesto del puño alzado no fueron ornamentos: fueron declaraciones ontológicas.

Como señala Bell Hooks, “la estética negra se convirtió en un terreno de resistencia simbólica donde el cuerpo hablaba antes que la palabra” (Hooks, Black Looks, 1992).

Este lenguaje del cuerpo implicaba una transformación del régimen de visibilidad, lo que Jacques Rancière llama “una redistribución de lo sensible”: aquello que puede ser visto, dicho y pensado dentro de una determinada organización del mundo. Durante siglos, el cuerpo negro fue estetizado desde afuera: retratado como salvaje, domesticado, exotizado o silenciado. El Black Power invirtió esa operación. “El afro no era un peinado, era una intervención visual sobre el espacio público”, diría años después Angela Davis.

Cada uno de esos gestos era una forma de conocimiento en sí misma. No solo comunicaban identidad, sino que interpelaban la mirada del otro: ¿qué ves cuando me ves? ¿Dónde colocás la dignidad? La estética se volvió una pedagogía radical, se aprendía a leer el mundo desde la corporalidad y la apariencia, y al mismo tiempo, se desestabilizaba el lenguaje hegemónico que pretendía fijar lo bello, lo decente, lo correcto.

Los artistas visuales afroamericanos como Emory Douglas (ministro de cultura de los Black Panthers) llevaron esta lógica aún más lejos. Sus ilustraciones en el periódico del Partido mostraban familias negras armadas, niños sonrientes en barrios empobrecidos, policías caricaturizados. Era arte gráfico, sí, pero también una guerra de símbolos: si los medios blancos representaban al hombre negro como amenaza, Douglas devolvía esa mirada y la invertía, cuestionando el poder desde el dibujo.

Gráfica por Emory Douglas (Pinterest)

Todo ese despliegue estético tenía efectos materiales. En los colegios, en las universidades, en las calles, el cabello afro se volvió emblema de orgullo. Dejó de ser un signo de marginación para convertirse en un código de pertenencia. El mensaje era claro: “yo existo bajo mis propios signos”. Es lo que Rancière llamaría una “dislocación del reparto de lo sensible”, en el que los que antes solo eran vistos como cuerpos pasivos se volvieron sujetos activos de enunciación estética y política.

Estética, identidad y política colectiva

Kobena Mercer, en su trabajo sobre estética negra y estilo, muestra que las distinciones entre “bello” y “feo”, entre lo aceptable y lo marginal, están profundamente codificadas por legados raciales. Los estilos de cabello —el afro, las trenzas, los dreadlocks— no son meras opciones personales, sino señales dentro de una economía simbólica donde los sujetos negros recrean colectivamente su valor frente a una normatividad que históricamente los deshumanizó. Mercer articula cómo esos signos estéticos operan en un campo de tensiones: recuperan lo sometido, desafían lo impuesto, y reformulan la idea de “presentarse” al mundo. ciad.org.ukLawrence Wishart

Ese trabajo estético no se limitó a la superficie. Se conectó con una política del cuidado y la comunidad: las “survival programs” de los Black Panthers —clínicas gratuitas, desayunos escolares, educación política en los barrios— venían acompañadas de una estética que decía: “nosotros existimos, nos cuidamos, nos mostramos y no estamos rotos”. Esa estética validaba, a través de la forma y la presencia, una autoridad simbólica alternativa al poder estatal que los había invisibilizado.

En todos los aspectos, el Black Power produjo referentes que transformaron tanto la forma como el contenido de la comunicación estética.

En la música, entre otros, destacan:

*James Brown: Con canciones como “Say It Loud – I’m Black and I’m Proud” (1968), se convirtió en un himno del orgullo negro y un símbolo sonoro del Black Power.

*Nina Simone: Su música, con temas como “Mississippi Goddam” y “To Be Young, Gifted and Black”, fusionó el jazz y el soul con letras de protesta y empoderamiento racial.

*Gil Scott-Heron: Considerado precursor del rap y hip-hop, sus poemas y canciones abordaban temas sociales y políticos relacionados con la opresión racial.

*The Last Poets: Grupo de poesía performática que mezclaba literatura y música, influyendo en el discurso del Black Power.

*Curtis Mayfield: Su trabajo en solitario y con The Impressions reflejaba mensajes de esperanza y conciencia social.

Sería imposible nombrar a todos los artistas y representantes de la cultura transformadora del Black Power. Que estos nombres sirvan como ejemplo, sin desmerecer la enorme cantidad de personas que, desde sus distintas actividades, hicieron de sus expresiones un instrumento de lucha y resistencia frente a la discriminación.

Se visibilizó la lucha contra el racismo a escala mundial

El gesto de Tommie Smith y John Carlos en el podio olímpico de México 1968 se convirtió en un símbolo inconfundible de la resistencia contra el racismo y la opresión. Ambos, atletas afroamericanos destacados en la pista de atletismo, usaron su momento de gloria para protestar contra la desigualdad y la discriminación racial en Estados Unidos. Al levantar sus puños enguantados de negro durante la ceremonia de premiación, bajando la cabeza en señal de respeto y dolor, enviaron un mensaje poderoso y claro: el llamado a la unidad, al orgullo negro y a la justicia social.

Tommie Smith, al centro, y John Carlos, a la derecha después de ganar el oro y el bronce en la carrera de 200 metros en las Olimpiadas de 1968 en Ciudad de México. Foto Associated Press publicada por The New York Times en español.

A su lado, el atleta australiano Peter Norman mostró su apoyo llevando la insignia del Olympic Project for Human Rights (OPHR), grupo que promovía la lucha contra la segregación y la injusticia racial en el deporte y la sociedad. Este acto de solidaridad internacional amplificó aún más el impacto del gesto.

Esta acción valiente trascendió el ámbito deportivo para instalar un mensaje político y cultural que reverberó en todo el mundo. La imagen de sus puños en alto resonó como un llamado a la unidad, al orgullo y a la reivindicación de una identidad negada durante siglos. Más allá de las represalias inmediatas, aquel acto logró que la causa del movimiento Black Power y la denuncia del racismo estructural se volvieran temas centrales en la agenda internacional, visibilizando la batalla por la igualdad en un escenario global.

Una nueva narrativa de la identidad negra: Black Panthers

En 1966, en un momento de creciente tensión racial y descontento social en Estados Unidos, surgió el Black Panther Party for Self-Defense, conocido simplemente como los Black Panthers. Fundado por Huey Newton y Bobby Seale en Oakland, California, este grupo no era solo una organización política, sino una revolución visual y cultural que cambiaría para siempre la percepción del pueblo negro en su país.

Los Black Panthers tomaron la consigna del Black Power y la transformaron en acción concreta. Se presentaron como guardianes de su comunidad, patrullando barrios para proteger a sus vecinos de la brutalidad policial. Sin embargo, su impacto no se limitó a la defensa armada; desarrollaron programas sociales que incluían desde desayunos gratuitos para niños hasta clínicas de salud, demostrando que el poder negro también podía ser un poder para cuidar y fortalecer.

Pero más allá de sus acciones, la esencia de los Black Panthers fue la construcción de una nueva identidad negra.

Su estética, boinas negras, chaquetas de cuero, puños en alto, se convirtió en un símbolo inconfundible de dignidad, resistencia y autodeterminación.

Desafiaron décadas de imágenes que reducían a los negros a roles subordinados o criminalizados, y en su lugar, presentaron hombres y mujeres fuertes, conscientes y orgullosos de su herencia.

Esta narrativa redefinió no solo cómo se veían a sí mismos los afroamericanos, sino también cómo los veía la sociedad estadounidense. Los Black Panthers no fueron solo un movimiento político, fueron un cambio cultural profundo, un acto estético y simbólico que reverberó mucho más allá de las calles de Oakland, influyendo en movimientos sociales y culturales en todo el mundo.

Reacción de las autoridades de EE.UU. frente a los Black Panthers

El gobierno de Estados Unidos vio en los Black Panthers una amenaza significativa al statu quo racial y político. Bajo la dirección del entonces director del FBI, J. Edgar Hoover, se lanzó el programa COINTELPRO (Counter Intelligence Program), cuya misión era desmantelar y neutralizar organizaciones consideradas subversivas, siendo los Black Panthers uno de sus principales objetivos.

COINTELPRO utilizó tácticas clandestinas que iban desde la infiltración de agentes encubiertos hasta la generación de conflictos internos, desinformación y campañas de desprestigio mediático. Por ejemplo, agentes infiltrados sembraron desconfianza entre los líderes del partido y fomentaron divisiones internas que minaron la cohesión del movimiento. Además, se llevaron a cabo arrestos masivos, muchas veces bajo cargos dudosos o fabricados, para impedir la acción directa del grupo.

Un caso emblemático fue la persecución y encarcelamiento de Huey Newton, cofundador del partido, bajo acusaciones controvertidas que muchos consideran motivadas políticamente. Otro episodio crítico fue la redada policial en el cuartel general de Chicago en 1969, que resultó en enfrentamientos violentos y la muerte de varios miembros.

Además de la represión directa, la administración de Nixon también presionó para limitar la influencia social de los Black Panthers, temiendo que su modelo de organización comunitaria y autodefensa pudiera inspirar a otros movimientos sociales y minorías.

Este aparato represivo mostró hasta qué punto el Estado estaba dispuesto a ir para contener el poder negro emergente y mantener las estructuras de dominación racial. La historia de los Black Panthers, por tanto, no solo es la de una lucha contra la injusticia social, sino también la de una resistencia frente a una maquinaria estatal decidida a silenciarlos.

Sobre la naturaleza de los Black Panthers

Es importante señalar que esta columna no pretende idealizar, justificar ni promover la violencia ejercida por ninguna persona, movimiento o Estado, en ninguna de sus formas. El presente análisis se limita a los aspectos políticos y estéticos, quedando expresamente excluida toda valoración jurídica de la existencia y las acciones de este movimiento o de sus integrantes.

De acuerdo con registros y declaraciones oficiales de la época, las autoridades estadounidenses calificaron a los Black Panthers como “terroristas domésticos”, en el marco de lo que describieron como una amenaza radical. No obstante, diversos historiadores y analistas sostienen que esta calificación formó parte de una estrategia política de criminalización. Según la mayoría de los estudios académicos, entre ellos, los de Peniel E. Joseph, el partido centró su actividad en la autodefensa armada frente a la violencia policial y la opresión racial estructural, desarrollando al mismo tiempo programas sociales de gran alcance en sus comunidades.

Es importante no confundir a los Black Panthers con otros grupos contemporáneos de menor relevancia pero con un grado de radicalización y violencia significativamente mayor. Si bien existen registros de que algunos miembros participaron en enfrentamientos armados, no se ha documentado que el partido mantuviera una política sistemática de ataques indiscriminados contra autoridades o civiles.

El legado de los Black Panthers continúa siendo objeto de debate entre especialistas, en un contexto marcado por tensiones y contradicciones que forman parte de la naturaleza misma del movimiento y de la trayectoria de sus principales actores.

El amor y la revalorización: estética como vínculo

Aunque el Black Power es recordado frecuentemente por su militancia y confrontación, también fue, como lo propone una lectura contemporánea, una historia de amor colectivo hacia la comunidad negra. Ese amor se expresaba en estética: en enseñarse mutuamente a verse con dignidad, en el cuidado de la imagen propia como reflejo de autoestima colectiva, en la recuperación de símbolos culturales con afecto y resistencia.

La estética, en el cuerpo, en la ropa, en la narración visual, fue una forma de amar el propio ser y de afirmar su existencia frente a la violencia institucionalizada.

La estética insurgente del Black Power no se extinguió; evolucionó y se sigue disputando. Hoy, la visibilidad del cabello natural, las políticas como la CROWN Act en Estados Unidos, que prohíbe la discriminación basada en peinados afro-texturizados en escuelas y lugares de trabajo, dejan claro que aquello que alguna vez fue un símbolo de rebeldía estética terminó siendo una cuestión legal y estructural. Lo estético se volvió campo de derechos. 

“El movimiento Black Power nunca escapó de la indignación que le dio origen. Incluso ahora, décadas después de su auge, Black Power es recordado por su furia. Sin embargo, más que la indignación, la emoción que mejor define al Black Power es el amor. Por supuesto, Black Power marcó un enfoque más radical en la búsqueda de libertad que el que muchos activistas por los derechos civiles habían reclamado. Surgido del trabajo inconcluso del movimiento por los derechos civiles, Black Power afirmó la centralidad de cambiar las reglas del orden: transformar quién tenía el poder y cómo ese poder se expresaba. Una ambiciosa mezcla de sacrificio y determinación, el amor fue la dimensión clave que permitió a los activistas del Black Power luchar contra los poderosos intereses que los enfrentaban. Black Power defendió la autodeterminación y la solidaridad, abarcando desde cooperativas de alimentos hasta rebeliones carcelarias, organización laboral y justicia reproductiva. A través de todos estos temas diversos latía un corazón de amor por el pueblo negro y por la posibilidad de cambio”. TIME, Dan Berger (“The Black Power Movement Is a Love Story”)

Como hemos visto, no existe estética neutra. El Black Power no solo liberó símbolos, redibujó el campo de batalla donde la belleza y el poder se cruzan.

Lo visible nunca es inocente. Lo que admiramos, lo que toleramos, lo que rechazamos, todo eso forma parte de un orden en el cual se incluye y se excluye.

Y en ese orden, incluso el silencio tiene significado.

Fuentes y bibliografía

• Jacques Rancière, El reparto de lo sensible (2000).
• Bell Hooks, Black Looks: Race and Representation (1992).
• Angela Davis, Women, Race & Class (1981) y entrevistas posteriores.
• Emory Douglas, arte gráfico y archivos del periódico The Black Panther.
• Kobena Mercer, Welcome to the Jungle: New Positions in Black Cultural Studies (1994).
• Dan Berger (“The Black Power Movement is a Love Story”) TIME, 23 de febrero 2023.
• Peniel E. Joseph, en su obra Waiting ’Til the Midnight Hour: A Narrative History of Black Power in America (2006)

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