Tenemos un superpoder: la capacidad de reflexionar

La autora nos invita a recuperar la reflexión como fuerza vital, como herramienta para resistir el automatismo y la repetición de nuestro pensamiento. Reflexionar no es solo un proceso mental: es una forma de existir sin ser devorado por lo que nos rodea.

Tenemos un superpoder: la capacidad de reflexionar

El ser humano cuenta con muchas capacidades y dones, sin embargo hay uno en particular que considero un superpoder y es el que nos distingue del resto de los seres de la naturaleza. No tiene que ver con la fuerza, o la velocidad, ni siquiera con la capacidad para resolver problemas, como tienen en muchos animales. Es una capacidad mucho más sutil pero con un enorme poder de transformación: la capacidad de reflexionar.

Reflexionar es mucho más que pensar. Es parar, observar, mirar hacia adentro y hacia afuera. Es preguntarse el porqué, el para qué. Es abrir un paréntesis, pausar el piloto automático. La reflexión es lo que nos permite elegir, corregir, crecer, aprender, cambiar. Es una capacidad exclusivamente humana que nos distingue de otras especies. Un recurso inmenso que, sin embargo, a la luz de muchas realidades, parecemos usar menos de lo que está dentro de nuestras posibilidades como especie.

Aprovecho este paréntesis que abrimos juntos para analizar qué significa reflexionar para algunos de los pensadores y filósofos más relevantes que trabajaron sobre este concepto.

Para Immanuel Kant, filósofo alemán, reflexionar es mirar cómo pensamos, cómo conocemos.

Es una operación crítica para salir del pensamiento automático. Es tomar conciencia sobre cómo pensamos y es lo que nos hace verdaderamente humanos, la capacidad de pensar por nosotros mismos.

Para John Dewey, filósofo, psicólogo y pedagogo estadounidense:

¨reflexionar significa suspender el juicio, considerar el conocimiento de manera activa, persistente y cuidadosa¨.

Para él, la reflexión es una herramienta fundamental para el aprendizaje y la vida democrática. La reflexión es un proceso activo, no pasivo, que requiere voluntad y atención. Su visión de incorporar el pensamiento reflexivo a la educación buscaba formar ciudadanos críticos, reflexivos y comprometidos con su entorno.

Michel Foucault, filósofo y uno de los pensadores clave del siglo XX, nos aporta su visión sobre la reflexión como forma de resistencia individual a las estructuras de poder u otras formas impuestas que operan sobre nosotros. La reflexión le permite al sujeto construirse a si mismo, moldear su comportamiento y su propia identidad.

Vivimos en tiempos en los que reflexionar parece un lujo. La velocidad se impone. La inmediatez gana por sobre cualquier otra variable. Las respuestas rápidas, los estímulos constantes, el ruido permanente —tanto interior como exterior— nos empujan a una existencia reactiva, sin pausa. Las redes sociales premian esa inmediatez, la emocionalidad, un presente de eterno scroll, pasar de una situación a otra sin que medie pausa o reflexión. El ritmo acelerado en el que vivimos pareciera rechazar cualquier acto que pause el movimiento para abrir un paréntesis y evaluar las opciones que tenemos delante para poder actuar de la manera que sea mejor para nosotros y que nos lleve a nuestro objetivo. No hay lugar para pensar con matices, reflexionar lleva tiempo, y el tiempo parece haber sido secuestrado por la urgencia. A menudo uno escucha la frase ¨lo urgente le gana a lo necesario¨, y es éste imperativo que nos convence día a día que debemos correr detrás de lo urgente y que lo necesario tendrá su momento, que claramente no es éste sino otro en algún futuro, cercano o no.  

Pero no es sólo el apuro o el apremio lo que amenaza nuestra capacidad de reflexión. También hay situaciones más profundas, más peligrosas, que buscan adormecer nuestros sentidos y nuestra capacidad para percibir el mundo que nos rodea. El ruido interior —la ansiedad, el miedo, la presión de encajar— nubla la percepción. El ruido exterior —la sobrecarga informativa, la exposición permanente a anuncios de todo tipo, el bombardeo de imágenes de ideales de cuerpos, vidas de éxito, etc., y la infinita cantidad de ruidos a los que vivimos expuestos a diario — nos distrae de lo esencial. Si además a esto se le suman sustancias y hábitos que nublan aún más la conciencia como el alcohol, las drogas, el cigarrillo,  la compulsión al entretenimiento, el consumo excesivo, la aversión al silencio, resulta realmente complejo permitirse parar a reflexionar. Son muchos los factores que atentan contra nuestra capacidad de reflexionar, pero los beneficios de estar atentos y vigilantes para que nuestras capacidades de reflexión no se vean disminuidas lo valen.

Seguramente alguna vez les pasó que miran para atrás en su vida y recuerdan un momento específico, o circunstancia específica y se preguntan ¿en qué estaba pensando cuando lo hice? ¿dónde tenía la cabeza? ¿cómo llegué a esa situación? Creo que hoy entiendo que el no estar del todo presentes puede llevarnos a ese lugar, a esa situación en la que no terminás de entender cómo llegaste, ni cuáles fueron tus razones para tomar esa decisión que te llevó allí.

Cuando perdemos la sensibilidad de conectarnos con nosotros y con nuestro entorno, el resultado es una desconexión creciente: nos desconectamos de nuestro cuerpo, de nuestras emociones, de nuestras decisiones, del entorno, de los vínculos, de la realidad.

La capacidad de reflexionar se apaga cuando no hay espacio para el silencio, cuando la percepción está embotada, cuando vivimos sumergidos en una niebla de incesantes estímulos y escapes.

¿Y qué pasa cuando dejamos de reflexionar? Aparecen los síntomas: decisiones apresuradas, acciones que dañan sin que nadie se haga cargo, violencia cotidiana, indiferencia frente al dolor ajeno, falta de empatía. Nos volvemos funcionales a un sistema que necesita consumidores, no ciudadanos lúcidos. La falta de reflexión no solo tiene consecuencias personales, también las tiene colectivas, sino, miremos a nuestro alrededor con atención. El aturdimiento que produce el exceso de ruido en el ambiente, la creciente incapacidad de convivir civilizadamente respetándonos… todo eso se alimenta de la ausencia de pensamiento crítico, de empatía, de perspectiva.

Pero no todo está perdido. Ese superpoder que es la capacidad de reflexionar no se extingue: se adormece, pero podemos despertarlo. Podemos recuperarlo. Podemos ejercitarlo. Y hacerlo es, en sí mismo, un acto de resistencia. Resistir la inercia. Resistir el ruido. Resistir la tentación de vivir dormidos. Resistirnos a ser autómatas respondiendo a estímulos externos que solo refuerzan ese ciclo de acción-reacción carente de reflexión. Resistirnos a ser indiferentes al sufrimiento ajeno. Resistirnos al egoísmo de ponernos por delante de los demás. Resistirnos a no estar presentes y atentos.

Reflexionar es el primer paso para tomar decisiones conscientes. Un buen punto de partida para ejercitar este superpoder es hacernos preguntas que nos exijan pensar antes de actuar. Basta con frenar unos instantes, abrir un paréntesis, y hacerse esas preguntas incómodas que nos sacan de nuestra zona de confort y piloto automático.  Preguntarse: ¿por qué hago esto? ¿Tiene sentido hacerlo? ¿Afectaré a alguien con mi decisión? ¿Es coherente con lo que digo que valoro? ¿Qué pasaría si todos actuáramos así? ¿Qué no estoy queriendo ver? Y este ejercicio mental fortalece nuestra capacidad no sólo de reflexionar sino nuestro propio sistema de toma de decisiones. Entonces, un ejemplo cotidiano, veo un anuncio de la nueva colección de ropa de una marca que me gusta, estoy a un click de comprar una nueva prenda y me detengo a preguntarme ¿la necesito?, ¿es el mejor uso de mis recursos gastar ese dinero en una prenda que es muy similar a otra que ya tengo?, ¿podría darle un mejor uso a ese dinero?, ¿esa marca produce de manera sostenible?, ¿la marca usa materiales amigables con el ambiente?. Ya ven, cuando empezamos a hacernos preguntas y a reflexionar sobre posibles escenarios, se abren puertas que nos llevan a otros lugares. Siempre está la posibilidad de que luego de la reflexión, decidas comprar esa prenda, pero la importancia radica en que lo hagas de modo consciente y no en piloto automático. Que puedas tomar la decisión libre y conscientemente.

Cada día tomamos muchísimas decisiones, muchas de ellas porque tienen que ver con actos que mecanizamos para eficientizar nuestros tiempos y procesos, las tomamos casi inconscientemente, pero no siempre ser más eficientes, en este caso con nuestro tiempo, es lo que mejor para nosotros. Pensemos un ejemplo cotidiano como ir al supermercado. En modo consciente sería algo así: planeamos lo que queremos comprar, leemos las etiquetas y analizamos si queremos consumir azúcar o grasas saturadas o sodio, etc., evaluamos si el precio que estamos dispuestos a pagar por ese producto está dentro de nuestras posibilidades, si la empresa que lo produjo lo hizo de modo sostenible, etc. Una vez que iniciamos el proceso de preguntas y reflexión, puede tomarnos unos instantes más llegar a una decisión informada y consciente. Pero de ese modo, sabremos que hicimos lo mejor que pudimos para llegar a un resultado que nos hace libres, por un lado, y por otro, que esa decisión es nuestra y que de esta forma, la reflexión trae valor a nuestra vida.  La otra posibilidad frente a la misma situación en el supermercado, en modo piloto automático, sabemos que seguramente terminen en el carro productos menos saludables, ultraprocesados y con más grasas trans, azúcar o sodio, etc. Las decisiones que tomás en el supermercado sobre los productos que vas a consumir te pueden ayudar a consumir de manera más responsable, lo que es innegable es que cómo decidas consumir, te afecta a vos, y si tenés pareja o hijos, los afecta también a ellos.

Ahora llevemos la capacidad de reflexionar a todos los aspectos de nuestra vida y la implicancia inmensa que tiene estar presentes en cada acto, el efecto multiplicador que tiene abrir ese paréntesis antes de tomar una decisión para estar seguros que nosotros estamos decidiendo, y no que la decisión fue tomada por default.

Reflexionar puede no ser cómodo. A veces duele. A veces nos obliga a reconocer que nos equivocamos, que fuimos parte del problema, que necesitamos cambiar, que nuestro accionar afectó a alguien de un modo que no pudimos anticipar. Pero también puede ser  liberador. Porque ahí, en ese espacio interno donde opera la consciencia, nace la posibilidad de actuar de otro modo. De dejar de repetir. De dejar de repetirnos. De transformar. De estar presentes. Y cuando estamos presentes, es cuando esas decisiones que tomás son realmente tuyas.

Seguramente no podamos resolver los problemas que aquejan a la humanidad, pero sí podemos hacer algo extraordinario: podemos pensar, elegir, cambiar. Podemos ser más conscientes de las decisiones que tomamos y cómo estas nos afectan y a la vez producen un impacto en nuestro entorno.

Usar ese superpoder no requiere grandes recursos. Solo coraje y práctica. El coraje de mirar y de escuchar, de mirarnos y escucharnos. Y sobre todo, el coraje de no adormecerse cuando tanto de nuestro alrededor puja para que vivamos ausentes y apurados. La práctica de la reflexión te hace más libre, te hace dueño de tus decisiones.

Estamos a tiempo. Siempre lo estamos. Reflexionar es, al fin y al cabo, un acto de amor: hacia uno mismo, hacia los otros, hacia el entorno.

Y también un acto político. Porque un mundo habitado por personas que piensan, que sienten, que se hacen preguntas, es un mundo más difícil de manipular. Más difícil de destruir. La reflexión nos da la capacidad de resistirnos a vivir en modo piloto automático.

La capacidad de reflexionar tiene una enorme cantidad de aristas e implicancias, muchas de ellas muy complejas. Por eso me gustaría, y creo que sería de gran valor, que en el futuro Osvaldo Rousseaux retome este tema y nos aporte su punto de vista en una de sus columnas.
Bueno, ya sabés, Osvaldo: estás invitado a continuar este trabajo. Esperamos ansiosos leerte pronto.

Una heroína contemporánea, la Dra. Jane Goodall tiene una frase que me encanta y resume ese increíble poder que tenemos a nuestro alcance:

“Cada decisión que tomamos, cada acción que realizamos, tiene un impacto. Y nosotros elegimos qué tipo de impacto queremos tener.”— Dra. Jane Goodall. 

Solo podemos elegir cuando existe la reflexión, cuando no la hay, la decisión es tomada en modo piloto automático.

Usemos nuestro superpoder. Nos necesitamos lúcidos. Nos necesitamos despiertos. Nos necesitamos atentos. Nos necesitamos presentes. Nos necesitamos libres.

Fuentes y bibliografía

- ¨Sentimiento y reflexión en la filosofía de Kant: Estudio histórico sobre el problema estético¨, Manuel Sánchez Rodriguez. Diánoia vol. 57 no.69, Ciudad de México noviembre 2012.
- ¨How we think¨, John Dewey, 1910.
- Foucault, Michel. Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores, 1975.
- www.janegoodall.org

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