Muchas veces bromeo con que, si las pirámides aztecas o mayas fueran uruguayas, no serían un misterio pues hace poco se habrían terminado. Todo parece llegar más lento por estos lares.
El paisito tiene una incómoda ventaja: estamos lejos de donde se generan las cosas.
Hace unas semanas veía las protestas en Barcelona en contra del turismo masivo. El alcalde Jaume Collboni anunció sus planes para suspender las licencias para pisos turísticos en la búsqueda de frenar el aumento de precio de los “pisos” para turistas que desplaza a los residentes locales y controlar la saturación turística.
Por otro lado, comunidades españolas se manifiestan por los problemas que se genera con el agua potable por el masivo ingreso de turistas en temporada alta.
La Comuna de Roma comenzó a retirar de los espacios públicos las cajas con las llaves de las propiedades en alquiler para turistas, exigiendo que los propietarios reciban a los huéspedes personalmente para hacer el check in y notificar a las autoridades la información de los huéspedes.
Mientras Europa intenta remediar los efectos de décadas de turismo desregulado, con vecinos expulsados, ecosistemas agotados y ciudades que ya no se reconocen a sí mismas, en América Latina el discurso dominante aún celebra el crecimiento turístico como si fuera sinónimo de desarrollo. Y nosotros, en Uruguay, más pequeño, aparentemente más ordenado, más lento, la corremos de atrás.
Pero esta vez, esa aparente desventaja puede ser nuestra mayor oportunidad.
En el mapa global, llegar tarde suele leerse como una condena. Pero en el caso del turismo, llegar tarde puede permitirnos aprender de los errores ajenos, esquivar las trampas de la sobreexplotación territorial y construir, desde el inicio, un modelo que integre desarrollo económico, justicia social y sostenibilidad ambiental.
Correr de atrás puede permitirnos repensar el sentido mismo del desarrollo: quién lo define, a quién beneficia y qué condiciones lo hacen realmente viable para las generaciones presentes y futuras.
¿Un modelo que se agota?
En muchos países del norte global, el turismo dejó de ser una fuente de dinamismo económico para convertirse en un problema estructural. Las promesas de derrame nunca llegaron. Lo que sí llegaron fueron alquileres impagables, barrios convertidos en decorados, suelos urbanizados sin criterio, contaminación de fuentes de agua, colapso de infraestructuras, desplazamiento de habitantes y una creciente resistencia social que ya no se esconde.
En Ámsterdam, Venecia, París, Barcelona o Lisboa, los vecinos se organizan para poner límites. No es turismofobia: es la reacción legítima de comunidades que se sienten despojadas de su derecho a habitar, a respirar, a tener una vida digna en el lugar donde nacieron.
Lo que al principio parecía desarrollo se transformó en un uso intensivo del territorio sin distribución justa de los beneficios, sin reparación de los impactos y sin planificación de largo plazo. Ese modelo ya mostró sus límites: en lo económico, por su inestabilidad, en lo social, por su exclusión, y en lo ambiental, por su carácter depredador.
Pero en muchas regiones de América Latina, y Uruguay no es la excepción, todavía seguimos seducidos por esa narrativa del “progreso a toda costa”, como si copiar lo que está colapsando en otras partes del mundo nos fuera a salvar.
Uruguay: el espejismo de lo controlado
Es cierto: Uruguay no recibe la cantidad de turistas que reciben México o España. No tenemos vuelos low-cost masivos, ni cadenas hoteleras internacionales desbordando nuestras costas. Nuestro turismo sigue siendo mayoritariamente regional, con fuerte presencia de visitantes argentinos y brasileños, y concentrado en temporada de verano. Esto nos da margen. Pero también nos hace caer en una falsa sensación de control.
Porque la presión inmobiliaria en Maldonado, Rocha y Canelones es real.
Porque el aumento del precio del suelo en localidades de Maldonado como José Ignacio, Garzón o Laguna del Sauce es sostenido.
Porque el acceso a la vivienda se ha vuelto una meta difícil para los habitantes históricos de esas zonas y casi inalcanzable para los migrantes internos encandilados por el festejo del crecimiento histórico de Maldonado, por ejemplo.
Porque los conflictos por el agua, el saneamiento, los residuos y el uso del suelo ya no son hipotéticos: son cotidianos. Y porque los beneficios de ese modelo turístico, como en tantos otros lugares, están concentrados en pocos actores, mientras las comunidades cargan con los costos.
Desarrollo sí, pero ¿para quién?
El turismo es una herramienta poderosa, pero no es neutral. Depende de cómo se lo diseñe, de qué actores lo conducen, de qué valores lo orientan y de qué impactos se consideran aceptables. Puede ser una vía para el desarrollo integral de un territorio, o un vehículo más para profundizar las desigualdades. Puede ser una palanca para fortalecer economías locales, identidades culturales y vínculos comunitarios, o una máquina que puede terminar homogenizando, excluyendo y agotando.
En muchas localidades costeras uruguayas, el turismo se ha convertido en un factor que amplía la brecha de las oportunidades. Mientras algunos ganan con la compraventa de terrenos, el alquiler turístico informal o la construcción de residencias de lujo, otros ven cómo se encarecen los alimentos, desaparece la vivienda permanente, se precarizan los empleos y se degradan los servicios públicos. Ni que hablar de la realidad oculta del mercado de los derechos posesorios y la usurpación de terrenos.
La narrativa oficial suele hablar de “inversiones” y “dinamización”, pero pocas veces se pregunta si esa inversión está generando derechos, o simplemente beneficios privados a costa de bienes comunes. Aquí surge una pregunta clave: ¿estamos construyendo un modelo que acorte las desigualdades o que las consolide?
El ambiente como capital colectivo
Una idea central que debe guiar cualquier estrategia de desarrollo es que el ambiente no es un recurso inagotable ni una postal para vender: es un capital colectivo que se construye y se cuida entre todos. No es propiedad del mercado, ni del Estado, ni de quien pueda pagar el mejor terreno. Es el soporte de la vida, y como tal, debe estar en el centro de la planificación territorial.
Proteger los humedales, las lagunas, los bosques nativos, las dunas y los acuíferos no es “poner trabas al desarrollo”: es garantizar que haya futuro.
Cuidar el paisaje no es un capricho estético: es una estrategia de resiliencia. Incluir a las comunidades en la gestión del territorio no es un gesto simbólico: es una condición democrática.
Cuando los procesos de desarrollo no reconocen el valor colectivo del ambiente, lo transforman en objeto de especulación. Y cuando eso ocurre, lo que era un bien común pasa a ser una mercancía más, accesible solo para quienes pueden pagar. Esa lógica no es solo injusta: es insostenible.
No es activar la máquina de impedir, es entender hacia dónde van quienes se dieron cuenta que se habían equivocado y cambiaron el rumbo.
Lo que podemos (y debemos) hacer diferente
Uruguay tiene la oportunidad de anticiparse.
De no repetir los errores de otros países. De construir un modelo turístico integrado al territorio, respetuoso del ambiente y centrado en las personas.
Es necesario dejar de decidir qué uso del suelo en función de la rentabilidad privada. Las comunidades locales deben ser protagonistas en la definición de qué, cómo y cuánto se puede hacer en su territorio.
Esto se debe hacer mediante una regulación fuerte y transparente, evitando seguir permitiendo que el mercado dicte las reglas y rentabilice las inversiones en base desviaciones sistemáticas de la norma (léase excepciones o viabilidades).
Se necesitan límites claros al avance inmobiliario, controles ambientales eficaces y políticas que aseguren el acceso a la vivienda y a los servicios básicos.
El desarrollo necesita de una descentralización real donde los municipios, creados en base a una identidad bien definida, cuenten con competencias, recursos y apoyo técnico para ordenar su territorio, proteger sus bienes comunes y definir sus estrategias de desarrollo.
El ambiente y el paisaje deben ser considerados como un capital colectivo y con un valor patrimonial. El valor de un bosque no está en la madera que produce, sino en el equilibrio que ofrece. El valor de una laguna no está en su vista, sino en su biodiversidad; y que el valor de un territorio no está en lo que se pueda extraer de él, sino en lo que se construye sobre y con él.
Crecimiento con desarrollo social y ambiental sostenible
El discurso del “crecimiento” sin apellidos ya no alcanza. No alcanza con crecer si ese crecimiento profundiza la exclusión. No alcanza con generar divisas si con ellas no se garantiza agua limpia, educación de calidad, vivienda digna y acceso justo a los bienes comunes. No alcanza con atraer turistas si, al mismo tiempo, expulsamos vecinos.
La verdadera sostenibilidad no está en los folletos ni en las certificaciones internacionales: está en la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Está en poner la vida en el centro. Y eso incluye todas las vidas: humanas, no humanas, presentes y futuras.
La decisión que nos invoca
Uruguay está a tiempo. Esa es nuestra ventaja. Podemos elegir.
Si somos perezosos alcanza con copiar, pero también podemos ser creativos y, sin reinventar la rueda, podemos inspirarnos en el cambio de rumbo para evitar el colapso.
Pero esa elección no es automática. No se logra con slogans ni con buenas intenciones. Requiere decisión política, participación popular, movilización ciudadana, inversión pública inteligente y voluntad de incomodar a quienes quieren hacer del territorio una mercancía.
Correr de atrás puede ser una oportunidad. Pero solo si tenemos el coraje de frenar, mirar con claridad, escuchar a quienes viven en los territorios y tomar otro camino.
Porque si decidimos seguir corriendo detrás de un modelo que ya naufragó en otras partes, no podremos decir que no lo vimos venir. Y lo peor: estaremos hipotecando lo que más vale, nuestro ambiente, nuestro paisaje, nuestras comunidades, nuestra soberanía, por una promesa que nunca llega.
Aprovechemos que corremos de atrás y “chupemos rueda”. Tenemos algo que, en un mundo cada vez más complicado, cada día vale más: naturaleza.
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