Productivismo y autoexplotación: rendir hasta quebrarse

El autor explora cómo el mandato de productividad ha colonizado nuestra subjetividad, desplazando religiones e ideologías políticas como fuerzas que organizan la conducta de la sociedad.

Productivismo y autoexplotación: rendir hasta quebrarse

Nos hemos cansado de escuchar a los gurúes, los entrepreneurs, asesores, consultores, influencers y toda una extensa fauna mediática prometer éxito vía la autonomía, la flexibilidad y el desarrollo personal. Donde logramos todo lo que queremos trabajando y esforzándonos; en definitiva, todo depende de nuestra voluntad: dando lo mejor de nosotros mismos, lo lograremos seguro. En ese discurso se esconde un mecanismo cruel: la autoexplotación. Todos estos mecanismos, sin importar el ámbito o el concepto bajo el cual son aplicados, giran alrededor de un mismo eje: si no funciona, es porque no hiciste lo suficiente. Están directamente relacionados al premio y castigo: si sos un éxito o sos un fracaso, en definitiva, depende de vos y pareciera que las circunstancias no cuentan, porque por medio de tus capacidades personales vos creas tus circunstancias.

Con estas formas de pensamiento que fuimos incorporando en nuestra cultura, trabajamos más que nunca y hacemos todo lo que sabemos, nos mantenemos actualizados, formados e informados. Y, por supuesto, si no sale como queríamos, nos culpamos a nosotros mismos o a otros. No hay sindicato que nos proteja del “nosotros mismos”.

La culpa, la vergüenza, la mirada de los otros produce una gran presión que se convierte en una presencia interna, violenta, permanente y reclamante en la mente del individuo. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, uno de los pensadores más agudos del siglo XXI, desnuda esta lógica en su ensayo La sociedad del cansancio (2010). Según Han, ya no vivimos exclusivamente en una sociedad disciplinaria al estilo de Foucault, donde el poder actúa reprimiendo y prohibiendo. Esencialmente, vivimos en una "sociedad del rendimiento", donde las formas de represión se hacen más sofisticadas, donde el poder opera seduciendo, motivando, optimizando. Y donde el sujeto ya no es obediente, sino emprendedor de sí mismo.

“Hoy cada uno es explotador y explotado a la vez, víctima y verdugo. Esto provoca una crisis de libertad. A causa de esta autoagresión, la explotación resulta incluso posible sin dominación” (Han, 2010, p. 25).

Esta frase, tan breve como demoledora, condensa la tesis de fondo: la productividad del sujeto como unidad de explotación productiva, básicamente, no se impone exclusivamente desde afuera —con los sistemas conocidos como la línea de producción, el capataz, el jefe en la oficina—, sino que existe una instancia anterior, y esta brota desde adentro del sujeto.

La mano invisible del productivismo, sin importar nacionalidad o ideología, ha logrado colonizar la subjetividad. Con ello, la figura del sujeto de rendimiento ha desplazado a las formas tradicionales de estructurar la conducta del individuo, como las ideologías político-partidarias y las religiones.

Es el joven que trabaja doce horas en su startup.
Es la madre que administra tres emprendimientos mientras cría sola a sus hijos, convencida de que descansar es fracasar.
Es el estudiante que se automedica para rendir mejor.
Es el influencer que convierte su vida en un producto.
Y también es el empleado que, mostrando una productividad permanente, busca ascender en su trabajo. Cada uno de ellos, desde lugares distintos, responde al mismo mandato: ser más eficiente, más visible, más útil, más incansable. En todos los casos, el rendimiento no es un medio, sino un fin en sí mismo.

El capitalismo y el productivismo están vinculados estrechamente, pero no son lo mismo. El productivismo promueve el crecimiento constante de la producción como fin en sí mismo. Apunta a maximizar el output (PBI, bienes, servicios) sin considerar necesariamente los límites ecológicos o sociales. Está directamente vinculado al modelo de desarrollo industrial, tanto en versiones capitalistas como socialistas, y su característica esencial es ignorar el costo ambiental y humano de esa obsesión por producir sin respiro ni fin. En nuestro caso analizamos la afectación que produce sobre el ser humano, donde el resultado más evidente es la internalización de una lógica del rendimiento, donde el valor de la persona se mide en función de su productividad.

Desde la filosofía, el productivismo se entiende como una ontología del hacer: lo que vale es lo que se produce. Este enfoque pone en el centro de la existencia el acto de producir, como si la realidad y el valor se redujeran a resultados tangibles o mensurables. Se vincula a una ética utilitarista, donde lo bueno es lo útil, lo útil es lo productivo, y lo improductivo es descartable.

Este nuevo sujeto de la producción ya no necesita un jefe que le exija. Es proactivo, se automotiva, se vigila con aplicaciones, mide sus pasos, sus calorías, sus tareas. Lleva al día su lista de pendientes, y si no los completa, se siente culpable. No hay descanso, porque el tiempo libre también debe ser "productivo": leer libros, hacer yoga, crecer como persona. Todo es capitalizable. Hasta el ocio se vuelve trabajo. Esto genera la ilusión de que, sin trabajo, no tenemos propósito y, sin él, no somos nada. En general, ese propósito está creado en relación a la actividad que desarrollamos y directamente relacionado con su incremento y éxito.

Han contrasta esta figura con el sujeto disciplinario descrito por Michel Foucault. En Vigilar y castigar (1975), Foucault analizaba una sociedad que organizaba el poder a través de la vigilancia y la represión. Prisiones, hospitales, escuelas: instituciones que imponen normas, que adiestran cuerpos. Pero, para Han, esa forma de poder ha sido desplazada por una más eficiente: el poder positivo, que no prohíbe, sino que estimula. El problema es que este exceso de positividad produce afectaciones profundas en el sujeto.

“Las enfermedades como la depresión, el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad o el síndrome de burnout marcan el paisaje patológico de comienzos del siglo XXI” (Han, 2010, p. 18).

Hoy predominan afecciones como los ACV, la diabetes y ciertos tipos de cáncer, para los cuales el estrés crónico se considera un posible desencadenante. Estas condiciones están profundamente relacionadas con la sobreexigencia y el desgaste constante al que se ve sometido el individuo, a menudo favorecidos por la mala alimentación, el sedentarismo, la falta de chequeos médicos preventivos y, sobre todo, por la falta de tiempo y cuidado personal. La presión constante y la saturación diaria se han convertido en factores determinantes de los nuevos rankings de enfermedades.

La depresión encarna la peor pesadilla del productivista: se ha convertido en una peste invisible que se arrastra por las sombras de la sociedad moderna. Es vista como una falta de voluntad que debe ser superada por la misma vía, con voluntad, como si fuera algo que puede cambiarse por medio de una decisión. En este escenario, aquellos que la padecen se convierten en excluidos, apartados y estigmatizados, marcados por una incapacidad invisible de cumplir con las exigencias de un mundo que no perdona la falta de productividad.

El productivismo, como un nuevo vigilante social, no solo exige resultados, sino que persigue la incapacidad de rendir como una culpa, como si el simple acto de no producir fuera una enfermedad moral.

El juicio sobre la depresión se intensifica en frases como "ponete las pilas", "salí a caminar", como si se tratara de una falla de la voluntad que puede enderezarse tomando un poco de aire fresco. La sociedad, al igual que en tiempos de la peste negra, señala con el dedo a los infectados, acusándolos de no hacer lo suficiente, de no ser lo suficientemente fuertes para enfrentar la tormenta de exigencias que nos rodea.

El rendimiento se vuelve una trampa. No hay límites claros entre el trabajo y la vida personal. La hiperconectividad destruye el espacio del silencio, de la pausa, del aburrimiento creativo. La multitarea fragmenta la atención. Vivimos con ansiedad, pero la llamamos "productividad". Dormimos poco, pero lo presumimos. Nos enfermamos, pero lo romantizamos. Estar “a full”, al 100 %, es motivo de orgullo; una razón para presumir ante otros.

La autoexplotación tiene una dimensión psicológica, pero también política. Al convertirnos en empresas de nosotros mismos, perdemos parte del lazo social. Competimos unos contra otros. Las luchas colectivas son reemplazadas por historias de superación.  El "si querés, podés" y el “darlo todo” se convierten en el motor. El éxito es individual; el fracaso, también. La comercialización del aprendizaje de las capacidades necesarias para formar parte del éxito es, en sí misma, el verdadero negocio del éxito. Sus frases hechas, construidas como oraciones y plegarias, son repetidas hasta el hartazgo por sus adeptos, que esperan —literalmente— que el milagro del éxito ocurra y los salve de los hornos infernales del fracaso.

El discurso motivacional es uno de los dispositivos más eficaces de esta lógica. Cientos de libros de autoayuda, charlas, conferencias, conversatorios, diversos y pintorescos coaches y gurús repiten el mismo mantra: salí de tu zona de confort, creé en vos, trabajá duro, reinventate. Pero como señala Han en Psicopolítica (2014), este tipo de mensajes no empoderan, sino que culpabilizan. Si no lograste algo, es porque no lo deseaste ni hiciste lo suficiente. La libertad se convierte en una obligación de rendir cuentas productivas.

Y así, de a poco y si tenemos la suerte de verlo, nos damos cuenta de que lo que buscamos en nuestra vida es rendimiento, productividad y sus recompensas. Este es un camino que produce un estado de fatiga constante y que a muy pocos les da los frutos esperados. El costo de una vida así es una normalidad basada en la fatiga emocional y nerviosa permanente. No podemos desconectarnos, ni siquiera en sueños. La productividad se ha infiltrado y construye nuestros sueños.

Han no propone una revolución clásica. Su filosofía es más bien melancólica, a veces desesperanzada. Pero sí reclama un regreso a otras formas de vida: la contemplación, la lentitud, el aburrimiento, el no-hacer. En El aroma del tiempo (2009) y La desaparición de los rituales (2019), reivindica espacios donde el tiempo no está sometido a la lógica de la producción. Espacios donde el ser humano pueda habitar el mundo sin la urgencia de rendir todo el tiempo.

¿Cómo resistir a esta autoexplotación? No hay respuestas fáciles. Pero tal vez el primer paso sea mirar de frente al nuevo amo: uno mismo. Cuestionar la idea de que más es mejor. Desobedecer la orden silenciosa de estar siempre activos. Recuperar el derecho a la lentitud, al fracaso, a la pérdida de tiempo. No para dejar de hacer, sino para hacer de otro modo. Con otros ritmos. Con otros fines. Pero, por sobre todas las cosas, para hacer por las razones que tengan un valor verdadero para nuestra vida.

La extraordinaria bailarina clásica Paloma Herrera, en una entrevista a una revista internacional, comentaba su experiencia en los más altos niveles mundiales de la danza, donde la competencia alcanza niveles increíbles entre los sujetos más dotados del planeta para realizar esa tarea. Ella decía que, en determinado punto,

“tenés que aceptar que, aunque lo des todo y lleves tu cuerpo, tu entrenamiento y tu talento al máximo, aun así puede ser que no sea suficiente”.

Al principio pensé que era un mensaje desesperanzador, pero luego me di cuenta del enorme costo que ella había pagado para estar en ese lugar, y el tipo de relación que ella había establecido con la danza, que le permitía seguir dándolo todo, a pesar de que podía no ser suficiente.

Me impresionó la sabiduría práctica de Paloma, y eso se debe a que ella de verdad estuvo allí y tuvo que adaptarse para sobrevivir. Entendí el fenomenal impacto personal que debe haber sufrido al descubrir que, aun dándolo todo, podía no alcanzar, y lo brutal de esa condición para alguien que lo dio todo en su trabajo desde los siete años.

Me di cuenta de que lo que la llevó hasta ese lugar no fueron sólo su disciplina, su condición física o su talento excepcional, sino algo más silencioso y esencial: la capacidad y la madurez necesarias para comprender la realidad y mantenerse firme en un espacio distinto al de la competencia y la autoexigencia, cuando estas llegaron a su límite. Fue el profundo afecto por la danza, la comunión con el acto mismo de danzar, lo que —cuando llegó el momento— la sostuvo, la preservó y marcó la diferencia.

Lo que creo haber aprendido de Paloma Herrera es que el afecto profundo y la comunión con la acción —que implica una relación consigo mismo muy evolucionada— es el verdadero propósito de lo que hacemos en sí mismo, y que eso no se siente ni se aprende antes de empezar, sino después, particularmente en los momentos en los cuales ya lo dimos todo y no podemos seguir. Este proceso implica respetarse y valorarse a uno mismo y a los demás, haberse desprendido de la inseguridad y la autocompasión, y ser consciente de nuestras capacidades y de nuestros límites para decidir qué hacemos con ellos.

Gracias, Paloma.

Fuentes y bibliografía

• Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Herder.
• Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
• Han, B.-C. (2009). El aroma del tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Herder.
• Han, B.-C. (2019). La desaparición de los rituales: Una topología del presente. Herder.
• Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI.
• Fisher, M. (2009). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Caja Negra Editora.

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